BAGDAD . Durante meses, los residentes de Bagdad han tratado de mantener una apariencia de normalidad a medida que aumentaba el peligro de una guerra. De pronto, la ciudad parece haberse rendido a la evidencia de que en cualquier momento puede sobrevenir un ataque.
Las embajadas cierran. Las Naciones Unidas retiran su personal extranjero. Los residentes hacen acopio de alimentos, agua y combustibles, y compran generadores, cavan pozos en sus jardines y despejan sus sótanos para usarlos como refugio.
En toda la ciudad se ven cuadrillas que apilan sacos de arena y cavan trincheras. Los miembros del Partido Baath en el gobierno organizan células vecinales de resistencia. El dinar, la moneda iraquí, está perdiendo valor a la vez que aumentan los precios de los alimentos, en especial la comida en lata y el agua.
Hasta hace pocas semanas, muchos residentes de Bagdad revelaban al menos en público una actitud displicente hacia la amenaza de guerra, en reflejo del notorio fatalismo árabe y la experiencia de haber sobrevivido ya a dos guerras.
Pero ahora los comerciantes han empezado a guardar su mercancía en depósitos por temor a las bombas o a los saqueos. Otros no están reemplazando sus inventarios. Algunos residentes practican los planes de evacuación y hacen arreglos con familiares para mudarse a la relativa seguridad del interior del país.
BARRICADAS. El miércoles, 35 estudiantes de secundaria llenaron bolsas de arpillera con tierra y las apilaron en un puesto de defensa frente al puente de Al-Rashidiyah sobre el río Tigris.
Circulan rumores de que las autoridades quieren impedir que la gente salga de la ciudad, pero los automovilistas dijeron el miércoles que el tránsito era normal para entrar o salir de la ciudad.
Sólo los más acaudalados pueden darse el lujo de salir de Irak a Jordania o Siria. La mayoría de los cinco millones de habitantes debe enfrentar la perspectiva de la guerra.
Sus temores se acentúan por los recuerdos traumáticos de una situación similar hace 12 años.
Muwafaq Fadil, un taxista, dijo que su hijo Simon, entonces de 4 años, tenía tanto miedo durante las seis semanas de bombardeos durante la Guerra de 1991 que se escondía debajo del sofá todas las noches. "Mi esposa María oraba toda la noche y yo no podía dormirme hasta la madrugada, cuando me sentía seguro", recordó Fadil. "Ojalá pudiésemos irnos al exterior esta vez".
El temor también se hace sentir en la limitada vida nocturna de Bagdad. Cada vez hay menos clientes en los restaurantes. Los clubes nocturnos fueron cerrados por decreto presidencial desde principios de la década anterior.
Muchas de las aproximadamente sesenta embajadas en Bagdad han retirado a su personal. Quedan cada vez menos, incluyendo la mayoría de los países más expresamente opuestos a una guerra. AP