Viaje hacia las fuentes más tristes del deseo

Película. "Shame" es una valiosa obra de un creador reconocido como plástico

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Es aconsejable estar informado antes de pasar la prueba que impone "Shame", la película dirigida por Steve McQueen que actualmente se encuentra en exhibición en la cartelera montevideana.

Porque es una obra que no puede ser clasificada dentro del cine comercial de cualquier género, a pesar de que se exhiba en su circuito, sino que pertenece por diseño y modalidad a una categoría experimental más propia de un artista plástico que de un realizador cinematográfico. De hecho, quien la dirigió es un cuarentón inglés de raza negra que no debe confundirse con su famoso homónimo, que tuvo carrera en Hollywood hace tres décadas. El nuevo McQueen ha tenido una destacada trayectoria en el mundo del arte visual como escultor y fotógrafo, representando a su país en bienales internacionales. Ese hombre también ha hecho cine, aunque se trata mayormente de cortometrajes mudos y en blanco y negro, al cabo de lo cual ganó hace dos años premios y prestigio con Hunger, sobre la huelga de hambre de un militante irlandés en prisión. Ahora provoca otros revuelos con Shame.

Allí retrata a Brandon, un irlandés radicado en Nueva York. En su semblante más visible el hombre tiene un buen trabajo y una vida solteronil, aunque recibe la visita inesperada de una hermana que invade su casa, obligándolo a una incómoda convivencia. En su perfil menos visible, sin embargo, Brandon tiene otra vida, porque es un adicto al sexo con urgencias que lo llevan a mantener relaciones fugaces con mujeres que conoce en la calle o con prostitutas que contrata de apuro, sin excluir entre sus apremios el placer solitario o la pornografía en Internet. Como otras adicciones (la droga, el alcohol, el juego) esa fijación es insaciable y de reclamos constantes en la monotonía ritual de su ejercitación y en la necesidad sempiterna de su consumo.

ADICTO. El resultado no es cine erótico, en lo que puede tener de seductor o de incitante, a pesar de sus abundantes desnudos o escenas de contacto sexual. Es en cambio un descarnado ensayo de crudeza, más emparentado con la crueldad de una autopsia que con el regodeo de una lección de anatomía. Porque a McQueen le interesó explorar la mecánica obediencia del personaje bajo esa compulsión que padece, cuyo reclamo físico excluye todo sentimiento y cuyo automatismo es el reverso de la pasión, el simulacro epidérmico del amor. Cuando Brandon intenta emprender con una amiga de la oficina un vínculo más estable, la máquina deja de funcionar y la relación fracasa. El hombre es un enfermo, no un amante.

La forma en que McQueen utiliza las imágenes y arma su relato no es la de un narrador del cine sino la de un pintor, que tiene en cuenta el valor de las formas y volúmenes, de la luz y del color para transmitir significados, revelar contenidos o crear atmósferas. No opera como un novelista sino como un ilustrador, cuyos recursos visuales son más insinuantes que descriptivos. Por eso lleva al espectador a recorrer lo que no es una historia sino una hilera de fogonazos para iluminar el camino de mutilación afectiva de Brandon, que alcanza algún extremo de degradación pero llega también a una instancia final desgarradora (donde hay un toque de espanto para conmover por una vez la humanidad del personaje), más allá de lo cual la vida sigue, probablemente con su rutina y sus desahogos de siempre.

Y así este artista que incursiona en el cine -un cine de atrevimientos nada usuales- muestra la misma dualidad de Andy Warhol, otro creador que supo hamacarse entre los bastidores y la pantalla, con la diferencia de que Warhol usó el cine como instrumento provocativo y McQueen lo hace como una expedición hacia las fuentes más tristes del deseo. En Shame hay algo de la intimidad inconfesable que Michael Haneke descubría en La profesora de piano, y por momentos también hay algo de los diálogos a la deriva que Harold Pinter empleaba para revelar lo que no se dice. Son referencias eminentes, entre otros rasgos muy singulares de una película donde, a pesar de que los actores tienen más peso físico que dramático, el trabajo del protagonista Michael Fassbender es notable, salvando las complejidades de una patología para convertir el personaje en un ser vivo.

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