SEBASTIÁN AUYANET
Un cerebro imparable que despide funks, descargas eléctricas, ritmos pegadizos y playeros y canciones para andar en bicicleta. Eso y otras cosas más salen de la mente de Buscaglia en un trabajo cargado a bajo y batería.
El hecho de sentirse en estado de gracia no quiere decir nada. Ni siquiera que eso vaya a asegurar que tal estado será canalizado y reconvertido en algo relevante: a veces esos momentos simplemente se pasan sin ser demasiado aprovechados.
Martín Buscaglia está en estado de gracia desde que El evangelio según mi jardinero (2006) le disparó una serie de "hits" y su despegue dentro del público uruguayo a partir de conciertos en clave hombre orquesta o con banda.
Y así sigue en Temporada de conejos, título que declara esa conciencia del momento de abundancia. No es el único aviso. "Ahora que mi cabeza es como una jaula de motos de un circo brasilero", dice en el primer candombe funk con una comparación que cualquier varón que haya ido de chico a un circo Vostok o similar entiende bien.
"Creo que puedo atravesar todos los semitonos" vuelve a decir en No vamos a parar nunca, en esa segunda canción donde empiezan a quedar claras dos cosas: 1) la guitarra ya no viene al frente, es un disco cargado en la rítmica del bajo y la batería de Martín Ibarburu, y 2) es la hora de esperar menos canciones depuradas y una espesura en el groove como para empacharse. Algo así como si la entrega de Buscaglia fuera una dosis concentrada que en El evangelio... se había dosificado de a gotas de funk entre tema y tema.
Como a un "nueve" de cara al arco, la confianza hace que cualquier pelota que vaya al arco entre. Por eso hoy le sale una oda a su bicicleta (la canción más Cantacuentos del disco) y hasta Extraña calabaza, una delirante y recargada canción al estilo Motown con apoyo del banjo y la feliz y estupidizante sensación del amor como eje. "Amor" es la palabra que se repite más veces junto a invitaciones a duros y resentidos a encontrarse algún día "en el palomar".
Como acostumbra en sus conciertos, Buscaglia define una sección más "tranquila" en medio del disco. Aquí viene avisada por el Blues del carrito, una nueva promoción del Cabo Polonio con la voz aguardentosa de Kiko Veneno en el contrapunto. Cortémonos la cara y la participada Diablo débil -Martina Gadea y otros suman sus voces- abren una zona de reggae apacible (Qué importa blablablá) y punteos para luces bajas (Altas horas). La modorra se sacude con un segmento obsesionado con la electrónica y los juguetes reconvertidos: Si no está roto no lo arregles, la delirante (y accesoria) Spam y la caribeña Cortocircuito, otro experimento a lo Beck con viaje de palabras entre "cable" y "poema".
Para ese entonces, cuando el disco se empieza a hacer un poco largo de más, los conejos en el bolso del compositor se cuentan por decenas y la única incoherencia del disco es que el cazador de conejos se suele mover en ambientes de montaña, fríos, mientras que este disco es una banda de sonido ideal para disfrutar o mirar de lejos y con ganas el verano que ya se empieza a sentir estos días. Por lo demás, el cantautor que firma encontró de nuevo en su propio universo de juguetes y apariciones estilo (el personaje de Seinfeld) Cosmo Kramer la fórmula para reconvertir su ánimo lúdico en música pegajosa que transmite la buena vibra de una improvisación con amigos o simplemente, de levantarse de la cama con 15 días de licencia por delante. "Hermanos, esto es sano", avisa Buscaglia en modo pastor. Hay que hacerle caso: este es un disco para aflojarse y prestarse a la terapia anti estrés. Y de vez en cuando, eso está bueno.