COMO URUGUAY NO HAY

El amor de una española y un puntaesteño pudo más que el mar, el viento y la COVID-19

Clara dejó su país para navegar por el mundo en la carrera Clipper; conoció Antonio y se refugió en Uruguay

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Clara viajaba con una tripulación de alrededor de 20 personas; ahí conoció a Antonio, su actual pareja.

Clara Carrington voló hacia Uruguay el 18 de marzo de 2020 desde Filipinas. Había estado navegando alrededor del mundo como parte de la carrera Clipper Round the World y que fue suspendida un día antes.

Durante la regata, Clara, mitad española, mitad estadounidense, conoció y se enamoró de un compañero de tripulación proveniente de Punta del Este. Cuando la invitó a acompañarlo a casa, ella no dudó. Después de un excitante viaje de 18.000 kilómetros, llegaron al Aeropuerto de Carrasco, justo cuando las fronteras se cerraban para los que no eran uruguayos.

Clara, de 47 años, es originaria de Mallorca, aunque su padre es de Estados Unidos. Así que habla tanto inglés como español. Trabajó durante años como directora de recursos humanos en la Volvo Ocean Race, una competición internacional de vela. En 2019 decidió convertirse en la primera mujer española en dar la vuelta al mundo en la carrera Clipper Round the World.

Menos personas han navegado alrededor del globo de las que han escalado el Monte Everest e, increíblemente, cualquiera puede registrarse independientemente de su experiencia en el mar. Los yates hacen seis travesías oceánicas, cubren seis continentes y ponen a prueba a las tripulaciones hasta el límite. Iba a ser una experiencia única en la vida.

Toda la tripulación de Clipper se somete a entrenamientos obligatorios durante cuatro semanas. En la última son asignados a un equipo y entrenan con quienes pasarán los siguientes 11 meses en un yate de 20 metros. Como habla en español, Clara fue asignada al equipo Punta del Este, patrocinado por Punta del Este Yacht Club. Durante esa última semana de entrenamiento, conoció a Antonio, un argentino y residente de Punta del Este desde hace mucho tiempo y se llevaron bien de inmediato.

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Los yates hacen seis travesías oceánicas, cubren seis continentes y ponen a prueba a las tripulaciones hasta el límite

La carrera comenzó en Londres el 1º de septiembre. El equipo Punta del Este tuvo un excelente comienzo, colocándose primero en la ida a Portugal.

A bordo había unas 20 personas en la tripulación, más el capitán y el primer oficial que eran los marineros profesionales. Aunque todo el mundo hablaba español, prácticamente nadie compartía una nacionalidad.

“El espacio es mínimo y aprendes a vivir con lo básico”, contó Clara. “No hay ducha y te limpias con toallitas”, ilustró. Incluso el espacio para dormir era limitado. Como el resto de la tripulación, Clara compartía una litera. Cuando se levantaba, la despejaba para que una compañera la usara, una práctica que es conocida como “cama caliente”. La tripulación dormía y trabajaba en turnos de cuatro a seis horas y realizaba todas las tareas, incluidas cocinar y limpiar los baños, en parejas.

Hubo momentos duros por mal tiempo y momentos duros cuando no había viento. Cuando soplaba el viento, la tripulación pasaba la mayor parte del tiempo empapada. Clara recordó que en un viaje particularmente ventoso desde Punta del Este a Sudáfrica, su cabello nunca terminó de secarse.

Toda la carrera Clipper dura casi un año. Sin embargo, la mayoría de los miembros de la tripulación optan por navegar tramos particulares. Clara y Antonio eran de los pocos que se habían comprometido a realizar toda la travesía. Así, disfrutaron de largas conversaciones y, afortunadamente, el romance floreció en los días en tierra al final de cada etapa.

A mediados de enero, una semana después de que los yates zarparan de Australia hacia China, los equipos se sorprendieron al ser redirigidos a Subic Bay en Filipinas. China estaba cerrada. Sin comunicaciones a bordo, fue todo un shock que les tomaran la temperatura y se vieran obligados a confinarse en el club de yates, al tiempo que veían a los lugareños vistiendo tapabocas. Estuvieron recluidos 10 días mientras los organizadores de la carrera consideraban los próximos movimientos y la salud de las tripulaciones. A estas alturas ya estaban a mitad de febrero. Para hacer tiempo, los equipos navegaron a una isla en Japón y regresaron sin tocar tierra. El siguiente tramo habría implicado cruzar el Océano Pacífico, un viaje exigente, y el destino, Seattle, ya estaba entrando en cuarentena.
Mientras averiguaban qué era lo más seguro, Clipper mantuvo a los equipos confinados en esa base hasta que finalmente se canceló la carrera el 17 de marzo.

