Ser hermano menor de Ridley Scott, uno de los pocos directores originales del mejor cine comercial americano y haberse contagiado de él la vocación, ha sido la suerte buena y mala de Tony Scott, que lo condena a ser mecánicamante comparado con su hermano. Ojo, solemos advertirnos los aficionados, no es de Ridley, es de Tony, y es una muletilla que sospecho difundida al menos por todo Occcidente.
Pero Tony ha sabido desarrollar un talento y si no un estilo por lo menos un lenguaje de un refinamiento profesional de primera línea, dentro de los cánones, para él más cerrados, más estrictos, de los que suele emplear y sabe escapar su hermano mayor desde su primigenia Los duelistas. Este Hombre en llamas es uno de los más evidentes ejemplos de la evolución de ese lenguaje y también de sus limitaciones. Porque Hombre en llamas es un vehículo natural, casi cantado para la personalidad de Denzel Washington, un actor que ya en sus comienzos (Tiempos de gloria) se ha movido con extraordinaria destreza y no menor sensibilidad entre la imagen del negro díscolo y transgresor, incluso criminal (hasta la reciente Día de entrenamiento, que le valió su segundo Oscar) y la otra imagen compensatoria y políticamente correcta", diría mi colega Zapiola, del negro heroico salido de la miseria social y moral que no consigue condicionarlo. Hombre en llamas es eso. Dentro de los lineamientos muy convencionales del libreto, Washington comprueba una vez más que es uno de los mejores actores de su generación (esa rara mezcla de gentileza y furia) siendo el centro mismo de la historia de un secuestro, en que hay víctimas turbiamente comprometidas, policías corruptos y honestos a medias, y una niña adorable que es el objeto del secuestro y también del amor, desesperado y redentor del protagonista.
El libreto es hábil, deliberada y sorprendentemente parco en palabras, inevitablemente demasiado largo en estos tiempos en que Hollywood ha renegado de los noventa o cien minutos en que solía hacer obras maestras hace cincuenta años. Pero le realización de Scott (Tony, recuérdenlo) es de una permanente brillantez y audacia en encuadre y montaje, a menudo vertiginosos, con el mérito adicional de que la película fue filmada en México pero no se priva por ello de denunciar la corrupción que allí puede encontrarse. Sin embargo no todo es de Tony y su amigo Denzel. También aparece en los créditos como "camera operator" el uruguayo César Charlone y es imposible no atribuirle ciertas audacias de fotografía y edición a nuestro compatriota, después de haber visto su Ciudad de Dios, que ya lo remontó a la candidatura al Oscar. También es un placer —para pocos, probablemente— reencontrarse con Giancarlo Giannini, su mirada inapagada, su estilo arrollador, meridional, que aquí se vuelve mejicano, hablando el español tan bien como el inglés. ¿No es sabido y sagrado que el cine norteamericano no acepta el doblaje? ¿Ni siquiera ahora, cuando los actores empiezan a ser de gomaespuma? En todo caso, por lo menos un tercio de la película está hablada en español, incluso por el propio Denzel. Urgente, avisar a las Academias.
CRITICA | Antonio Larreta
HOMBRE EN LLAMAS
Man in fire
Dirección. Toni Scott
Guión. Brian Helgeland.
Elenco. Denzel Washington, Christopher Walken, Marc Anthony.
l Estados Unidos, 2004.