as horas de eclipse, más que las jornadas radiosas, obligan a levantarse sobre los límites partidarios para mirar al país.
Esta, es una de esas horas. Lo que no significa olvidar o prescindir, en los protagonistas de los sucesos, de antecedentes que, por reiterados, obligan, en esa visión nacional a una determinada conducta.
Integramos el Partido Nacional, que es el Partido de la legalidad y el derecho. Que tuvo su bautismo de sangre hace casi siglo y medio con escuadrones que lucharon por él, ciñendo en la frente una blanca divisa en la que, inscripta estaba una leyenda que era rotunda definición y eterno juramento: "Defensores de las Leyes". Veinte años después, el gobierno de Juan Francisco Giró, pieza decisiva en el avance progresista del país, se incrustó graníticamente en la historia de la República. Bernardo P. Berro, el presidente de dimensión ejemplar y Leandro Gómez, el mártir de estatura continental, señalan el rumbo de la investidura popular que no aceptó ser mancillada, y de una Nación que rechazó tutores. Francisco Lavandeira, desplomándose en el atrio de la Matriz, es el holocausto de una vida que pasa a integrar el santuario de una colectividad, porque fue jalón e hito en la construcción de nuestra libertad cívica. Saravia, con su lema "Por la Patria", irguiéndose para reclamar respeto a la voluntad popular, es mandato de democracia.
Esa es la tradición partidaria. Esa es la tradición de EL PAIS, sobre el que nunca puede haber dudas, en estas contingencias, en qué trinchera se parapeta. ¿Dónde está la legalidad, dónde el respeto al orden jurídico? Allí... Pues allí está EL PAIS.
Podrán encontrarse contradicciones —¡y evidentes!— en nuestra prédica. Y errores, —quizás numerosos—, en nuestros rumbos. Pero ni de las primeras puede imputársenos, ni de los segundos señalársenos, cuando lo comprometido es ese estilo vital del uruguayo, que enfrenta y resuelve sus problemas, sin defecciones en la causa del derecho.
Y hoy la República, con el Partido Nacional recogiendo ese legado, no viviría las actuales horas de zozobra. Porque ni agitación subversiva ni un Presidente, honesto ciudadano, pero ausente en los encontronazos políticos ni bayonetas ni fusiles, podrían crear factores irritativos si estuviera presente el Partido Nacional. Que no lo está. La declaración del Directorio, que publicamos en otro lugar, por conceptualmente clara que sea en muchos aspectos, no es la traducción militante y dinámica de una colectividad unida, monolítica y enterizamente unida alrededor de una franca línea política.
No admitimos soluciones contrarias a la democracia, a la democracia auténtica, que es libertad, que es derecho, que es coordinación respetuosa de Poderes, que es responsabilidad. ¿Que hay que combatir la corrupción, que hay que denunciar inconductas, que hay que prestigiar la democracia con procederes y actitudes? Claro, y en ese terreno nos movemos con comodidad. Aunque hay que ir más allá, que es burla la declaración de libertad política si no se apoya en un fuerte sustento económico. Que hay que comprender que nada mueve más intensamente a la rebeldía, que la injusticia. Pero dentro de los carriles legales. La democracia, con todo lo que ella significa, sirve o no sirve. No valen cataplasma ni analgésicos. O sirve, pero entonces se respetan las leyes del juego y rige a todos sus efectos, sin pausas ni interregnos. O no sirve, y entonces, un camino. Por lo menos, el negativo: acabar con ella. Lo que no vale es el intermedio; proclamar su validez, pero imponer su parálisis momentánea.
Afirmar la vigencia democrática, y surge de lo apuntado, no significa, sin embargo, sostener un criterio de estabilidad y conformismo. La democracia es dinámica y no puede ignorar realidades que apuntan, crecen y se consolidan. Realidades que no son uruguayas, solamente. Se inscriben en el panorama americano. Son lugares comunes en el ámbito mundial. No cuenta más el viejo concepto de las fuerzas armadas en los cuarteles. Están presentes, deben estar presentes como otros sectores, en la solución de la problemática nacional. Sin que ni ellas ni otros se atribuyan el patrimonio de determinadas virtudes. ¡Que estamos seguros, con las consabidas excepciones derivadas de la debilidad humana, integran, todas el acervo común!
Volvemos al principio. Son horas de tinieblas. Vivimos horas de tinieblas. Y no habrá cono de luz, si no se reconocen estas realidades. Y si sobre todo no se arranca del principio que nada iguala, protege y ampara más que el imperio majestuoso de la ley. De esa ley que el más alto juramento ciudadano obliga a su respeto inalterable.
WASHINGTON BELTRAN