JORGE ABBONDANZA
"Escenas de la vida cotidiana", el libro de Daniela Bouret y Gustavo Remedi, abarca dos décadas (1920-1930), un período que los autores caracterizan por el nacimiento de la sociedad de masas.
Ese proceso puede rastrearse en el crecimiento que tuvieron ciertos fenómenos -la inmigración, la burocracia, el sindicalismo- y en el veloz desarrollo de los esparcimientos populares -deporte, cine, carnaval, playa- hasta alcanzar cifras desconocidas en las décadas precedentes gracias a la magnitud de los estadios, la multiplicación del circuito de salas y la capacidad de convocatoria de los desfiles callejeros. Puede sostenerse entonces que los veinte años considerados para este estudio, cambiaron el volumen de las concentraciones sociales y el alcance de las emociones compartidas por el público de distintas manifestaciones, desde actos políticos multitudinarios hasta espectáculos y fiestas tradicionales atestadas de gente. Así se alteró la escala de muchas cosas, dejando atrás la moderación casi pueblerina del pasado y anunciando la masificación que se daría en numerosas tendencias, desde el cambio de los gustos o los hábitos del consumo hasta el acostumbramiento a las aglomeraciones o la creciente sensación individual de fundirse con la muchedumbre al sumergirse en ella.
Pero lo más seductor de este producto de cinco años de investigación, una tarea emprendida por Daniela Bouret y Gustavo Remedi, es el enfoque elegido para rescatar un trecho de la vida nacional a casi un siglo de distancia, porque el libro sabe cumplir con la promesa formulada por su título. Son Escenas de la vida cotidiana, un escorzo para observar los grandes hechos desde el testimonio de gente común, el compás de las cosas diarias, el mundo laboral ante el juego de precios y salarios, la gastronomía familiar, la vida del café o el cambio de las áreas de residencia y de veraneo. Como dicen atinadamente los autores, "este proyecto de historia de la vida cotidiana, es en parte un intento de subsanar la ausencia en la historiografía de territorios eclipsados por el enfoque político -la vida cotidiana- y en parte de ver lo político desde lo cotidiano, de pensar cómo se percibían, se veían y se sentían los acontecimientos desde la perspectiva de personas comunes y corrientes, desde lo privado, desde el nivel de la calle". Una suerte de telescopio retrospectivo puesto del revés.
ANTIGUEDADES. El resultado tiene el interés casi absorbente de su trasluz antropológico y el encanto de su mirada tangencial ante los viejos hechos históricos, como las normas legales del batllismo en materia social y cultural, incluida la ley de las ocho horas, el descanso semanal obligatorio o la prohibición de corridas de toros, riñas de gallos y tiro a la paloma (1915), hasta el epílogo de aquellas décadas en la conquista de la semana inglesa (1931), que amplió la pausa laboral de los domingos a la tarde de los sábados. Hay en esas ojeadas alguna referencia que remite involuntariamente a la actualidad, lo cual puede imponer una doble reflexión al lector de hoy, como el parque del Prado por cuyo arroyo Miguelete la gente paseaba en lanchas automóvil entre los cisnes que poblaban el agua (pág. 33) una información que el lector confronta con la basura flotante que degradó ese mismo lugar en los últimos tiempos. Otro dato refiere a "la ordenanza municipal que prohíbe a los menores la conducción de vehículos" (pág. 189) lo cual puede provocar un siglo más tarde la ironía de los montevideanos en una ciudad surcada por carros hurgadores conducidos por menores, aunque la ordenanza sigue vigente.
Es enorme el mosaico documental que abarcan los autores al ocuparse por ejemplo de la capacidad de crecimiento de la capital, porque entre edificios y nuevos pavimentos se gastó de 1913 a 1931 más del doble de lo que totalizaron las exportaciones del Uruguay en ese último año (pág. 28). Tanta información surge de las fuentes múltiples a que se recurrió, desde revistas y periódicos hasta libros de especialistas, recuerdos de viajeros de la época, declaraciones de antiguos testigos, cartas y documentos personales, entrevistas, textos gubernamentales o cifras sobre sanidad, inmigración, trabajo y diversiones. En una época como la actual, donde la juventud no parece demasiado dispuesta a tomar en cuenta el pasado como punto referencial, y donde el conocimiento de ese pasado es cada día más precario, una indagación como la de Bouret y Remedi cobra doble valor ilustrativo y doble importancia como material de divulgación.
