Nacimiento de una Nación

| El director Martin Scorsese leyó por primera vez la novela de Asbury a los 7 años de edad

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JORGE ABBONDANZA

A lo largo de casi tres horas de metraje, el tema es la diluvial inmigración irlandesa que cayó sobre Estados Unidos como consecuencia de la hambruna de 1845. En esa fecha, un hongo desconocido arruinó la cosecha de papas en Irlanda, provocando una penuria masiva y determinando que más de un millón de personas abandonara la isla. Un buen porcentaje de esos viajeros desembarcó en Nueva York, pero la oleada despertó resistencias a veces violentas entre la población de origen británico de la ciudad. Ciento cincuenta años después, una película como Pandillas de Nueva York recrea no sólo aquel conflicto social, que tuvo picos sangrientos, sino también la vida y la fisonomía del viejo Manhattan.

El eje de la acción se ubica en un punto de la ciudad que hacia 1850 se llamaba Five Points y hoy está en plena Chinatown, en la parte baja de la isla. Allí se concentró en la época gran parte del aluvión irlandés y en las escenas iniciales del film estalla una lucha entre grupos inmigrantes y una banda de nativos neoyorquinos ferozmente xenófobos. En ese choque muere el cabecilla de los irlandeses a manos del brutal instigador de origen inglés, Billy el Carnicero. Quince años después, el hijo de esa víctima volverá del reformatorio donde lo tuvieron encerrado para vengarse de aquella muerte, desarrollando una sinuosa estrategia que lo convierte en asistente del homicida para proceder luego a su revancha.

EN CINECITTA. Con raíces literarias que pueden rastrearse en el Montecristo de Dumas, los Miserables de Hugo y hasta el universo londinense de Dickens, la historia amplía su mirada hacia la conducta de personajes secundarios, los extremos de violencia y pobreza en una ciudad que crece vertiginosamente, el movimiento de masas que opera detrás de los líderes de uno y otro bando, la gestación de una cultura de aluvión en esaa babiónica matriz del Nuevo Mundo y hasta los contrastes de fortuna con el sector más opulento de Nueva York. El material provenía de una novela que Herbert Asbury publicó en 1928 y que el director Martin Scorsese declara haber leído por primera vez a los 7 años, momento desde el cual quedó fascinado por ese fragoroso tapiz del pasado donde resurgía la ciudad en que él mismo nació hace 61 años. Cuando logró el respaldo financiero del sello Miramax, el primer desafío que se le planteó fue la reconstrucción física de una Nueva York que ya no existe.

Ese inmenso decorado fue levantado en el estudio romano de Cinecittá con el auxilio del escenógrafo Dante Ferretti, aunque la recreación física de un marco urbano sería luego complementada por trucos digitales para la visión aérea de una vieja ciudad polvorienta y humeante en torno de la cual bullía el puerto, todavía lleno de barcos a vela. El tenor de la historia, sus momentos de despliegue visual, sus multitudes en movimiento y hasta el pintoresquismo de una minuciosa evocación del pasado, otorgan a Pandillas de Nueva York un carácter operático que Scorsese no desmiente. Peleando contra la desmesura de su relato, sus medios humanos, recursos técnicos y dificultades de orquestación de ese enorme equipo, el realizador tuvo desde el comienzo del rodaje problemas, tropiezos y postergaciones que eran inevitables.

Tales altibajos le acarrearon conflictos con Harvey Weinstein, temperamental directivo de Miramax: "Nuestras respectivas personalidades magnificaron cada problema, con lo cual muchos pensaron que la película se nos estaba yendo de las manos" dijo luego Scorsese. Pero salió adelante con un monstruo de 190 minutos de relato que después sería abreviado a 168, lo cual provocó dos consecuencias: ciertos saltos en la continuidad de la historia y el agregado de un locutor que explica en banda sonora algunos aspectos del tema. Pero, como explica el director, "esta era la película más grande que he hecho. El costo, los plazos de filmación, el número de extras, el tamaño de los decorados, provocó mucha presión y así desde la primera semana hubo retrasos y frustraciones".

