JORGE SAVIA
Cumplir, lo que se dice cumplir, no cumplieron. Porque perdieron, pese a que merecieron el empate y hasta no hubiese sido del todo injusto si hubieran ganado. Pero respondieron los botijas esta vez. Le respondieron a la gente, más que nada, que fue a acompañarlos, y que no le importó en absoluto su impotencia, que fue casi tan grande y evidente como su permanente remar hacia el arco contrario, y los alentó hasta el final, sin importarle si por momentos parecían acercarse a la clasificación o si quedaban eliminados como quedaron.
Ganó Brasil, es cierto. Y en lo esencialmente futbolístico el resultado es, pese a todo, inobjetable. Pasa siempre con los brasileños, como ya había pasado en el partido de la primera fase: si el trámite es parejo, como lo era en aquella ocasión, o les es desfavorable como durante la mayor parte de los 90’ de ayer en el estadio, ellos siempre tienen un "bufoso" escondido en el bolsillo interior del saco. Y te liquidan de un saque. Puede ser de uno o dos taponazos, como sucedió en la serie con aquellos dos goles de Daniel Carvalho. O también con dos chispazos, dos relámpagos, como los de la pasada jornada: el que metió Dagoberto —con el apoyo del propio Daniel Carvalho— para capitalizar un error de López y poner en Brasil en ganancia cuando Uruguay dominaba sobre el cuarto de hora inicial de la primera etapa; y el que descargó Daniel Carvaho, en los minutos finales, para propiciar el tiro de gracia que significó el gol de Jussie para un Uruguay que, sin claridad, con la casi única llave que manejaba la velocidad de Guerrero por la derecha del ataque y el transporte personal de Martínez por los sectores centrales de la cancha, tenía a Brasil a mal traer, acorralado contra su área, desde que —promediando el complemento— el propio "Malaca", recogiendo un cabezazo de Guerrero que fue devuelto por el travesaño, anotó el tanto del empate.
Es la realidad. Brasil siempre tiene esas armas. Y anoche las hizo valer. Pero, igual. Los botijas respondieron. No cumplieron, porque volvieron a equivocarse —como en el primer gol adversario— con la pelota en los pies, en los pases. Y eso, al fin de cuentas, fue lo que les impidió ganarle a un rival que, aún superior, terminó resignándose a defender la clasificación sin pudor, en vez de jugar para buscar la goleada que le diera chance de ganar el campeonato. Pero respondieron. Aún en la derrota, lo suyo fue un desagravio. A ellos mismos. Y a la gente, que se identificó y vibró con eso que pusieron, aunque no les sirviera de nada: las ganas.