Clara y Antonio ya habían decidido que se refugiarían juntos en Uruguay. Pero estaban a 18.000 kilómetros de distancia y Filipinas les estaba dando a los extranjeros 72 horas para irse. Era casi imposible encontrar un taxista dispuesto a conducir cuatro horas hasta el aeropuerto de Manila, pero lo lograron. Su regreso implicó tres cambios de aviones entre Manila, Sydney, Santiago de Chile y Uruguay. En cada aeropuerto se les advirtió que era poco probable que se les permitiera abordar su vuelo de conexión. Clara recordó la angustia de ver a una joven argentina romper en llanto cuando se le negó subir a su vuelo. Pero llegaron a Carrasco.

Le pregunté a Clara si tenía idea de cuán cerca del límite de tiempo había llegado para que se le permitiera ingresar a Uruguay como no residente. Entonces dijo que no estaba preocupada pero que sentía que estaba “en una burbuja surrealista”.

Antonio se había guardado para él la noticia de que la COVID-19 ya había llegado a Uruguay el 13 de marzo. Había querido evitarle la preocupación de pensar en lo que podría pasar si no llegaban a tiempo.

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Clara y Antonio eran de los pocos que se habían comprometido a realizar toda la travesía

Una vez en suelo uruguayo y tras llenar la declaración sobre su estado sanitario, Clara dijo: “Sabiendo que veníamos de un país de alto riesgo, fuimos directamente a hacer cuarentena, ni siquiera lo cuestionamos”.

Llegaron al apartamento de Antonio ubicado en La Barra de Maldonado y no salieron de la casa durante los siguientes 15 días.

¿Cómo manejó la cuarentena?, le pregunté. Ella rió. “No lo sufrimos en absoluto. Cuando lo piensas, ya nos habían puesto en cuarentena a bordo con otras 20 personas durante más de 25 días varias veces”, comentó.

La segunda etapa de la carrera Clipper Round the World llegó en Punta del Este en octubre, por lo que Clara ya había visto la ciudad. Había sido frío y ventoso. Sin embargo, dijo: “Me sentí como en casa desde el principio.

Quizás porque me crié en Mallorca, que es una pequeña ciudad en el mar, la naturaleza que rodea a la gente, la calidez y la autenticidad de la gente. Todo se siente como en casa”.

Su plan es volver a su actividad en el rubro del coaching y asesoramiento de recursos humanos, pero ahora, con base en Punta del Este. ¿Qué le contestará a la gente que le pregunte dónde estaba durante la pandemia? “Diré que estaba en un pedazo de paraíso”, afirmó. Y concluyó: “Estoy muy agradecida de vivir en un país que ha sido extremadamente responsable y me ha hecho sentir tan bien cuidada”.


* Karen A. Higgs es autora y referente internacional sobre Uruguay a través de la plataforma Guru’Guay. Ofrece guía gratuita en guruguay.com/elpais.

Colabora en olla popular y pidió residencia.

Seis meses después de su inesperado regreso, Clara sigue sintiendo que está en casa. Encuentra a los uruguayos “muy cálidos, muy acogedores y muy educados”. Elogia el “increíble sistema educativo” que produce una población “muy informada”. Aprecia la humildad uruguaya y observa que la gente “sabe quiénes son y cuál es su posición. Se sienten bien en su piel”.

También le encanta el sentido del humor y cómo los extraños están acostumbrados a intercambiar chistes entre ellos.

Dice que probablemente irá a España a recoger algunas de sus pertenencias personales porque vino con dos piezas de equipaje. Pero no tiene prisa. “Mientras tanto, en Uruguay tengo mucho por descubrir”, afirmó.

Así conocí a Clara, cuando se unió al grupo de Facebook Discover Uruguay de Guru’Guay como parte de su investigación para disfrutar al máximo de su nación adoptiva. También se ofreció como voluntaria en una olla popular y solicitó la residencia. “Estoy muy feliz por eso porque tiene sentido. Para mí, la residencia significa que quieres quedarte”, dijo.

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