La renovación de un mito

| Crítica | Henry SeguraVERSOS EN LA BOCARecital de Joan Manuel SerratMúsicos. Ricard Miralles (dirección,arreglos, piano), Paco García (batería),David Palau (guitarra), Alex Hernández(contrabajo, bajo eléctrico),Alejandro Terán (viola, saxo, clarinete).Lugar. Velódromo Municipal, martes 28.

Es un ritual. El público que promediaba los cuarenta y pico de años y que formó larguísimas colas por muy buen rato, sabía lo que iba a encontrar, porque entre otras cosas con Serrat parece que las sorpresas no importan. Con un traje gris clásico, una remera negra y apenas tres canciones, el director de la ceremonia instaló un clima afectivo, familiar para quienes mayoritariamente lo han acompañado a lo largo de casi cuarenta años. "Bienvenidos a vuestra casa y gracias por abrirme nuevamente vuestras puertas", dijo para inaugurar esa otra parte de los recitales del catalán: la del caballero que maneja las palabras con elegancia y se transforma en presentador de su propia fiesta.

Aquel agradecimiento sirvió para instalar un diálogo no menos eterno, donde voces (sobre todo femeninas) hacen sentir sus deseos, las canciones que quisieran escuchar ahí y ahora. El, que no pierde postura, suele sonreír y sigue con el programa previsto. Ambas partes saben que no existe un sólo Serrat, sino tantos como admiradores tiene (y vaya que son unos cuantos), porque la estatura de mito que adquirió el catalán nace precisamente de esos Serrat que se cultivan en la intimidad a lo largo de muchos años, en los que ha pasado de todo. El fabulador de amores, el amante, el crítico implacable, el bondadoso, el solidario, el aliado de grandes poetas, son perfiles que asoman en un ritual desprovisto de énfasis y que cada "creyente" va administrando para sí de acuerdo a sus necesidades. El viaje por distintos tiempos además puede demorar su final, como ocurrió con los cuatro bises que se dieron en el Velódromo, yendo más allá de Lucía, un himno que el músico ubicó como cierre de las varias presentaciones hechas en Argentina. Si no hubiese existido el desequilibrio de una señora que logró subir al escenario, desatando el inmediato pánico del artista porque se le podía venir el malón encima y a esa altura estaba solo, probablemente el final fuera otro. Una lástima.

La reciprocidad en la relación artista-público en este caso además exigía el respeto mutuo como forma de preservar un clima de intimidad que con los temas contenidos en Versos en la boca se acentuó. Serrat no hace trampas cuando elabora su nueva propuesta. Aunque el público aún apenas reconoce un par de esas canciones recién salidas al mercado, él pone el énfasis en ellas y apela a pocos referentes históricos como Mediterráneo, Los fantasmas del Roxy, Fiesta, Lucía o Pueblo blanco, para activar la memoria y renovar esos actos de fe inevitables cuando se tiene a un creador con estatura mítica. Claro, tampoco olvida los varios homenajes que suelen poblar los interiores de sus recitales: renueva su agradecimiento a poetas de ayer (como Antonio Machado, haciendo Llanto y coplas a la muerte de Don Guido) o de hoy (como Mario Benedetti, de quien hizo Defensa de la alegría), y se traslada a sus raíces catalanas apelando a la lengua madre para hacer la Canço del lladre.

Ese tema, una hermosísima canción dedicada a los bandoleros del siglo XVIII, habilitó un paréntesis donde salió a relucir la ironía fina del catalán. "A aquellos ladrones la gente les hacía canciones; ahora a lo sumo le escriben un graffiti. Los de antes al menos tenían la delicadeza de taparse la cara; los de hoy salen por televisión", dijo.

Pero el humor y las palabras estuvieron más restringidos que en otras ocasiones. La opción por concentrarse en las canciones fue una decisión muy sabia: los propios temas nuevos sonaron con una calidad poética distinta, aún para quienes (como quien escribe) puedan objetar lo acertado de ciertos arreglos, donde el piano de Ricard Miralles, histórico compañero de viaje de Serrat pero con quien no trabajaba desde hacía casi diez años, tiene un rol demasiado preponderante o reiterado. Esa poesía además tuvo un hermoso escenario por donde discurrir. Columnas de tela blanca atrapaban las luces y sus colores, mientras que desde el techo se descolgaron extrañas farolas (estilo linternas chinas) sobre la cual rebotaban las luces. Esa apuesta a la sugerencia, al matiz, a la delicadeza, fue determinante en la construcción de un clima exquisito que ni siquiera el frío viento que soplaba desde el Sur pudo destruir.

La platea, donde eran visibles un intendente, un ministro, algún senador y diputados, retuvo al cantante hasta donde pudo, sin importar el hecho de que Serrat sea un eterno volvedor.

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