HISTORIA

El Museo de la Shoá del Uruguay inauguró nueva casa con interesante propuesta

A través de dos salas ubicadas en la Comunidad Israelita del Uruguay se puede hacer un recorrido moderno de lo ocurrido en el Holocausto judío y ver objetos de sobrevivientes llegados al Uruguay.

Museo del Holocausto
Algunos de los muchos objetos exhibidos de sobrevivientes de la Shoá en Uruguay.

"Jamás olvidaré lo que ocurrió con un alumno mío de Secundaria cuando daba clases de inglés y me enteré que había dibujado una esvástica sobre el escudo uruguayo en una hoja de escrito. Los docentes querían expulsarlo del liceo. Al ser yo la única judía en el plantel me escucharon cuando dije que había que darle una oportunidad. Organicé una visita didáctica al Museo de la Shoá y cambió por completo. Pidió disculpas de corazón y, cuando lo encontré unos años después, no había olvidado la nueva oportunidad que el museo le dio, porque reflexionó y enderezó su camino”.

La historia de Rita Vinocur, directora del Museo de la Shoá (Holocausto) de Uruguay, explica muy bien por qué este lugar apunta principalmente al público no judío. Son las personas por fuera de la colectividad las que no están tan empapadas del tema y es a ellas a las que el museo quiere contar lo ocurrido en el siglo XX con el pueblo judío.

El Museo cumple esa función desde su creación, en 1965, cuando funcionaba en Convención 1220. “Todo comenzó en 1953, cuando sobrevivientes de la Shoá en Montevideo se agruparon para comunicarse entre sí como hermanos de cautiverio porque nadie quería escuchar sus historias tan tristes con asesinatos de sus familiares en ghettos y campos de concentración”, contó Vinocur, cuya familia polaca fue víctima de esa situación. Solo escaparon su madre, Ana Benkel, y su tío, Enrique Benkel, ambos ya fallecidos.

Los sobrevivientes crearon una institución que en su momento se llamó Víctimas del Nazismo y luego cambió el nombre por Sobrevivientes del Nazismo y finalmente, en 1965, pasó a ser el Museo del Holocausto, el primero en América del Sur y único en el continente hasta el año 2000. Desde 1998, la institución lleva el nombre de Centro Recordatorio del Holocausto, de la cual es parte el Museo de la Shoá.

El pasado 28 de noviembre, tras un proceso de reforma, el museo comenzó a funcionar en la Comunidad Israelita del Uruguay (Canelones 1084). La reinauguración se realizó bajo el lema “¿Por qué y para qué recordar? ¿Por qué es importante que haya un Museo de la Shoá en Uruguay?”.

Sobreviviente aferrada a un peine anaranjado

Una de las historias destacadas es la de Ana Benkel de Vinocur, madre de Rita, la directora del Museo de la Shoá. Estuvo en el ghetto de Lodz y en el campo de concentración de Stutthof. Fue aquí donde cambió su porción de pan del día por un peine anaranjado para poder peinarse el pelo que le había crecido tras ser rapada en Auschwitz. Ese peine fue un símbolo de dignidad que siempre guardó y hoy se exhibe en el museo. Benkel escribió libros, bautizaron con su nombre la escuela N° 359 y un bosque de 10 mil árboles en Israel en representación de los sobrevivientes en Uruguay y se emitió un sello con su rostro, entre otras cosas.

Recorrido.

Al llegar al museo se ofrece una charla explicativa de hechos históricos y un testimonio de un sobreviviente que ha venido al Uruguay (video).

Luego se pasa a la Línea de Tiempo, que consiste en un relato histórico sobre el antes, el durante y el después de la Shoá, confeccionado por educadores expertos en el tema, con fichas de identificación elaboradas por los licenciados Alejandro Trenchi y Ronald Trenchi, jóvenes voluntarios del Centro Recordatorio del Holocausto.

“Es un nuevo concepto de museo basado en la idea del arquitecto Fernando Aguirre Fresnedo, quien nos convenció de aggiornarlo y dedicar otro sector importante para la exposición de objetos traídos de la Shoá de sobrevivientes llegados al Uruguay. Logramos que fuesen donados para que miles de personas puedan sentir el alma que cada objeto tiene y conocer sus vivencias”, agregó la directora y aclaró que en la nueva propuesta las fotos que se exponen no son tan duras, por lo que el recorrido es apto para todas las edades.

Después, quien quiera profundizar o investigar sobre el tema, puede recurrir a la Biblioteca de la Shoá o a documentales disponibles con testimonios de sobrevivientes en Uruguay.

El otro espacio con el que cuenta el museo es la Sala de los Espejos, lugar donde se pueden leer los nombres de personas asesinadas en el Holocausto que llegaron a nuestro país. “Los espejos dan la impresión de que esos nombres se prolongan al infinito. Los de color amarillo fueron adultos, los de color blanco fueron niños”, explicó Vinocur.

Con todo esto se espera “crear consciencia y compromiso para luchar contra la discriminación y el odio y que jamás esto le vuelva a ocurrir ni a judíos ni a nadie por ningún motivo”, sentenció la directora del museo.

Las visitas se coordinan con anticipación

La charla introductoria del Museo de la Shoá está a cargo de docentes especializados en el Holocausto, sobre todo en Yad Vashem, el Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá en Jerusalén, Israel. Durante el recorrido hay “carteles explicativos que tienen alma”, describió Rita Vinocur, directora del museo. Además, hay códigos QR para ver a través de un smartphone videos de los sobrevivientes relatando sus experiencias con los objetos que donaron y que están exhibidos en el lugar.
Las visitas requieren coordinación previa, que se realiza a través del mail [email protected], para lo que se pide nombre completo y cédula de identidad. El funcionamiento es en el horario de la tarde, pero se pueden agendar recorridos para la mañana si se trata de grupos con ese horario. Los uruguayos no pagan entrada; solo los turistas.
En su anterior locación, el museo era visitado generalmente por escolares de sexto año, porque es el curso en que se estudia la Segunda Guerra Mundial, y liceales de varios años, pero sobre todo de tercer año del Ciclo Básico. También concurrían universitarios y turistas que en verano querían conocer el Montevideo judío.
“A lo largo de los años miles de visitantes pasaron por el Museo. Y esperamos que ahora vengan muchos más”, deseó Vinocur y recordó especialmente la visita de Elie Wiesel, en 1990, Premio Nobel de la Paz. “Cuando vino al Uruguay, solamente quería estar en contacto con sobrevivientes y nos felicitó mucho por la labor realizada”, contó. El Cardenal Sturla fue otro de los ilustres visitantes.
Para esta nueva localización está pensado complementar lo exhibido en las dos salas con seminarios, jornadas educativas y presentaciones de libros, entre muchas otras actividades.

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