Iris Murdoch tenía 79 años cuando murió del Mal de Alzheimer a comienzos de 1999. Era una de las mayores novelistas británicas contemporáneas, además de brillante profesora de filosofía, y durante 40 años había estado casada con el crítico y catedrático John Bayley. Ese matrimonio sosegó la turbulenta juventud de Iris, mujer emancipada y bisexual, permitiéndole dedicar tiempo a las 26 novelas que llegó a escribir, donde las intrigas se cruzan con agudas observaciones sobre la naturaleza humana y un ejercicio de buen humor muy desenvuelto. Esa personalidad es lo que retrata esta película inglesa, en la doble faz de sus años juveniles y su madurez. Por eso reparte el papel entre dos actrices: Kate Winslet y Judi Dench.
La delicadeza es el rasgo central de la dirección de Richard Eyre, que también escribió el libreto junto con Charles Wood. La inteligencia casi insolente de Iris, su conciencia de una libertad personal ejercida sin mayores trabas, sus apasionadas amistades y su tierna —pero también gozosa— relación con Bayley, colorean un relato que salta constantemente del pasado al presente para comparar las experiencias de dos etapas de la vida, como si lo guiara el movedizo río de la memoria y no la prolijidad evocativa de una biografía. Basado en los libros que Bayley escribió sobre su mujer, ese retrato se ocupa de explorar una intimidad afectiva más que de construir el perfil de una celebridad.
Puede ser un deleite para el espectador observar cómo Eyre anota el pudor y el desconcierto de un muchacho encandilado por Iris, cómo describe los primeros tanteos amorosos de esa pareja, cómo registra la personalidad (seductora pero hermética) de su protagonista y cómo resuelve en pinceladas escasas e infalibles el vínculo con Bayley cuando los años pasan y esa pareja desemboca en una placentera camaradería. Lo más espinoso llega después, cuando asoman los primeros indicios de la enfermedad de Iris —repite alguna frase, le cuesta escribir, pierde el hilo de una entrevista—y esos síntomas se acentúan poco a poco, hasta llegar al extravío, el silencio, el embotamiento y el delirio.
En esa zona del relato, Eyre logra la pequeña proeza de no ceder a la truculencia ni al clima aplastante que el caso facilitaba. Sabe en cambio mantener su cuadro en un punto de emoción casi impalpable, moviéndolo entre la conducta errática de la mujer y la devoción de su marido, con vaivenes de impaciencia, de abatimiento y de temor. La sensibilidad de ese enfoque culmina en una escena imborrable, cuando la pareja visita en una casa de playa a una amiga también enferma y dos mujeres que van a morir se abrazan silenciosamente, mientras oyen una vieja canción.
Claro que Eyre tiene aliados poderosos. No sólo el carácter y los relámpagos de lucidez de Iris Murdoch, que iluminan de muchas maneras los dos tiempos de la historia. También la altura eminente de un elenco donde dos generaciones de talentos se sacan chispas en su juego de inteligencia y de instinto dramático. El resultado no sorprenderá a nadie tratándose de una actriz como Kate Winslet, que aquí sin embargo exhibe más autoridad que nunca. Puede ser en cambio inesperado en el caso del joven Hugh Bonneville (que interpreta a Bayley en el pasado) porque el actor está igualmente impecable y sale airoso del desafío de hacer frente a su viejo colega Jim Broadbent, que entrega una mezcla sin par de calidez y de gracia para componer al personaje en su tercera edad.
Al frente de todos ellos, Judi Dench se apropia del crepúsculo de Iris con una sabiduría y una luz interior capaces de justificar por sí solas todo el film. Esa actriz bajita, gorda y arrugada, que no disimula sus años ni sus desventajas físicas, crece a lo largo del relato hasta apropiarse del personaje devoradoramente y envolver al espectador con algunos momentos que luego quedarán fijos en el recuerdo. Esa labor es un eje magnético, pero está acompañada de otros rasgos de interés capaces de convertir la película en una experiencia de calibre humano por momentos conmovedor.