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La camiseta de la selección uruguaya y la familia de Isabel Allende: las historias del Cementerio Británico

En cinco hectáreas están enterradas personas de más de 50 países y personalidades de distintas áreas.

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Cementerio Britanico
Recorrida por el Cemeterio Britanico.
Foto: Darwin Borrelli

Por Soledad Gago

Se podría, a partir de este lugar en el que el silencio es profundo y la pulcritud también, contar algunas historias. Se podría hablar, por ejemplo, sobre música, o sobre pintura, o sobre guerras, o sobre fútbol. Es que el Cementerio Británico de Montevideo, ubicado justo al lado del Cementerio del Buceo, tiene tantas lápidas como historias. Incluso, tiene una historia propia.

Todo empezó en 1828 cuando la comunidad de ingleses que vivían en la Banda Oriental impulsaron la creación de un cementerio propio. Lo ubicaron en el terreno en el que hoy funciona la Intendencia de Montevideo. Poco tiempo después de su creación, le solicitan al entonces presidente, Manuel Oribe, para construir una capilla como parte del cementerio. Oribe les dice que sí pero les pone una condición: que allí pudieran enterrarse todas las personas que no pertenecían a la fe católica o que, al morir, no se sabía qué religión profesaban. Así, consiguieron un terreno al lado del Cementerio del Buceo en el que apenas había unos arenales, y empezaron a enterrar allí a las personas que no eran católicas ni británicas.

En 1884, sin embargo, por las epidemias y enfermedades que había en el Río de la Plata, se ordenó que todos los cementerios se construyeran fuera de la ciudad. Fue así cómo 20 carretas trasladaron durante varios días todas las tumbas, sepulcros y monumentos que estaban en el cementerio original para el otro predio, en el que hoy dos carteles lo anuncian: British Cemetery-Cementerio Británico.

Al comienzo es un jardín: un lugar de césped prolijo con árboles y flores y bancos de madera que tiene, en el centro un obelisco que conmemora el fallecimiento de la Reina Victoria, en 1901. Después, una especie de túnel de rosas blancas.

“Cuando este cementerio se originó tenía una base protestante. Y ellos tenían la creencia que al paraíso se entra desde la belleza, es decir que no se puede llegar desde una manera dolorosa. Por eso, antes de pasar a la zona las tumbas, hicieron un jardín que tiene especies exóticas que aportan a esa belleza”, dice Eduardo Montemuiño, arquitecto y coordinador de la Red Uruguaya de Cementerios y Sitios Patrimoniales.

Después de atravesar las rosas, entonces, empieza otra historia y todo lo que puede contarse a través de un cementerio.

Eduardo Montemuiño
Nota a Eduardo Montemuiño, arquitecto y gestor cultural.
Foto: Darwin Borrelli

Fútbol, mujeres, arte

En el Cementerio Británico, que es privado, hay enterradas personas de más de 50 nacionalidades: desde alemanes, francés, suizos, griegos hasta chinos, japoneses o israelitas. También, hay más de 40 expresiones religiosas. Y, en los más de 8.500 entierros que llevan realizados, hay personas de todos los ámbitos: escritores y músicos, ingenieros, médicos, futbolistas, soldados, políticos, maestros, investigadores.

Se podría, por ejemplo, contar los inicios del fútbol uruguayo desde este cementerio. Porque allí se encuentra enterrado Enrique Lichtermberger, joven uruguayo de origen inglés alemán que fue quien, tras aprender el nuevo deporte que un inglés les enseñaba en la English School, fundó el club Albión, que fue el primer equipo de fútbol del Uruguay. Es considerado el fundador del fútbol uruguayo.

Pero también está la tumba de Alfredo Le Bas. La historia dice que cuando River Plate de Uruguay se enfrenta al club Alumni, de argentina, tienen que salir a buscar una camiseta alternativa de apuro. Como dirigente, fue Le Bas quien salió a buscar una indumentaria de apuro y consiguió unas camisetas de color celeste. Esa fue la primera vez que un equipo uruguayo le ganó a un argentino. Le Bas lo vio como una cábala y le sugirió a la Asociación Uruguaya de Fútbol que usara la remera celeste para la selección. Se aprobó en 1910.

Como esas hay otras, muchas, historias. Por ejemplo, porque allí está la tumba de John Harley, el escocés que fue el primer jugador nacionalizado para jugar en Uruguay y también el primer técnico de la selección. Hijo de una familia humilde, trabajaba como dibujante en el ferrocarril y jugaba al fútbol como nadie en Uruguay: fue Harley el que trajo con él los pases cortos, al pie.

Cementerio Britanico
Recorrida por el Cemeterio Britanico.
Foto: Darwin Borrelli

En el Cementerio Británico no se oyen ruidos, salvo el de la naturaleza. Todo, allí, está cuidado, prolijo. Hay lápidas y sepulcros de todas las formas, hay cruces, ángeles, flores, pájaros, hay esculturas traídas de suiza, como la de un ángel con una rosa madura, pero quebrada, que fue mandado a hacer para un niño de nueve años. Hay un sarcófago con forma de templo que mandó la familia de un joven noble inglés de 16 años que murió mientras estudiaba a bordo de un barco. Hay un lápida con un epitafio que dice you and me, y cuenta una historia de amor. Hay personas judías que fueron enterradas previo a la creación del cementerio israelita y que no se pueden mover porque consideran que ese territorio, una vez puestos allí, es sagrado. Hay una tumba con los restos de los suegros de la escritora chilena Isabel Allende y otra con los de Delia Staricco, cantante lírica, y otra con los de una sufragista inglesa y otra con la maestra que impulsó la creación del Instituto Crandon. Hay una capilla. Hay pinos y cipreses y flores de colores.

Pero, sobre todo, hay historias. Recorrerlo es, en algún punto, elegir cuál escuchar, cuál contar. Se podría hablar, por ejemplo, de ese cuento de Armonía Somers, uruguaya, Un remoto sabor a cal, que le dedica a una araucaria del Cementerio Británico de Montevideo, frente a la que, poco después, hubo una tumba con su nombre.

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