Desde los tiempos de Napoleón, pasando por la I Guerra Mundial, hasta llegar a los años recientes del colapso de Yugoslavia, asesinatos como el del Primer ministro Zoran Djindjic han marcado profundamente la vida política de Serbia y en ocasiones han lanzado a Europa al conflicto y la conmoción.
El más explosivo de estos asesinatos con fines políticos ocurrió el 28 de junio de 1914, cuando Gavrilo Princip, ardiente nacionalista serbio, disparó y mató al Archiduque Francisco Fernando y a su consorte mientras la pareja de Habsburgo era conducida a través de Sarajevo. Dicho acto disparó la I Guerra Mundial.
Es probable que ni Princip ni otros integrantes de la organización terrorista Mano Negra hayan anticipado cómo reverberaría su acto. Pero, al igual que en muchos asesinatos en los Balcanes, la venganza y la política van entrelazados.
Recurrir al asesinato ha sido tan común que de los 10 monarcas que gobernaron Serbia, tres han sido asesinados y cuatro más fueron derrocados. El primero en ser muerto fue el Rey Michael. El 10 de junio de 1868, lo mataron a disparos mientras caminaba por un parque.
Posteriormente, el 10 de junio de 1903, a medida que la economía titubeaba y una crisis política se recrudecía, una turba auxiliada y alentada por oficiales nacionalistas invadió el palacio. Mataron al Rey Alexander, también de la familia Obrenovic, y a la impopular Reina Draga, quien había sido su amante.
A lo anterior siguieron las guerras blacánicas, el asesinato del archiduque y la I Guerra Mundial. Con la paz llegó el surgimiento de un país que en ese entonces era conocido como el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que en 1929 cambió su nombre a Yugoslavia. El 9 de octubre de 1934, su rey, Alexander Karadjordjevic, fue muerto a tiros en Francia por parte de nacionalistas croatas.
MASACRES. Durante la II Guerra Mundial, el asesinato político dio paso a masacres étnicas que involucraron al gobierno ustasha de Croacia, respaldado por los nazis, la unidades mayoritariamente serbias de Draza Mihaijlovic y los comunistas del Mariscal Tito, que finalmente triunfó. Bajo su mandato, el patrón de asesinatos políticos fue interrumpido.
Con la muerte de Tito en 1980 y el resurgimiento del nacionalismo serbio y otras formas en el decenio que siguió, las seis repúblicas de Yugoslavia eligieron a líderes cada vez más separatistas, incluyendo, en Serbia, a Slobdoban Milosevic.
Varios de sus allegados fueron muertos en Belgrado en años recientes, en asesinatos sin resolver en su mayoría, atribuidos a la mezcla de oscuros empresarios y personas acusadas de ser criminales de guerra que llegaron a controlar Serbia, al tiempo que Yugoslavia se iba desintegrando. Entre las víctimas más prominentes estuvo Zeljko Raznatovic, conocido como Arkan, quien dirigía a una milicia responsabilizada por algunos de los peores asesinatos en las guerras de Croacia y Bosnia. Fue muerto a disparos. Dos meses después, un ex ministro de Defensa también fue acribillado a balazos.
Milosevic fue obligado a ceder el poder en el 2000, luego de haber perdido las elecciones. Djindjic se convirtió en el Primer ministro y prometió emprender una reforma, pero los asesinatos continuaron.
En junio pasado, asesinos no identificados mataron al general Bosko Buha, ex asesor policial de Milosevic que habría cambiado su lealtad hacia Djindjic.
The New York Times