Un recorrido personal por el universo del cine

Novedad. Está ya a la venta "Un viaje en celuloide" de Amílcar Nochetti González

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GUILLERMO ZAPIOLA

Tiene mucho de libro de cine y un poquito de autobiografía. Este último elemento puede ser un plus de "Un viaje en celuloide - Los andenes de mi memoria" de Amilcar Nochetti, que acaba de sacar Ediciones de la Plaza.

Es una historia de amores y odios (con el cine, o con determinadas películas) que Nochetti, crítico del semanario Voces e intermitente colaborador de Cinemateca Uruguaya cuenta con agilidad, buena prosa y frecuente puntería para el análisis. Un poco a la manera de El cine tal cual era de Jaime Costa (que Nochetti menciona en algún momento en su libro), aunque acaso más centrado específicamente en películas y cineastas (aunque algunas páginas autobiográficas siguen siendo acaso lo mejor, o lo más conmovedor del libro), Un viaje en celuloide cuenta básicamente la relación de su autor con el cine.

No se trata de una historia "objetiva" o de un estudio de autores, escuelas o tendencias cinematográficas en orden cronológico o geográfico, sino en aquel en el que el propio Nochetti los fue descubriendo. Ello explica, por ejemplo, que muy al principio aparezca mencionada La conquista del Oeste, aquel western en Cinerama dirigido en 1962 por Henry Hathaway, George Marshall y John Ford en el que actuaba todo Hollywood: fue la primera película que el autor vio en cine (debía tener unos cinco años), se impresionó por lo que veía y sus padres tuvieron que sacarlo antes de que terminara. Todavía sostiene que se perdió entonces la que considera la mejor escena del film (el tiroteo final en el tren).

La mezcla de recuerdo personal y comentario crítico prosigue durante todo el libro: su persistente admiración por el "western" (hay todo un capítulo dedicado a Pasión de los fuertes y Un tiro en la noche), el deslumbramiento producido (en un niño de 11 años) por 2001 Odisea del espacio, un descubrimiento más tardío de la comedia musical (Cantando en la lluvia es "su cazabajones", sostiene Amílcar).

Pero los chicos crecen y la historia íntima (amistades, amores, alguna tragedia) se combina con ampliaciones del gusto: el espectador de matiné que sigue amando el western es también el socio de Cinemateca que descubre el neorrealismo italiano, el realismo poético francés o a Ingmar Bergman, a quien demoró en apreciar porque tuvo mala suerte (las primeras películas de Bergman que vio son casi sin discusión las peores).

Una de las mejores virtudes de Amílcar es su negativa a ser un intelectual, y a trazar una raya en el piso que separe el "cine arte" del "cine comercial". Sabe que en realidad el cine es uno solo, y lo que hay son buenas y malas películas a ambos lados de la raya. Y tiene razón en su rescate de cineastas a menudo menospreciados por la crítica académica (es muy bueno lo que escribe, por ejemplo, sobre William Wyler y David Lean) y en su desconfianza hacia ciertos sobrevalorados (Godard, aunque él también sabe que Sin aliento es una fecha en la historia del cine). Sin duda hay cosas a discutirle (frente a las exageraciones de la "teoría del autor" tiene una tendencia casi alsiniana a sostener que "es difícil hablar de autores en Hollywood", aunque se desmiente saludablemente a sí mismo con lo que escribe sobre Welles, Ford o el propio Wyler, quien era bastante más "autor "de lo que creen sus enemigos), pero es difícil que dos cinéfilos se junten y no discutan sobre algo. Un libro al que vale la pena echar algo más que un vistazo.

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