Una notable exhibición que revela la madurez del artista Fidel Sclavo

Valioso. La obra del creador se presenta en el Centro Cultural de España

 20110604 302x600

JORGE ABBONDANZA

La trayectoria de algunos artistas plásticos emprende caminos de depuración que van llevando un lenguaje hacia el extremo de la sencillez, como si efectuaran una tarea de limpieza y descarte para preservar únicamente lo esencial.

Ese trabajo no es fácil cuando se trata de una gramática visual, porque exige controlar no sólo la cabeza sino también la mano, para detenerla en la economía de ciertos gestos cuya gracia deriva de su simplicidad y cuya soltura -aliada del automatismo- sabe soltar y luego interrumpir cada ademán sobre la tela o el papel, porque el secreto consiste en dónde ubicarlo, cómo desplegarlo y cuándo detenerlo.

El resultado funciona igual que la descomposición de una escritura, como si fuera una decodificación al revés, que abandona la clave explícita de las palabras para buscar esta caligrafía que sugiere sin descifrar, insinuando ante todo el impulso emocional (a veces gozoso y otras veces distendido, aunque en ocasiones violento) con que el artista aborda la superficie para inscribir en ella sus ideogramas. El sistema produce la sensación de un trazo repentino y una huella instantánea impuestos al manejo de la línea, que en algunos casos permite al trazo prolongarse solitariamente y en otros lo enrosca o raya el espacio en un vuelo entusiasta, que a veces puede ensancharse con el peso de una pincelada o una mancha inesperadas, que parecen accidentales pero integran la libertad y el desenfado con que acciona el pulso del artista.

En ciertos casos la línea atraviesa una obra como si la tajeara, y entonces el vocabulario de Fidel Sclavo se emparenta con el modelo de Lucio Fontana, al que no es ajeno en sus trabajos calados, que parecen abrir ventanas para que ingrese por ellas el interés del observador. En otros casos la línea se enrula en pequeñas erupciones, o invade toda la superficie con una red de imágenes que aluden suavemente a la genitalidad.

Pero en todos los casos la línea fluye con la sutileza de un abecedario furtivo, más cercano a las armonías inconscientes que al orden externo de una disciplina gráfica. Por algo la primera muestra individual que Sclavo realizó hace 25 años se llamaba Obra discreta, porque su producción siempre ha preferido el diálogo sigiloso y el tono porfiadamente menor para comunicarse con el prójimo, y no el dramatismo del alarde o el impacto.

Sclavo nunca se alejó de un singular empleo del humor, que sigue ventilando a su obra incluso en los planos de ascetismo que frecuenta hoy. Ese humor, que puede ser casi clandestino, es el mejor apoyo del carácter aleatorio que preside estas piezas y el condimento más fino de la desenvoltura que las recorre. Por detrás de esos rasgos se alza -también discretamente- el sello de la inteligencia, que puede identificarse no sólo por las cosas que elige sino también por las cosas a las que renuncia. Igual que los buenos poetas, Sclavo selecciona sus vocablos y los reaviva con un lenguaje que sabe vincularse con quienes tienen buen ojo, una capacidad que equivale al diálogo de las palabras con quienes disponen de buen oído.

Para contempladores debidamente entrenados, la visita a su exposición tendría que aprovechar una afortunada coincidencia y enlazarse con otra visita a la muestra que Javier Bassi mantiene en el Museo Nacional de Artes Visuales, porque en los dos casos se trata de representantes extraordinarios de una misma generación de plásticos uruguayos, y sobre todo porque las afinidades entre ambos van más allá, bajo el denominador común que les otorga la desnudez de una serena maestría.

Estas obras de Fidel Sclavo fueron exhibidas hace un año en Buenos Aires en la galería de Jorge Mara, otro uruguayo cuya actividad ha estado apegada a un impecable espíritu selectivo y a una búsqueda del talento que parece doblemente estimable en una época de confusión de valores como la actual.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar