En incontables ocasiones lo neurálgico de los análisis políticos del inicio del año se centran en las mismas cuestiones: la supuesta certidumbre sobre los principales contendores de la próxima elección y acto seguido la inmediata disconformidad por los mismos.
Las elecciones internas que experimentamos en el 99 nos ofrecen por lo menos dos conclusiones claras y que de no presentarse cambios radicales en nuestra ciudadanía se van a volver a reiterar: la preeminencia de las estructuras políticas partidarias sobre el estado de la opinión pública; es indudable que los resultados obtenidos premiarán mas al aceitado aparato político que a la propuesta, y segunda conclusión es que por lo anterior estas elecciones cautivaron a un poco más de la mitad de los uruguayos.
Es decir que existe una masa crítica de cerca del 50% de nuestra población que en aquel entonces no se pronunció reflejando el mínimo interés sobre la misma.
Lo normal sería con las estadísticas comparadas, no preocuparnos por este asunto y abocarnos a otros temas, pero tomando en cuenta el difícil momento que nuestra sociedad atraviesa, los duros cuestionamientos hacia un sistema político que como nunca tuvo y tiene que atravesar la sumatoria de catástrofes más alarmantes que ha tenido que enfrentar gobierno alguno, con su lógico desgaste, es que para la revitalización de nuestra sociedad democrática el próximo proceso eleccionario comienza a perfilarse como un hito crucial.
Nuestro país tiene una vasta trayectoria en participación democrática, los medios de comunicación con que contamos nos acercan las debilidades y fortalezas de nuestros hombres públicos, acercándolos minuto a minuto al debate nacional. A su vez, la crisis ha despertado la saludable capacidad de crítica que día a día se van reflejando en cientos de cartas de lectores, llamadas a programas de radio que claramente visualizan y para desvelo de nosotros los políticos, el sentir de ese pueblo.
Y si bien pertenecemos a los que tenemos el convencimiento de que la sociedad uruguaya está encontrando los caminos para remontar la crisis a través de la sensatez y la prudencia, es de honor reconocer que la más profunda crisis que vive nuestro país es la crisis de ideas de las dirigencias políticas que conducen actualmente nuestros partidos.
La falta de ideas fuerza para el conjunto de la sociedad, particularmente en períodos de crisis económica y social como el que nos encontramos viviendo, conduce inexorablemente a que las estructuras político-partidarias se transformen en rehenes inermes de los intereses corporativos. He aquí una de la razones fundamentales por la que la mayor parte de nuestros ciudadanos hoy se sienten ajenos al accionar de los partidos.
Por todas estas razones, lejos de toda demagogia, debemos aprovechar este tiempo que media hasta las elecciones internas de los partidos, para que se transformen en una convocatoria a todos los ciudadanos a trabajar, en libertad y democracia, en la construcción de una sociedad cada vez más justa y solidaria. Ese es, en apretada síntesis, el camino para superar tantas falsas oposiciones que nos han paralizado como sociedad en las últimas décadas, generando tantos enfrentamientos fratricidas y estériles.
Si esto no fuera así y, consecuentemente, la ciudadanía fuera renuente a participar de las elecciones internas de los partidos, la multa moral deberemos pagarla los dirigentes que sabiendo la génesis de estos problemas no encontramos los mecanismos para contrarrestarlos.
Esperemos que esto no ocurra y esa critica ciudadanía que hoy mide a todos con la misma vara, tenga la virtud de hacer la necesaria diferencia a la hora de su imprescindible participación electoral y de esa forma echar por tierra los vaticinios realizados al inicio del 2003.