Un hombre descalzo en Montevideo

"Pynandí". Spasiuk llega mañana al teatro Solís para presentar su más reciente trabajo

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ALEXANDER LALUZ

Otra visita que estaba anotada en la lista de (inexplicables) postergaciones: este jueves el acordeonista y compositor misionero Horacio "Chango" Spasiuk se presentará en el teatro Solís, 21 horas, con su flamante disco Pynandí: los descalzos.

Pero, dicen, no hay postergación que por bien no venga. "No sé por qué, pero estando tan cerca y habiendo viajado tanto por el mundo es increíble que no haya llegado nunca hasta allí", cuenta al teléfono, con un tono ajeno a los apuros, cantado con muchos de los acentos que poblaban las conversaciones en la carpintería que tenía su padre, Lucas, en Apóstoles, provincia de Misiones, Argentina.

"Pero mi interés no está tanto en preguntarme las causas de ello, sino en disfrutar que ahora puedo ir y que lo que tengo para compartir me gusta. Entonces estoy más feliz de ir ahora y no hace diez o veinte años atrás, quizás".

Turno obligado, entonces, de algunos datos indispensables. Spasiuk presentará este jueves su último disco de estudio, Pynandí: los descalzos (2009) -más un repaso de discos anteriores-, en un nuevo concierto de la temporada 2010 del Jazz Tour, y junto al quinteto que completan David Sebastián Villalba (guitarra y voz), Benjamín Marcos Villalba (percusión, cajón, guitarra y voz), Julieta Duret (violín) y Heleen de Jong (cello).

Hay otros datos, también indispensables, a considerar, quizás por ese habitual silencio mediático al que están confinadas las apuestas musicales que no pasan por algún costado cercano al pop.

Spasiuk (1968, Apóstoles, Misiones), nieto de inmigrantes ucranianos, ocupa desde hace varios años un lugar de culto en la música popular argentina, al que llegó a través de una virtuosa trayectoria como acordeonista, compositor e investigador (la palabra exacta para describir este trabajo quizás no exista, pero si hubiera que inventarla tendría que tener como raíz el concepto de vivencia) de las tradiciones que atraviesan el mapa musical del noreste argentino.

Y este último disco es -de sus propias palabras- el hallazgo de un momento, quizás una dirección acertada, en el que su búsqueda alcanzó un punto esencial. Esta certeza, dice, "es un sabor, no es algo tan intelectual. Como decir que hay mucho por recorrer pero la dirección no está tan mal. Hay un sentir de algo muy parecido a una paz. Y creo que estoy bien aquí, con esta tranquilidad de sentirme a gusto con eso que estoy expresando y con esas ideas".

Obviamente, anota, ese estado gira en torno a Pynandí (término que viene de py, que significa pie, y nandí, desnudo o nada), pero la clave no sólo está en su repertorio, sino sobre todo en su sonido camerístico, acústico, gestado en una experiencia física, directa, de la música.

"Hay en esto cierta cosa ambigua. Porque comparado con otros chamameceros digamos que soy una persona como muy intelectual. Y el chamamé es una música muy visceral, que se evidencia y se vive mucho desde lo emotivo". En ese marco, su trabajo está arropado "por un montón de herramientas conceptuales", que tomaron forma y se sistematizaron no sólo por el bagaje heredado de sus tiempos de estudiante de antropología, sino por una "necesidad de transferir a través del lenguaje conceptual las vivencias musicales de mi historia". Un desafío de traducción que siempre tiene como límite el alcance racional (y siempre acotado) de las palabras, y deja para la percepción un universo de sentidos que parece inabarcable fuera de la vivencia corporal. "Por eso en Pynandí está la frase de Wittgenstein: `de lo que no se puede hablar mejor guardar silencio`".