Está realizado no sólo con detenimiento y seriedad profesional, sino con una prosa que permite a la lectura correr fluidamente a través de temas tan inseparables del período como la prostitución en El Bajo montevideano -había 42 burdeles en pocas cuadras de la calle Yerbal- evocando así un barrio que resultó destrozado por el temporal de julio de 1923, acelerando los planes de demolición que ya estaban proyectados. La vida en los conventillos, los bailes de la alta burguesía, las recomendaciones del buen comer (pág. 169), los beneficios sociales, el nuevo calendario secular que convirtió la Semana Santa en Semana de Turismo, entre otras denominaciones pintorescas (pág. 194) o la invasión popular de balnearios, espacios verdes y plazas de deportes, configuraron un cauce de preferencias populares en momentos de relativa opulencia del país, donde se levantaron construcciones monumentales como el Palacio Legislativo, el Hotel Carrasco o el Estadio Centenario.
MEMORIA. El cine fue convirtiéndose durante los años 20 en el mayor pasatiempo masivo del siglo XX entre los uruguayos, a una altura en que los montevideanos más devotos iban todos los días a ver una película y aprendían a adorar a las estrellas, un hábito que no decayó hasta fines de los `50. Pero los años 20, con cine mudo y un pianista (o una orquesta) en la sala para sonorizar los altibajos del relato, eran otra historia. De esa historia dan cuenta Bouret y Remedi, hablando prolijamente de lo que ocurría al margen de las plateas, como el temor ante enfermedades que han pasado a la historia (tuberculosis, sífilis) o la euforia colectiva ante las victorias del fútbol uruguayo en las Olimpíadas de 1924 y 1928, cuyo curso había que seguir acercándose a los carteles que exhibía el diario El Plata desde su ubicación junto al Solís.
Se ha dicho mil veces que las comunidades incapaces de reconstruir su pasado están bastante impedidas de encarar el futuro. No se trata solamente de una cuestión ideológica sino ante todo de una necesidad cultural. El trabajo de Bouret y Remedi colabora para que se emprenda esa reconstrucción ante un pueblo considerablemente olvidadizo como el uruguayo, que en muchos aspectos suele bajar una cortina cuando transcurren dos o tres décadas. El vistazo que echan sobre la vida cotidiana, es una ventana que se abre sobre el tiempo perdido para resucitarlo, un modelo de empeño investigador, un ejemplo de tenacidad y dedicación que vale la pena conocer.
Algunas referencias que no están
El libro podría haber hecho alguna referencia a factores que se han borrado del mapa pero que colorearon la vida cotidiana de la época, como los varitas presidiendo el tránsito, los sellos del arte plástico y la arquitectura (planismo, Art Déco), el deslumbrante intercambio artístico con el exterior, la vestimenta del momento, el atuendo espectacular de las congregaciones religiosas, el tranvía de caballitos, el carro en que los proveedores llevaban a las casas la verdura, el hielo o el pan, las pompas fúnebres encabezadas por enormes carrozas y precedidas de larguísimos velorios, los desfiles militares a los que concurrían batallones de los países vecinos, las grandes procesiones como la de Corpus Christi, el nomenclator de la ciudad cuando Avenida Italia era el Camino Aldea.
Hay pequeños reparos que formular al texto. Cuando habla de las casas de dos pisos de los años 20 y las llama correctamente "petit hôtels", le convendría saber que nunca se las llamó "hotelitos" como el libro supone en la pág. 71, y que consultados algunos ancianos memoriosos, nadie recuerda que se llamara "maisons de rapport" a las casas de apartamentos de la época. En la pág. 315, cuando se alude a los bailes de etiqueta donde figuraban "los caballeros, de riguroso traje negro", corresponde señalar que a esos bailes no se iba de traje sino de frac. Esas salvedades no empañan de ninguna manera el interés ni el mérito de esta exploración por los comienzos del siglo XX.