¿De verdad nos hace bien monitorear todo lo que nos pasa?

La tecnología facilita el seguimiento, pero también puede generar ansiedad y dependencia.

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Los relojes inteligentes pueden ser aliados de la ciencia médica.
Foto: Pexels.

En la era digital actual, el seguimiento constante de nuestros hábitos y estados emocionales se ha vuelto una práctica común. Aplicaciones móviles y dispositivos portátiles nos permiten registrar desde patrones de sueño hasta estados de ánimo día por día. La promesa que nos hacen es que van a ayudarnos a mejorar nuestra salud y bienestar. Sin embargo, surge la pregunta: ¿realmente este monitoreo constante es beneficioso para nosotros? ¿No será esta obsesión con hacer seguimiento de todo lo que nos está haciendo daño?

Un artículo reciente en The Guardian aborda esta cuestión y relata la experiencia de Adam que, tras una discusión con su pareja, comenzó a registrar meticulosamente aspectos de su vida diaria, como el sueño, la alimentación y las interacciones sociales con la esperanza de entender sus emociones. A medida que avanzaba, se dio cuenta de que el proceso le generaba más ansiedad que respuestas concretas. Puede que el caso de Adam nos resulte extremo pero seguramente muchos de nosotros concemos el caso de alguien que buscando optimizar su salud al extremo, se ha obsesionado con alcanzar métricas ideales de sueño o ejercicio, lo que en algunos casos deteriora su bienestar en lugar de mejorarlo.

Es indudable que existen también casos de uso muy positivos como las personas con enfermedades crónicas, como la diabetes, que usan el seguimiento de datos para gestionar su condición y trabajar sobre eso con sus médicos. Sin embargo, esta dependencia de la tecnología puede ser problemática, como lo muestra el relato de quienes, al registrar cada detalle de su bienestar, terminan sintiendo más angustia cuando las métricas no coinciden con su percepción subjetiva.

Este hábito está lejos de ser aislado y refleja una tendencia social, facilitada por la tecnología, que nos impulsa a cuantificar cada aspecto de nuestra existencia con la esperanza de obtener una vida más equilibrada y saludable. Pero este enfoque tiene problemas. Aunque el seguimiento de ciertos parámetros puede ser útil, especialmente en el manejo de condiciones de salud crónicas, la obsesión por recopilar datos es fuente de ansiedad y estrés.

Eso sin entrar a considerar el hecho de que confiar excesivamente en la tecnología para interpretar nuestros estados emocionales bloquea nuestra propia capacidad para saber cómo nos sentimos o qué nos haría sentir mejor. La inteligencia artificial (IA) ha ampliado las posibilidades de este automonitoreo. Algoritmos avanzados pueden analizar grandes volúmenes de datos para detectar patrones que podrían indicar problemas de salud mental.

Entre ellos, un estudio reciente analizó datos de miles de personas, como registros de WiFi y actividad telefónica, para predecir niveles de estrés y depresión. Los resultados sugieren que ciertos patrones de comportamiento digital pueden correlacionarse con estados emocionales, ofreciendo una herramienta potencial para la detección temprana de trastornos mentales. Sin entrar en las inmensas posibilidades de error en estos análisis, el otro problema es que la implementación de estas tecnologías plantea preocupaciones éticas y prácticas.

La privacidad de los datos es una de las principales, ya que la recopilación constante de información personal puede ser susceptible a brechas de seguridad. Además, existe el riesgo de que las personas se vuelvan dependientes de estas herramientas, disminuyendo su capacidad para gestionar sus emociones sin asistencia tecnológica. Los profesionales de la salud mental también juegan un papel crucial, utilizando estas herramientas como complemento a las terapias tradicionales, pero siempre considerando las particularidades individuales de cada paciente. Como en casi todo, este es un tema que reclama encontrar un equilibrio.

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