Llegó María Belén, nuestro octavo nieto, nuestra cuarta nieta, o sea que empató el partido de los sexos, no digo que sobre la hora, pero peleando de atrás. Bienvenida seas y justo ahora, cuando iban a cumplirse ocho años que no experimentábamos esa sensación de sentirse eslabón de una cadena que da la condición de abuelo, al decir de mi inolvidable amigo Federico Slinger. No pudiste ser más oportuna, María Belén. Pero te espera un mundo te diría que más bien complicado, para que no te asustes, y además caíste en un país que hoy padece de cefaleas agudas. Pero seguramente de aquí a cuando tengas uso de razón ya el panorama será otro y mucho mejor. En cualquier caso, si tuviera que darte algunos consejos para desenvolverte lo mejor que puedas me limitaría a lo que son reglas eternas que alguien a fin de año me puso adentro de la computadora bajo la forma de un reportaje a Dios, que sirven para cualquier época o circunstancia, de las que puedes aprovechar junto con quienes en los cinco continentes te han acompañado en tu viaje con la cigüeña y tocaron tierra juntos. Lo primero que te diría entonces es que no te apures por crecer, porque —vas a ver que no me equivoco— que ya te llegará el momento en que suspires por volver a ser niña. También te aconsejaría que no te expongas a perder la salud por tener riquezas, porque ello también te expondrá a perder lo que tengas o consigas para recuperarla. No pienses ansiosamente en el futuro: vive sin descuidar tu vida actual, porque si no, no vivirás el presente y tampoco el futuro. Aprende sí que no está en tí hacer que otros te amen, pero que sí en cambio de tí depende la felicidad de dejarte amar. Recuerda que toma años construir la confianza de los demás y a veces la tuya en tí misma, pero que bastan segundos para que las dos se esfumen.
No olvides jamás que lo más valioso no es el caudal que en términos de hacienda o fortuna tengas, sino quien o quienes en la vida tienes y llegues a tener, y que rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. El consejo de Kipling —nunca te compares con los demás porque siempre vas a encontrar a alguien mejor o peor que tú—no lo olvides jamás. Esta es la regla de oro de la competitividad en un mundo que ya está y seguirá estando por muchos años regido por la competencia. Aprende a controlar tus actitudes para que esas actitudes no te controlen a ti, y detente siempre que puedas causar heridas profundas a quien amas, para lo que bastan segundos, porque las hay que necesitan muchos años para cicatrizar. Que Dios te conceda el don de apreciar a la gente que mucho te ama y te estima, aunque no sepa demostrarlo. No olvides que querer y amar son antónimos: el querer todo lo exige, el amar todo lo da. Si alguna vez Dios te castiga es justamente porque te ama. Jamás reniegues de él.
Los grandes sueños, María Belén, no requieren de grandes alas, sino un tren de aterrizaje para lograrlos. Los amigos de verdad son escasos. No creas ni confíes en cualquiera: "de los hombres, sólo en uno, con gran precaución en dos" se lee en Martín Fierro. Sé tolerante siempre: dos personas que miren una misma cosa pueden ver algo muy diferente. Sé honesta, y tendrás una garantía inexpugnable para la tranquilidad de tu conciencia. Si por honesta pierdes, en realidad no has perdido.
No estoy inventando nada, María Belén. En su mayoría son frases de otros, pero están recogidas en el código de la experiencia que ayuda a vivir.
Que Dios te bendiga. Y suerte.