¿Quiénes temen a Virginia Woolf?

CRITICA I JORGE ABBONDANZA

LAS HORAS

The Hours

Director. Stephen Daldry.

Libreto. David Hare sobre novela de

Michael Cunningham.

Fotografía. Seamus McGarvey.

Montaje. Peter Boyle.

Música. Philip Glass.

Elenco. Nicole Kidman, Meryl Streep,

Julianne Moore, Stephen Dillane, Ed

Harris, Toni Collette, Miranda Richardson,

John C. Reilly, Allkison Janney.

l Inglaterra-Estados Unidos, 2002.

Un banquete para actrices. En esta historia triple donde se cruza la Inglaterra de 1923 con la California de 1951 y la Nueva York de 2001, tres mujeres implantan sus conflictos. La primera es Virginia Woolf, enfrentada al parto de la primera gran novela de su vida, Mrs. Dalloway, pero ya embarcada en sus depresiones y delirios. La segunda es un ama de casa soportando el "falso bienestar" de los suburbios, mientras una vocación suicida desmiente la dulzura con que trata al marido y al hijo, enhebrándola con la protagonista de aquel libro que está leyendo mientras vive su propia crisis. La tercera trabaja en una editorial en la Nueva York de hoy y prepara una fiesta para el poeta amigo que acaba de ganar un premio, pero no puede superar la angustia de un viejo amor perdido y la lenta desazón que atraviesa en su madurez.

Para los espectadores, el festín consiste en observar cómo las actrices se apropian de esos tres papeles. Dos de ellas (Julianne Moore y Meryl Streep) desembarcan con todas las baterías del oficio para bordar con gestos trémulos y miradas silenciosas el entretelón de su desdicha doméstica (Moore) o revelar en la transparencia de su máscara el dolor que se esconde detrás del trajín cotidiano (Streep). En ambos casos la técnica profesional despliega ante el espectador sus beneficios y su ocasional poderío, aunque se trate de labores más emparentadas con la composición exterior que con la convicción: allí Streep tiene la ventaja de un rostro que se conmueve temblorosamente, mientras oscila entre un recuerdo amoroso y la relación lesbiana que ha llenado los últimos años de su vida.

GRAN ACTRIZ. Pero Nicole Kidman, que debe enfrentar el desafío de convertirse en Virginia Woolf, consigue lo que esas dos colegas no parecen proponerse. Logra entregar un verdadero retrato, trabajado desde el fondo de sus padecimientos y sus emociones: bajo una nariz postiza que afea adecuadamente su cara de muñeca, detrás de un par de ojos que se fijan en el prójimo y en el mundo con la obstinación de los locos, Kidman obtiene la mejor labor de su vida. Esa norteamericana criada y formada en Australia, que ha tenido desde hace diez años una carrera internacional, ya había dado muestras de aplomo y temperamento, pero nunca como aquí. En este caso revela haber examinado no sólo la naturaleza atormentada de Virginia Woolf sino el detalle de cada uno de sus pasos, sus movimientos de manos, sus ensimismamientos, sus temores secretos y sus fobias. La escritora inglesa, que había sido una narradora devorada por unos demonios interiores capaces de abastecer su obra literaria con fascinadora subjetividad, fue en la vida un ejemplar de arranques imprevisibles, que podía desplomarse en curvas depresivas o saltar a repentinas explosiones y gritos. Ese era el monstruo genial (e insoportable) del que Kidman debía apropiarse y que vuelca en esta película con una notable disponibilidad de ánimo, de autoridad y de recursos expresivos.

Claro que ese trío no está solo. En papeles menores, hay un desfile de pequeñas proezas que abarcan desde el poeta enfermo de Sida que Ed Harris compone con relieve barroco y momentos de conmoción, hasta la hermana de Virginia que Miranda Richardson interpreta con una mezcla exacta de trivialidad y calidez, sin olvidar a la amante callada y leal que Allison Janey encarna junto a Meryl Streep o el visitante inoportuno que Jeff Daniels resuelve con irreprochable puntería. Renglón aparte merece Stephen Dillane como el marido devoto de Virginia, en una labor sabia y sigilosa, mientras Toni Collette asoma como la amiga muy locuaz de Julianne Moore, que en una sola escena baja desde la exaltación al desconsuelo como sólo puede hacerlo una acróbata del histrionismo.