CIEN MILLONES. De esa otra epopeya que el público no verá, emergió Scorsese con una película "que consumió muchísima energía. No creo que 30 años de soñar con el proyecto, puedan resumirse en casi tres horas: yo quería más porque tenía más historias que contar, pero no me habrían dejado. Esto es lo mejor que pude hacer en las actuales circunstancias", aclara. No puede quejarse, porque luego de discusiones, enojos y 100 millones de dólares de gasto, pudo obtener un fresco sobre "el traumático nacimiento de una ciudad que con el tiempo llegaría a ser la más cosmopolita del mundo. En aquel momento estuvo a punto de irse al diablo. Pero el padecimiento y la conducta de mis personajes, fueron los cimientos para levantar la Nueva York que conocemos", proceso que él vivió personalmente al integrar otro oleaje migratorio —el de los ítalo-norteamericanos— que en su momento vivió conflictos y segregaciones similares a los de aquella marejada irlandesa.

En más de un sentido, Pandillas de Nueva York vuelve sobre el tema medular de la obra cinematográfica de Scorsese: la violencia en la sociedad norteamericana, a la que ha ilustrado con una actividad que comenzó en 1968 y que tuvo famosos picos de intensidad en películas como Taxi driver (1976), El toro salvaje (1980), Buenos muchachos (1990) o Cabo de miedo (1991), al margen de lo cual la carrera del realizador también supo volcarse hacia un pasado sagrado (La última tentación de Cristo, 1988) y profano (La edad de la inocencia, 1993). Luego de haber sido candidato al Oscar en tres oportunidades —y no haberlo obtenido nunca hasta el presente— Scorsese sigue hoy en la cresta de un prestigio personal que se ha robustecido con los años. En las recientes listas de postulantes al Oscar de Hollywood, Pandillas de Nueva York figura con diez candidaturas entre las que se encuentra la suya entre mejores directores del año. Habrá que esperar y ver.

El film ya se estrenó en Buenos Aires y obtuvo unos cuantos elogios de la crítica. Una de esas reseñas dijo que es "tumultuoso, visualmente fascinante, pródigo en ferocidad y en excesos", pero agregó asimismo que está "construído a escala operística y es al mismo tiempo beneficiario y víctima de su propio gigantismo", subrayando que el resultado surge "como un triunfo de la producción y la puesta en escena, auxiliada por una portentosa ambientación con su infinita riqueza de detalles, de iluminación y de montaje en la que el director ensambla su friso histórico sobre un pasado del que no parece haber demasiada memoria" y que en dos o tres momentos permite ver a trasluz el presente: el caótico cuadro social, las escenas del puerto con multitud de inmigrantes, el desembarco de los ataúdes de las víctimas de la Guerra Civil norteamericana". Eso puede reflejar unos Estados Unidos que hoy recibe otras oleadas migratorias y puede asimismo recibir los muertos de otras guerras.

Según las críticas, la dimensión del film "necesitaba un desenlace espectacular. El director lo entrega al hacer coincidir la escena del enfrentamiento final entre dos hombres, con las trágicas jornadas de los Draft Riots de 1863", unos disturbios neoyorquinos a sangre y fuego que se desencadenaron ante un reclutamiento forzoso de soldados "que sólo podían eludir quienes dispusieran de 300 dólares". Y así "en esos feroces enfrentamientos bajo el humo y el polvo, Scorsese saca a relucir los mejores recursos de su lenguaje", el broche de su ópera monumental donde —como se sabe— los personajes centrales están a cargo de Daniel Day Lewis como Billy the Butcher, Leonardo DiCaprio como el joven que vuelve para vengarse y Cameron Díaz como carterista que ha sido pupila de Day Lewis pero mantendrá con DiCaprio un idilio turbulento. Al margen del trío, también actúan Liam Neeson, David Hemmings y el notable veterano Jim Broadbent, entre otros británicos lustrosos.

Un prólogo de Borges

El lanzamiento en Estados Unidos de la película de Scorsese, se había preparado en forma simultánea con el de una nueva edición de la novela de Herbert Asbury a cargo de Avalon. Aunque el estreno del film se retrasó, esa edición en inglés salió al mercado a fines de 2001, con la peculiaridad de que incluye un prólogo de Jorge Luis Borges. El curioso dato tiene su explicación: la novela de Asbury había salido por primera vez en 1928, Borges la leyó y allí se inspiró para escribir El proveedor de iniquidades Monk Eastman, que en 1935 integraría su Historia universal de la infamia.

