El periodismo

Cuando en los informativos de nuestra televisión aparece mechada alguna noticia levantada de canales argentinos, con su habitual truculencia o guarangada, el comentario que espontáneamente se suscita es. ¡qué diferentes somos! Ese comentario es cada vez más frecuente; por eso mismo, es cada vez más dudoso.

Cuando se habla de periodismo es necesario hacer algunas diferenciaciones y distingos. El juicio respecto a los niveles que el periodismo nacional ha alcanzado (o ha perdido) se reparte entre las empresas periodísticas, los periodistas individualmente considerados, y el gremio o la profesión.

Es muy cómodo ponerse en el papel de censor universal y deplorar decadencias al barrer. Cómodo e inútil. El país entero, como lo ha dicho bien el ministro Guzmán, sufre una crisis. No aquella crisis económica, de la que todo el mundo habla, sino una crisis cultural (de la que él y muy pocos hablan). El periodismo está incluido.

En nuestro país nunca ha habido —ni en tiempos de penuria ni en tiempos de bonanza— iniciativas serias tendientes a reconocer y premiar la excelencia de la labor periodística. En otros países existen premios —el premio Pulitzer, por citar uno— que se otorgan cada año a algún periodista en particular o a alguna publicación periódica, por algún trabajo profesional de destaque. Esta ausencia en nuestro medio, así como la presencia de estos premios en otros países, constituye una señal cultural elocuente. Vemos, por otro lado que, aún en nuestro medio, son cada vez más las actividades en las que se establece lo que se llama normas de calidad. ¿Por qué no puede instituirse una especie de ISO 9000 para la labor periodística o para determinados productos periodísticos?

Iniciativas de este tipo no pueden ser importadas: tienen que nacer de adentro del ambiente periodístico. El sistema político no se anima a meterse con el periodismo; digamos que es por precaución. Estas iniciativas tienen que provenir de una conjunción de los tres niveles señalados: las empresas, los periodistas individuales en su procura de la excelencia, y la profesión; de lo contrario no funcionan, no se arraigan, no se legitiman.

Como se sabe, la profesión de periodista está reconocida pero no existe quien expida el título habilitante. Al periodista lo habilita —es decir, lo convierte en tal— la conjunción entre lo que él hace y lo que necesita (o acepta) la empresa que lo contrata. Se dice que el periodismo es más bien una vocación. Es como la política. Nadie expide el título de político; en este caso la condición habilitante la dan los votos (que aseguran la legitimidad para el ejercicio pero no la competencia o capacidad). Todo el mundo tiene derecho a seguir su vocación personal, por más particular y exótica que sea (que no es el caso). Pero cuando hay una utilidad pública de por medio corresponde establecer exigencias y niveles mínimos. Es por un sentido de responsabilidad, por un lado, y de vergüenza propia por el otro.

El periodismo uruguayo tendría que movilizarse y organizarse para establecer, desde adentro, tanto metas de excelencias como límites mínimos de calidad (que vienen a ser criterios de descarte o indicaciones de papelera). No basta que eso lo haga el periodista que firma o que da la cara, ni tampoco que sea exclusivamente empeño del redactor del medio como exigencia para su propio equipo: el ser humano tiende naturalmente a la complacencia. Se debe pensar en un emprendimiento colectivo, permanente, desarrollado sobre bases objetivas, acordadas y conocidas tanto adentro del medio como afuera.

Un periodismo con niveles de excelencia puede llegar a ser tan positivo para una sociedad como una educación pública de alta exigencia. Y viceversa: un periodismo chato hunde a una sociedad tanto como una educación deficiente.

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