DENSIDADES. Semejante elenco se engarza sobre un tejido nada sencillo. Para hilvanar las tres historias —una complejidad que provenía de la novela de Michael Cunningham—el libreto del inglés David Hare delata su destreza superior de dramaturgo al tejer las tres historias y ramificarlas en una urdimbe que al comienzo es veloz, saltando de una época a la otra, para ir apaciguándose luego hasta demorarse en escenas reveladoras de cada uno de los conflictos. Esa soltura es acompañada por el director Stephen Daldry para encontrar delicados nexos entre los relatos (un jarrón de flores permite deslizarse del pasado al presente, un cuerpo en la cama vincula dos situaciones distantes pero de clima similar), logrando algo que se parece a una hazaña estructural: partir de la turbulenta raíz emocional de Virginia Woolf y de Clarissa Dalloway, su personaje de ficción, hacia el tormento de otras mujeres en lugares y momentos remotos, como si el río inicial se abriera en ese delta de experiencias femeninas.

Una trama cargada con tal densidad parecía dirigirse hacia un territorio de perturbaciones intelectuales, porque de la misma forma en que Virginia Woolf elige unas aguas torrentosas para suicidarse (lo cual ocurrió realmente en 1941) el relato mostraba similar inclinación por internarse en la profundidad de una neurosis que avanza hacia el delirio, transmitiendo parte de su conmoción a otras dos mujeres asociadas de manera furtiva con la autora y con su creatura novelística. Pero en lugar de elegir el tajo de un razonamiento penetrante para llegar al centro del caso, la película opta en cambio por envolverlo con los vapores del dramón. No es un reproche: es en todo caso el reencuentro con una tendencia que fue muy frecuente en el viejo cine de Hollywood —que era un cine de mujeres— donde los vaivenes de la vida, los altibajos del espíritu y aún los remolinos de la inteligencia se despachaban a través de una emotividad suntuosamente arropada por la actuación de las divas.

LA EMOCION. Aunque el hecho podría espantar a Virginia Woolf en el féretro, esta película que enarbola su enajenación como un mástil, abre en torno de ella todo el velamen del dramón femenino y consigue lo que parecía impracticable: que un público masivo vaya a ver esta exploración a pesar de Virginia, de sus retorcimientos, su hermetismo literario, su oscura visión de la vida y su desesperante conducta. Porque aquí eso está bañado con los rendidores beneficios de la emoción, que ha sido una tabla salvadora de Hollywood cada vez que se embarcó en historias doloridas y personajes complicados, desde Tolstoi hasta Scott Fitzgerald. Para espectadores más interesados en el perfil de la escritora inglesa y en el carácter de su obra, el material tiene un aire de artificio y un tufo literario ligeramente embalsamado, rasgos que se acentúan hacia el final. Eso es lo que ocurre cuando un equipo de gente calificada (tanto Hare como Daldry son eminencias del teatro británico) apunta hacia las alturas del prestigio, una cordillera en cuya cima revolotea el fantasma de Virginia: del producto final (muy ufano pero no siempre convincente) se desprende más pretensión que intensidad y más intenciones que logros.

De cualquier forma, toda la película se ve y se escucha con interés, en parte gracias a la calidad de las interpretaciones y en parte por la recreación de tres épocas donde una maniática fidelidad en utilería, vestuario, paisajes urbanos y automóviles, se extiende a los cambios de mentalidad y de comportamiento hasta colorear ese friso de ocho décadas con la precisión de las miniaturas. Pero otra parte del interés deriva del esmero con que libreto y dirección afinan ciertos momentos, que son los menos aparatosos del relato y sin embargo le aportan algunas riquezas impalpables: un diálogo nocturno junto al fuego entre los esposos Woolf, una larga mirada de Streep frente al espejo, la actitud callada (pero lúcida) de un niño ante el derrumbe moral de su madre, el gesto de Virginia recostada en el suelo ante un pájaro que acaba de morir.

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