MATÍAS CASTRO
Los hijos de Luis Miguel ya están tomando clases de música. Quieren cantar como su padre, del mismo modo en que los hijos de Ricardo Montaner se pusieron a componer y a cantar y se fueron de gira con él (estuvieron en Uruguay hace solo dos semanas). Es lo mismo que quiso hacer Enrique Iglesias cuando comenzó su carrera como solista y latin lover de la música pop. Es lo mismo que muchísimas otras figuras del espec- táculo, que siguieron los pasos de sus padres.
¿Por qué estos casos suenan a antojos y berretines de niños que nacieron en cunas de oro y que con solo pedir un contrato discográfico lo van a tener? Los prejuicios hacen ver estas historias de forma algo negativa, al menos en sus comienzos. Era imposible no pensar eso cuando Enrique Iglesias lanzó su primer disco solista, para el que contrató a los mejores músicos de sesión que había. Fue imposible no pensar eso cuando el hijo de Will Smith quiso actuar y hasta terminó cantando (¡cantando!) junto a Justin Bieber. O cuando la hija de Will Smith quiso cantar, al igual que la mitad de las niñas del mundo, y consiguió de inmediato un contrato discográfico, entrenadores, productores y demás asistentes. No extrañaría que Suri Cruise, la ultra mimada hija de Tom Cruise y Katie Holmes, cuyo guardarropa compite con el de las celebridades más cotizadas del mundo de la moda, diga dentro de poco que quiere hacer espectáculos de ilusionismo y por arte de magia consiga en pocos días un contrato para hacer un ciclo de presentaciones en un casino de Las Vegas.
Hay que pensar en lo que pasa con el resto de los niños del mundo. El hecho de que un niño admire a sus padres y quiera seguir sus pasos no es extraño. El hecho de que sus padres hagan todo lo posible para concedérselo, tampoco. Es cierto que en lo que tiene que ver con las celebridades la cosa parece muy sencilla, de lo que puede ser para cualquiera. Y, por ser sencilla, parece lograda sin esfuerzo. Y si no hay esfuerzo, tampoco hay gran mérito.