Viejo prodigio de las estrellas

JORGE ABBONDANZA

Por qué no puedo ser Bette Davis?", dice Hilary Swank en una escena de Posdata, te amo, la comedia que está en cartel en Montevideo. Eso ocurre mientras la actriz mira televisión y allí pasan viejas películas de la Warner, incluyendo una imagen memorable de La extraña pasajera, cuando Davis emerge en la escalerilla del avión convertida en un cisne capaz de seducir a Paul Henreid. Hasta ese momento había sido la fea solterona encerrada en el caserón familiar, pero de pronto se transformaba en una mujer independiente y conquistadora, dispuesta a vivir su propia vida.

Esos son los milagros de Hollywood, que en Posdata, te amo sirven para que el lejano modelo de aquella diva del cine induzca a Hilary Swank a diseñar zapatos de mujer, quizá porque Bette bajaba del avión encaramada sobre unos tacos altos.

La extraña pasajera se estrenó hace 66 años, fecha paleolítica a pesar de la cual el recuerdo de su actriz permanece vivo. Hace unos días la televisión programó Gilda, y ese folletín romántico de 1946 es otro ejemplo de cómo ciertas películas del pasado son capaces de atrapar a un público del siglo siguiente.

No se trata de películas excepcionales sino del montón, la clásica mercadería del cine industrial, pero sus actrices tenían un imán que no se ha desvanecido. En el caso de Gilda había una pelirroja que agitaba su melena para cautivar a Glenn Ford y a los espectadores.

Esa sirena se llamaba Rita Hayworth y era no sólo la estrella número uno del sello Columbia sino que además se sacaba lentamente los guantes cantando Put the Blame on Mame, momento histórico que los interesados podrán volver a ver el jueves que viene a la 1 de la mañana en el canal Retro.

Echar un vistazo a Gilda ayuda a entender el fenómeno del sistema de estrellas, una palanca comercial apoyada en la popularidad de ciertos intérpretes que no sólo ayudó durante cien años a vender los productos del cine, sino que también fundó una mitología en la que desfiló gente de tres generaciones, desde Chaplin y Mary Pickford, pasando por Greta Garbo y Gary Cooper, hasta Marilyn y Marlon Brando.

Ya no quedan gigantes como aquellos, por más que Julia Roberts y Tom Cruise supongan hoy que su moderna celebridad es capaz de competir con los viejos dioses. No puede hacerlo, porque el embrujo del pasado ya no existe y la simple recaudación millonaria de las boleterías o el monto de los salarios astronómicos, son apenas instrumentos terrenales.

La herramienta celestial que en cambio elevó a Rudolph Valentino o a la propia Rita hasta la cumbre, era otra cosa. Una cosa que ya se extinguió, de manera que conviene reencontrarse con Gilda seis décadas después para ver en qué consistía el resplandor de las estrellas.

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