GUILLERMO ZAPIOLA
Es la clase de libro que tres cuartas partes de sus críticos van a pulverizar sin tomarse la molestia de leerlo. "Sables y utopías", recientemente editado por Aguilar, recoge ensayos de Mario Vargas Llosa sobre la realidad latinoamericana.
De alguna manera se la puede describir como la autobiografía política y literaria del autor peruano. Reúne trabajos que Vargas Llosa ha publicado en diversos medios a lo largo de los últimos cuarenta años, y no los organiza de acuerdo a un orden cronológico sino temático, en capítulos que titula La peste del autoritarismo, Auge y declive de las revoluciones, Obstáculos al desarrollo: nacionalismo, populismo, indigenismo, corrupción, Defensa de la democracia y del liberalismo y Los beneficios de la irrealidad: arte y literatura latinoamericana.
Algunos de esos materiales habían sido recogidos ya en otros tomos antológicos, especialmente su espléndido Diccionario del amante de América Latina, un libro que deberían leer los distraídos que suelen acusarlo de europeizante o poco interesado en los problemas del continente en que nació. Pero aquí aparecen, además, organizados en torno a una idea a la que Vargas no renuncia: su reivindicación del compromiso político del intelectual. Incluso discute el tema en un texto sorprendentemente educado (Entre tocayos) en el que intercambia ideas con Mario Benedetti, a quien elogia como buen escritor y hombre honesto, cuestionando empero su hemipléjica sensibilidad política. Vargas no cree que todas las calamidades que sufren América y el mundo provengan de la derecha, ni simplifica las cosas haciendo de la izquierda la única culpable de muchas desgracias. Tampoco cree, a la Eduardo Galeano, que la culpa la tiene siempre algún otro, y que los latinoamericanos somos las pobres víctimas de maldades ajenas. Eso le ha ganado ya enemigos en ambos bandos, un dato que debería enorgullecerlo.
El autor juega limpio con su lector, y no oculta las contradicciones entre sus opiniones pasadas y presentes. Recoge, sin retocarlos, sus elogios a Fidel Castro en 1967, aporta los textos intermedios (en particular, los que tuvieron que ver con el "caso Padilla" y las "autocríticas" de corte staliniano que el castrismo impuso a algunos de sus escritores disidentes), y concluye esa zona de su libro con sus más recientes condenas inequívocas al régimen cubano. Otros juicios suyos han variado en sentido inverso. En el 2001 podía desconfiar de Lula. Hoy (o al menos en 2006) escribe en cambio que hay en América Latina "otra izquierda más responsable y más moderna, la representada por un Ricardo Lagos, un Tabaré Vázquez o un Lula Da Silva".
En otras áreas se repiten los mismos matices: bajo sus dardos caen Videla, Pinochet y Fidel, Fujimori y Evo Morales, el inicial Alan García y Hugo Chávez, pero también la corrupción del menemismo y la inoperancia de más de un gobierno democrático de América Latina. Es por supuesto un liberal (el "fascismo" que suele achacársele es una soberana estupidez), y es desde el liberalismo que cabe con frecuencia estar en desacuerdo con él: a la larga, lo único que todos los liberales deberían compartir es la defensa del derecho a discrepar.
Su defensa del mercado, cuando el término se ha vuelto mala palabra, requeriría matices; la intervención estatal puede ser más veces de las que él cree "el mal menor" en una realidad injusta. Pero su apuesta por la democracia es inequívoca, compartible, y minoritaria entre los intelectuales latinoamericanos: cuando le objeta a Gunther Grass su justificación de algunas tiranías folclóricas cercanas, que el alemán jamás admitiría en Europa, está objetando en realidad una pretensión de superioridad (esa sí "europeísta") que cree que el régimen democrático está bien para países "avanzados", pero que los inferiores y atrasados tercermundistas debemos conformarnos con lo que venga.
Pero aún en las discrepancia sigue siendo un libro necesario. Y qué bien escrito que está. Los capítulos sobre literatura (Lezama Lima, García Márquez, Borges, Cabrera Infante, varios más) son, por otra parte, inobjetables, y el del cubano Cabrera tiene el mérito adicional de rescatar a un maestro del lenguaje condenado al olvido (al igual que otro grande, Germán Arciniegas) por el mismo motivo: el pecado imperdonable de haber abominado de Fidel.