Lo que ahora figura como prólogo de The Gangs of New York dice: "La historia de las bandas de Nueva York, revelada en 1928 por Asbury en un volumen de 400 páginas, tiene la confusión y la crueldad de las cosmogonías bárbaras y mucho de su ineptitud gigantesca: sótanos de antiguas cervecerías habilitados para conventillos de negros, una raquítica Nueva York de tres pisos...". Así también comenzaba aquel relato borgiano. Sobre su personaje de Monk Eastman, pariente cercano de la fauna pintada por Asbury, el texto de Borges dice: "Es un hombre ruinoso y monumental. Puede prescindir de camisa como también de saco, pero no de una galerita rabona sobre la ciclópea cabeza. Era caudillo electoral de una zona importante y cobraba fuertes subsidios de las casas de farol colorado, de los garitos, de las pindongas callejeras y los ladrones de ese sórdido feudo".

En 1937, en una nota que escribió para la revista porteña El Hogar, Borges volvería sobre Asbury señalando que su libro "sin duda era brutal, pero algo de epopeya desesperada había en ese barrio. Su tema era el coraje, como única dignidad de los hombres misérrimos e infames".

Actores con algo para declarar

En Pandillas de Nueva York, Martin Scorsese consiguió no sólo dos cotizadas estrellas masculinas sino dos talentos por cierto singulares. Uno es Leonardo DiCaprio, que a los 28 años debió ganar diez quilos —y nueva musculatura— en el gimnasio. Eso le permitió encarnar al joven matón irlandés que vuelve a la Nueva York de hace un siglo y medio para vengar la muerte de su padre. Lo notable es que el actor llegó a donar parte de los 10 millones de dólares que cobró por su trabajo, para apuntalar las tambaleantes finanzas de la película cuando su rodaje se complicó. Luego dijo que tenía la suerte de haber ganado bastante con un film como Titanic, "y si con eso puedo ayudar a financiar películas grandiosas como la de Scorsese, voy a seguir haciéndolo". En cambio se queja de la prensa y la opinión pública "que han hecho de mí un personaje que no soy, y no quieren ver más allá a pesar de los esfuerzos que hago por salir de eso", que es su publicitada imagen de galán.

DiCaprio no se queda mudo cuando llega el momento de hablar de política y oponerse por ejemplo a una guerra en Irak. "Espero que el rumbo que tome finalmente mi país —dijo— sea muy distinto del camino que estamos siguiendo ahora. No soy la persona más patriótica del mundo, pero amo a mi país y también creo que hay muchas cosas malas en él. No somos quienes para estar jugando a ser los amos y señores del mundo". En lo personal, también dijo que "la fama ha traído gente nueva a mi vida, y esa gente a veces me ha decepcionado. Ahora estoy más cuidadoso y escéptico con quienes se me acercan. Eso no es lo que me gusta, pero ocurre que me han golpeado bastante".

Por su lado, el inglés Daniel Day Lewis (que ya había trabajado con Scorsese en La edad de la inocencia) fue ubicado por el director en su taller de zapatero en Florencia. El actor se aparta del cine refugiándose desde hace tiempo en ese oficio artesanal: a los 46 años "necesito distanciarme, ver el mundo y llenarme de otras experiencias para volver a actuar correctamente. Lo que hago mientras no actúo, me resulta más útil cuando vuelvo a actuar que si hubiera estado saltando de una película a otra". El actor que se consagró con Mi pie izquierdo, En nombre del padre y Golpe a la vida, pasa buena parte de su tiempo en Irlanda —patria de adopción— junto a sus dos hijos y su mujer Rebecca Miller (la hija de Arthur). El llamado de Scorsese lo sedujo y ahora es candidato al Oscar por ese papel de rufián neoyorquino que combate a los irlandeses recién llegados, luchando en las calles, los muelles y los subterráneos de una resucitada Manhattan de 1850.

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