Hay más franceses

DURANTE el último siglo y medio, Francia fue la menos poblada de las grandes naciones de Europa occidental. Eso la puso en desventaja frente a Italia o Gran Bretaña, pero sobre todo frente a su vecina Alemania, cuya prosperidad demográfica se había acentuado a lo largo del siglo XIX hasta alcanzar un privilegio numérico que pudo notarse en su capacidad de maniobra durante las dos guerras mundiales. Pero anteriormente ese panorama regional había sido muy distinto: desde fines de la Edad Media, Francia se mantuvo a lo largo de 400 años como el país más poblado de la zona, con enorme superioridad en la materia sobre sus linderos. Durante los batalladores reinados de Francisco I y luego de Luis XIV, el país tenía unos 20 millones de habitantes frente a los 9 del Imperio germánico o los 7 de Inglaterra o de España. Eso explica que Francia pudiera librar guerras contra coaliciones que la rodeaban con un cerco que en el mapa podía resultar abrumador, aunque sin embargo resultaba desmentido por el número comparativo de habitantes.

SEGUN dicen, fue Napoleón quien extendió el certificado de defunción de esa ventaja al promulgar su Código Civil y suprimir allí el mayorazgo, viejo régimen sucesorio por el que una herencia pasaba del padre al hijo mayor. Al distribuirse los bienes entre todos los vástagos, las familias francesas comenzaron a tener menos hijos para que su patrimonio no se desintegrara. La consecuencia de esa medida debe sumarse al efecto devastador de campañas militares (como la bonapartista contra Rusia) que también tuvieron su efecto letal sobre la población masculina. Al llegar la Belle Epoque, Francia sólo tenía la mitad de habitantes que el Segundo Reich, efecto que Napoleón seguramente no midió en tiempo y forma. Pero la desventaja se agudizó a partir de la masacre de jóvenes en 1914-1918 y se volvió angustiosa a fines de la Segunda Guerra Mundial, en parte por el desánimo popular que la precedió y se mantuvo bajo la ocupación nazi, y en parte por el aislamiento de cientos de miles de prisioneros de guerra alejados de sus familias y de toda posibilidad procreadora.

FUE entonces que se lanzaron planes de respaldo oficial a las familias numerosas: quienes tengan más de tres hijos, se libran del impuesto a las ganancias, reciben ayuda estatal para abonar el alquiler de su vivienda, pagan medio boleto en el tren subterráneo de París y disponen de hasta un 40 por ciento de rebaja en los pasajes de avión y de ferrocarril. Entre otras medidas, como la mayor extensión de la licencia por maternidad o el establecimiento de guarderías obligatorias en las empresas (más un renacimiento del espíritu nacionalista, que identifica muchos hijos con engrandecimiento de la patria) el impulso ha dado resultado y ahora Francia tiene la tasa de natalidad más alta de la Unión Europea —1,90— sólo superada por Irlanda, que exhibe un 1,97. Eso es insólito en un primer mundo que últimamente se caracteriza por sus bajos índices demográficos: el caso de Alemania o de España es revelador en la materia, porque desde hace años en esos países están cerrando escuelas primarias por falta de niños.

LOS 60 millones de franceses no pueden todavía igualar a la masa de una Alemania reunificada (80 millones) pero han superado a la población del Reino Unido y también a la de Italia, lo cual es un dato inesperado para quienes observaron las tendencias demográficas europeas de las décadas pasadas. El Rey Sol puede estar contento en su catafalco, aunque no todo se reduce a la imagen de un país en expansión: de paso, el parque industrial de Francia dispone de más mano de obra y tiene asimismo un mercado más poblado para colocar sus productos.

Puede ser interesante confrontar esos números con los de otras regiones del mundo: mientras Alemania, España, Austria o Italia mantienen índices de natalidad del 1,3 por ciento, esa tasa es del 2,3 en Uruguay y en Chile, del 2,6 en Argentina, del 4,2 en Bolivia o en Paraguay y del 5,2 en Africa. El promedio mundial del último año era del 2,8 por ciento, aunque corresponde señalar que la población crece más donde conviene menos: en las zonas pobres, los países inestables, las regiones sin auxilio sanitario. La imprudencia humana es así.

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