Y por eso también "a la hora de tocar mi cabeza no tiene tanta fuerza. Porque los arreglos de mi música no están hechos desde lo intelectual, sino desde una sensación, de una percepción desde otro lugar, como saboreando no sólo lo que suena en el acordeón sino de todo lo que rodea". Más claro aún: " yo no me expreso creando una textura sonora y arriba de eso toco el acordeón o muestro cómo puedo tocar el acordeón. Mi expresión está en todo lo que está sonando, toque mucho o toque lo estrictamente necesario".

Una breve y certera definición para la recurrente (y no siempre bien aplicada) idea de la música como experiencia colectiva. Su origen, lejos del manifiesto o el alambicado ensayo filosófico, esta en una biografía alineada en coordenadas geográficas y temporales bien concretas. La infancia en Apóstoles, su padre Lucas, con su carpintería y el violín, su tío Marcos y la guitarra, la polca rural, el chotis, como músicas de inmigrantes e hijos de inmigrantes, y "el chamamé que era más de la población mestiza, criolla, que al igual que el rocanrol era la música que no escucharían nuestros padres. Por eso en mi mundo sonoro hay tantas polcas como chamamé, que es el lenguaje más estético, más poderoso, y definido que tiene todo el noreste argentino".

No hay que olvidar -su acotación cae por su propio peso- que "la provincia de Misiones es la que tiene el tejido étnico más complejo de toda la Argentina. En un radio de 100 kilómetros tenés a Uruguay, el Sur del Brasil, del otro lado tenés a Paraguay, el río Paraná; más toda la diversidad de culturas conviviendo entre mestizos, criollos, y los contingentes extranjeros que vinieron hacia fines del 1800 principios del 1900. Es como una ensalada súper compleja". Esas capas que se superponen, se mezclan, se oponen, "para muchos se convierten en un problema, para mí es un tesoro. Porque yo no reparo ante ello diciendo si soy más gringo o más criollo, o al revés. Soy misionero, soy argentino, soy sudamericano, y todas estas cosas me rodean a mí, hacen a mi mundo sonoro. Y la música es una forma de decir: yo vengo de este lugar del mundo pero también es una forma de preguntarse qué más soy yo que ese lugar de donde vengo. Es como una forma de pararse ante las grandes preguntas existenciales".

De la carpintería de Lucas a Nueva York

Cuando Spasiuk contaba con 12 o 13 años ya tenía dominadas en su acordeón tres o cuatro piezas, que, junto al violín de su padre Lucas y la guitarra de Marcos, el tío, eran repertorio más que suficiente para animar cualquier baile o fiesta de casamiento. Hoy "es difícil imaginar que en un casamiento se pueda bailar durante toda la noche con dos canciones", pero eso "es porque la relación de la gente con la música se daba en un lugar distinto a la academia", a lo que impone el mercado hoy. Y desde aquella época hasta hoy, ha corrido mucha agua bajo el puente: la llegada a Buenos Aires, los estudios de antropología, los primeros discos, el salto internacional (EE.UU, Europa). Un ciclo en el que profundizó sus búsquedas en lo esencial que hace a una identidad, a ese decir diferente, propio, tomando a la música "como una antorcha que usan los pueblos para ver la belleza en el camino, como decía Atahualpa".

Huellas de una búsqueda de indentidad cultural y musical

Polcas de mi tierra

1999

Este disco fue considerado en su momento como uno de los puntos altos en la carrera de Spasiuk, por ese personal cruce de tradiciones culturales de su provincia.

Pynandy

2009

Un álbum surtido de imágenes entrañables, los paisajes de su infancia, y con diseños formales de transparente factura, alimentados con un ensamble acústico.

Chamamé crudo

2004

Otro título fundamental. Rigor técnico en la interpretación aunado a un sólido trabajo compositivo, que se evidencia en potentes texturas de cuño tradicional.

Tarefero de mis pagos

2006

"Fue producido por un inglés, pero es quizás el disco más chamamecero de toda mi carrera. Esto me ha llevado al carozo mismo de mi música". Así lo define el propio Spasiuk.

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