El ADN de piel ajena, hallada entre las uñas de la víctima, permitió identificar al autor del crimen de Santa Teresa —violación seguida de asfixia.
En la playa, de espalda a los bosques, reconstrucción.
Como es de regla, coordinados por el actuario, están juez, fiscal, defensor e imputado. A la víctima la representa una funcionaria policial.
Se repiten los hechos paso a paso, sin prisa, en cámara lenta, con un preso que enajenó su tiempo y una occisa a quien él se lo tronchó. Con mirada escrutadora para despejar dudas, atentos a otorgar garantías, manejan la escena los protagonistas del proceso, preparando la prueba con que uno de ellos, cuando llegue el plenario, dictará sentencia.
Todos los presentes están allí porque lo manda la ley. Saben que protagonizan un trámite, una ficción donde no hay dolo ni habrá víctima. Cada uno está en su función. Todo es técnico, todo está previsto. Y en ese ámbito de razón controlada, ¡el llanto desconsolado de la funcionaria policial hace irrumpir los sentimientos!
Ultrapasando los "me limito a mis funciones", "a mí eso no me concierne" y "yo sólo cumplo las obligaciones de mi cargo", la persona que lleva dentro desborda la frontera del mecanismo en que trabaja, y no puede dejar de llorar.
¿Se posesiona de su papel, como se dice en el teatro? ¿Se identifica con la víctima, como se dice en psicología? Mucho más que eso: salva lo estable que llevamos dentro, afirma nuestra esencia humana.
Es que esas lágrimas noblemente vertidas por una muchacha de cruento destino y noble memoria, vinieron a recordarnos que, más que un proceso judicial, eso que se estaba viviendo era parte de una tragedia irreparable.
La enfermiza moda de reducir el Derecho a ritos y procedimientos nos hace perder de vista que los derechos en juego más que humanos son del hombre, de la persona concreta, del ser de carne y hueso que palpita en cada uno de nosotros. De todos nosotros: incluso de esa estudiante que, resistiéndose a ser violada, sucumbió frente a la infamia disfrazada de liberación sexual de uno de los tantos prisioneros del desenfreno de las pulsiones primarias.
El llanto que brota de la entraña es encuentro con el otro. Es el mismo que nos humedece los ojos por todos los muertos de la guerra y, en virtud de la intimidad con su tarea de libertad, nos cierra el pecho por cada uno de los 11 periodistas muertos en la lucha calle por calle de Basora y Bagdad.
Es el mismo que, en nuevos relámpagos de la vida que nos tocó vivir, nos hace repasar las certezas definitivas que ayer nos confirmó la Comisión para la Paz. Es llanto por el llanto de quien no conocimos... pero es nosotros.
Cualquiera sea el cómputo de la fecha, un día aprendimos que los sentimientos valen e inspiran por encima de las razones: para judíos y cristianos eso fue enseñado por Dios; para positivistas, por los más buenos de los hombres; para mahometanos, por múltiples profetas... Pero, por encima de sus caídas en el fanatismo, todos confluyen en la radicalidad del mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo.
Por eso, esas lágrimas que inspiró la ficción vivida en Santa Teresa, acompañando en conciencia a las muchas que a cada rato nos arranca la realidad, fueron mucho más que una obligación de servicio. Fueron llanto de orden público.
De un orden público espiritual que debemos reconstruir en cada acto de nuestra vida, para recimentar lo ajeno y lo propio desde una radical visión de la persona.