La mayoría de las personas suponen que determinados hechos concretos y observables como por ejemplo una injusticia, una pérdida o un peligro potencial le producen emociones y sentimientos negativos como por ejemplo angustia, depresión, ira o miedo. Sin embargo esta presunción no es del todo cierta ya que la actitud mental que adopte la persona frente a un hecho específico puede cambiar sustancialmente su estado emocional.
Diferentes personas piensan, sienten y actúan de distinta manera frente a un mismo hecho o situación. Por ejemplo para algunas personas determinado problema laboral puede ser visto como una terrible catástrofe que conduce a la depresión, la angustia y la inacción sin embargo para otro el mismo problema puede tener el significado de un interesante desafío a superar.
Otro ejemplo podría ser el de un comentario sarcástico que en una persona "produce" furia asesina y en otra una simple sonrisa.
Muchas veces no son los hechos externos los que producen nuestras emociones negativas sino que son nuestros propios hechos internos (léase pensamientos) los responsables. Nuestra forma de ver e interpretar el mundo determina en gran medida la manera en que nos sentimos día a día. Por ejemplo una persona que siempre "ve" peligros potenciales en cada rincón y situación probablemente viva temblando de miedo sin tener una razón real para ello. Otra persona que por ejemplo posea el hábito mental de recordar todo "lo malo" y pensar obsesivamente en ello sin prestarle atención a todo "lo bueno" probablemente tenga una marcada tendencia a los estados depresivos.
Resumiendo el punto uno: las emociones humanas muchas veces son el resultado de como pensamos sobre un hecho en particular, mas que el resultado directo del hecho en cuestión.
El segundo aspecto que vamos a analizar es el que se refiere al estado emocional subyacente preexistente al hecho concreto aparentemente productor de la emoción o el sentimiento. Por ejemplo se produce un pequeño accidente de tránsito, uno de los autos presenta un insignificante raspón pero el damnificado termina detenido en la comisaría por agresiones varias, daño a la propiedad privada y resistencia al arresto; evidentemente no es el raspón en la pintura el responsable de todo ese despliegue de violencia. Esa persona ya poseía la ira dentro de si aunque contenida y reprimida en una especie de represa que explotó en el mismo momento de constatar el daño en su auto.
Continuando con el mismo ejemplo otra persona al ver su auto dañado podría caer en un estado depresivo durante muchos días. De nuevo esta reacción desmedida no es el resultado directo del hecho en sí mismo, la depresión ya estaba allí aunque no se veía, el accidente tan solo le abrió la puerta para que pudiera salir y ser vista. Otro caso podría ser el de una persona que luego del accidente comienza a desarrollar toda una serie de fuertes temores al manejo, al tránsito, a los accidentes o incluso a otras situaciones no directamente relacionadas como por ejemplo las enfermedades, de nuevo podamos ver que la emoción negativa ya estaba presente aunque a un nivel subyacente.
Probablemente el peor de los infiernos no este en el mas allá sino que este dentro de nuestra propia mente.
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