El próximo jueves 2 de marzo Cinemateca 18 estrena, en el marco del proyecto Viva la Diferencia, el film Elogio del amor del viejo maestro de la Nouvelle Vague Jean-Luc Godard.
Se puede contar el argumento, pero esa puede ser una forma de no entender el film. Edgar, director de cine (Bruno Putzulu), realiza unas pruebas junto a sus productores para encontrar a la protagonista de su próxima película. Como su probable modelo Godard, quien dirigió el film y se identifica seguramente con su cineasta de la ficción, al hombre le interesa más hablar de filosofía que discutir las características del personaje. Sin embargo, recibirá un impacto cuando conozca a Elle (Cecile Camp), quien despierta su fascinación y la certeza de haberla visto antes, en un tiempo y un lugar que es incapaz de concretar. Cuando finalmente la elige, descubre que ha muerto. En ese momento la reconoce como la nieta de una pareja de sobrevivientes del Holocausto que vendiera a un productor de Hollywood el relato de sus vidas, y a la que conoció mientras era huésped de un viejo amigo. Es a partir de entonces que esta suerte de ensayo sobre el cine, el pasado, la ficción y el amor comienza a concentrarse en las dos o tres cosas, parafraseando un título previo del propio Godard (Deux ou trois choses que je sais d’elle, claro) que el cineasta sabe o cree saber de ese personaje desaparecido.
A partir de ahí, Elogio del amor se convierte en varias cosas: una "película ensayo", una reflexión teórica sobre los propósitos y las posibilidades del arte y la industria del cine, una charla de sobremesa sobre Los Grandes Temas de Nuestro Tiempo, incluyendo la historia, la ficción, el Holocausto y la trivialización por Hollywood de las tragedias del mundo real. En sus tiempos de crítico para la célebre revista Cahiers du Cinema, Godard sostuvo alguna vez que del mismo modo que la crítica literaria utilizaba palabras escritas (es decir, la misma materia de la que esta hecha la literatura) para analizar su objeto de estudio, la crítica de cine, para ser tal, solamente podía hacerse mediante el propio cine: la mejor crítica de una película sería, por así decirlo, una "contrapelícula". De alguna manera, eso es lo que Godard ha venido haciendo, por lo menos, desde los tiempos de Detective (1985) o desde sus Histoires du cinema (1989). La fascinación (o no) que puede provocar el resultado depende de la "empatía" que el espectador pueda sentir por los puntos de vista de Godard, un charlista a menudo caprichoso aunque, a veces, también incitante.
DIRECTOR. De Godard se pueden decir muchas cosas, excepto que sea un rutinario. Fue hace casi cincuenta años uno de los creadores de la Nouvelle Vague francesa (Sin aliento, Vivir su vida, Una mujer es un mujer), rompió con el sistema luego del famoso año sesenta y ocho para asumir posturas políticas militantes y radicales, salió a filmar obreros, fedayines y maoístas, y regresó luego de esos extremismos con alguna dosis de desencanto. El mundo pareció olvidarse de él, pese al sobresalto de una bastante desubicada polémica religiosa (Yo te saludo María, 1985), mayoritariamente provocada por gente que no había visto la película en cuestión.
De esos vaivenes proviene acaso la discusión filosófica que promueve Elogio del amor, de alguna manera la obra de un creador cerrado sobre sí mismo que, desde su orgulloso aislamiento, reflexiona sobre el cine y el mundo que lo rodea a través de una película donde participa en determinado momento el periodista e historiador Jean Lacouture y donde se escucha la banda sonora de Belleza americana, seguramente la clase de producto industrial y de consumo que Godard ha aprendido a detestar. Como de costumbre, puede dar lugar a varias controversias.