Aceite y vinagre

Al cierre de un 2002 que será recordado como lo merece, trascendiendo a realidades indeseables, irrumpe en la conducción republicana la ausencia de un criterio rector. Arriba y abajo. Que sirva de guía ante la desorientación imperante y que cumpla la tarea de luz encendida en medio de la oscuridad.

Hay una primera conclusión inapelable. El marxismo y sus hijastros: el comunismo, el socialismo, el stalinismo y otras propuestas hipócritas fundadas en una supuesta solidaridad, el edén en la tierra prometida por intelectuales, adalides universitarios, políticos "progresistas", luchadores sociales, tirabombas, secuestradores, agitadores de toda laya y encumbrados profetas de la utopía, son alimentación para estúpidos que se las creen. Y para vivos, que carguito público y de confianza, flota municipal a la orden, canal de televisión propio, sueldazos asegurados, adjudicaciones a dedo y otras bellezas parecidas, en toda oportunidad posible, "clink caja".

El ambo de buen corte, la corbata de "free shop", la camisa de marca y los zapatos de brillo permanente, no son hoy por hoy patrimonio de la oligarquía y la burguesía que agonizan entre la caída libre del producto bruto y las gabelas fiscales.

Más bien, han pasado a ser sello distintivo de la alta burocracia y del nuevo socialismo. Tan burocrático y adicto a los trajes de Armani, como a los banqueros del más selecto club plutocrático, de acuerdo a las enseñanzas de "Lula", nuevo paradigma de la bobera ilustrada, siempre dispuesta a inclinarse reverente ante ejemplos de afuera, normalmente de catastrófico resultado (léase Allende, Castro y Chávez, como muestra).

En la realidad los últimos, verdaderos e indiscutibles socialistas que vamos quedando en el mundo somos los "yoruguas", los cubanos encepados por Castro y los coreanos del Norte. Antes nos acompañaban los chinos continentales que ahora nos traicionaron y se han zambullido en la economía de mercado y el consumismo. Antes por lo menos nos hacían sentir integrantes de una cantidad bárbara de gente hija del mismo error. Agua, luz eléctrica, teléfonos, nafta, etc. todo lo principal es entre nosotros del Estado, el municipio y de los sindicalistas de los sectores públicos privilegiados. Culminación del culto al fracaso, cuya vanguardia invencible corresponde por derecho propio al Frente Amplio y socios de ocasión.

Ahora todos en el mundo quieren arreglar con el Fondo Monetario Internacional y ver cómo se paga la deuda externa; claman por inversores; es que si no hay empresa y empresarios privados exitosos se sabe universalmente no hay inversión, no hay empleo, ni riqueza para el bienestar social de los más carenciados. Y estas verdades dichas a gritos por la Historia —rechazadas siempre por los protestatarios que no han sabido lo que es poner un ladrillo sobre otro, sino simplemente teorizar sobre lo que los demás tenemos que hacer a partir de sus consejos, mientras permanecen asociados para promover la disolución y el caos, no tienen contradictores.

Una mentira reverenda, escondida tras expresiones de verdad, tiene que ver con quienes compartiendo la conclusión anterior permanecen ligados a las tiendas del frentismo negativista y retrógrado.

Así, otro protagonista infaltable: los observadores imparciales e incontaminados opinan. "La izquierda ha cambiado", dicen. Porque unos pocos dirigentes sensatos simplemente han venido a coincidir con la visión y la prédica de los partidos históricos a los que impiadosamente criticaron secularmente.

¿En qué cambiaron las celebridades izquierdistas, que sólo contribuyen a la causa electoral de un contubernio anárquico, liderado por un señor que no entiende ni de institucionalidad, ni de economía y que conceptualmente se contradice a sí mismo con la velocidad del sonido? (contubernio en el que campean invictos admiradores de los terroristas colombianos y la ETA española). Democracia, inversión, trabajo, crecimiento económico y bienestar caminan en sentido contrario al contubernio. Con el que mezclan tanto como el aceite lo hace con el vinagre.

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