Lula y una multitud de expectativas

| En Brasil "se votó por un cambio y cambio será la palabra clave en mi gobierno", afirmó en su primer pronunciamiento como jefe de Estado

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BRASILIA | EFE y AP

Con una promesa de fidelidad a su humilde cuna y la esperanza de cambio que en él depositaron más de 50 millones de votantes, Luiz Inácio Lula da Silva se convirtió ayer en el trigésimo noveno presidente de la República Federativa de Brasil.

Lula juró ante el pleno del Congreso en una ceremonia con un fuerte contenido emocional y asistida por delegaciones de 118 países.

Como ya es habitual en este tornero de 57 años que apenas pudo estudiar hasta quinto grado de primaria, las lágrimas saltaron de sus ojos en varios momentos de su discurso.

Lloró cuando recordó su origen y reafirmó su compromiso con los más pobres, y también cuando declaró que la "misión" de su vida estará "cumplida" si al final de su mandato, el uno de enero de 2007, "cada brasileño puede desayunar, almorzar y cenar cada día".

En Brasil "se votó por un cambio y cambio será la palabra clave" en su gobierno, afirmó en su primer pronunciamiento como jefe de Estado.

FERVOR. Su recorrido hasta el Congreso comenzó en la Granja do Torto, la residencia que ocupó hasta ayer en Brasilia, y fue obstaculizado por numerosos simpatizantes que esperaron durante horas para saludarle.

En el trayecto, la caravana oficial fue seguida por decenas de vehículos tocando sus bocinas, y aclamada por miles de personas que se apiñaron al costado de la carretera.

Frente a la Catedral de la ciudad proyectada por el arquitecto Oscar Niemeyer, Lula se encontró con su vicepresidente, José Alencar, y cambió su automóvil por un Rolls Royce modelo "Silver Wraith" descubierto que en 1953 fue donado a Brasil por el Reino Unido.

Bajo una tenue llovizna, Lula y Alencar saludaron en pie a una multitud que distintas fuentes calcularon entre 300.000 y 400.000 personas, en su mayoría llegadas de los más distantes puntos de Brasil y vestidas con el color rojo que identifica al Partido de los Trabajadores (PT), que el flamante presidente fundó en 1980.

Las intensas esperanzas suscitadas por su ascenso a la presidencia se vieron reflejadas el miércoles, cuando miles de entusiastas brasileños se agolparon para saludarlo en su ruta hacia la toma de posesión.

Decenas de miles de personas se congregaron desde el martes en la noche en la Explanada de los Ministerios, poniendo en aprietos a los agentes de seguridad que intentaban controlar a la multitud.

CABALLERIA. Ni los oficiales de caballería pudieron controlar a la gente que hizo lo que pudo para acercarse a Lula.

El mandatario respondió con saludos y una sonrisa permanente a sus seguidores. Uno de ellos burló a la seguridad y logró subirse al Rolls Royce que lo transportaba para abrazarlo y llorar en su hombro.

Nunca se había visto tanta expectativa y entusiasmo en la gente en las ceremonias de transmisión presidencial. Los sucesos del miércoles se asemejaron a las recepciones de la selección brasileña de fútbol después de conseguir un título mundial.

Lula rompió varias veces el protocolo para responder a los saludos de las personas. Se desprendió de su seguridad cuando ingresaba al congreso para abrazar a uno de sus familiares venido de su natal estado de Pernambuco.

El entusiasmo se extendió al interior del Congreso, donde parlamentarios del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y otros de la coalición vivaron al nuevo mandatario a su ingreso.

Según resumió en su discurso de investidura, en Brasil se ha comenzado a cumplir "el sueño muchas generaciones" y será recordado como el día del "reencuentro" del país "consigo mismo".

Cardoso se fue a París de vacaciones

SAO PAULO n El presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, dejó el poder después de dos mandatos seguidos de cuatro años y sin haber concluido el proceso de cambios con los cuales intentó transformar al país.

Cardoso, sociólogo de profesión matriculado ideológicamente en la socialdemocracia, llegó al poder por primera vez tras vencer en las elecciones de 1994, a las que se presentó como autor del Plan Real, responsable del control de la inflación, y con la promesa de hacer las reformas estructurales que el país reclamaba.

Cuatro años después, y tras lograr la aprobación en el Congreso de la enmienda constitucional que permitió la reelección inmediata de los cargos ejecutivos, recibió en las urnas un segundo mandato pero, como en las películas, la segunda parte no fue tan buena como la primera.

Sus promesas de derrotar el desempleo, tal como había ocurrido con la inflación, y de continuar con los cambios iniciados en su primera gestión no se concretaron y el entusiasmo de muchos con su Gobierno fue reemplazado por un sentimiento de frustración.

El ex presidente, en compañía de su esposa Ruth Cardoso, tiene previsto pasar tres meses de vacaciones en París.

Esta es la primera vez en cuatro décadas que un presidente democráticamente electo entrega la banda presidencial a su sucesor al término de su mandato. EFE

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