Habría que empezar por agradecer a Margarita Musto, traductora, y a Mario Ferreira, director, la astucia de haber descubierto esta obra —y esta autora— que viene a demostrar que el teatro anglosajón no terminó con Pinter en Inglaterra y Arthur Miller del otro lado del océano. Nunca viene mal el buen sentido, el humor y la sensibilidad inglesas para aerear las brumas germánicas que reptan por nuestros tablados desde hace unos años, dicho sea con todo respeto por Strauss, Muller y Bernhard. Y por el Instituto Goethe, eficiente hasta lo ejemplar. (Nunca olvidaré una entrevista en la Embajada Británica, que justamente viene al caso, en que ante el proyecto de poner en escena El Rey Lear nos contestaron a Schinca y a mí, que lo único que podían hacer era felicitarnos. Y pedir otro café).
La señora Caryl Churchill tiene las virtudes de su raza: un don de profunda observación de la realidad y del comportamiento de la gente, y es de un ingenio y un tacto impecables para rehuir la solemnidad en la vertiente verbal de sus exploraciones. Lo que no le supone rehuir la audacia ni la originalidad en su planteo escénico, en su estructura dramática y en el contenido filosófico de su visión de la comedia humana. Insistimos en ello porque la obra tiene una dimensión que elegantemente, británicamente, disimula. Churchill empieza por partir, no dividir, su obra en dos, y proponerle al espectador que las contraste y relacione por sí mismo, una verdadera hermenéutica, más allá de que casi todos los personajes se repiten en los dos actos, pasando orondamente del auge decimonónico del Imperio (siglo XIX) a su condición actual de potencia secundaria (y auxiliar).
La sexualidad reprimida, debatiéndose mal contra los prejuicios que hemos dado en llamar victorianos —otra forma de reconocer el Imperio— con sus consecuencias de hipocresía, de culpa, de miedo, de renunciamiento, y la sexualidad liberada, o en vísperas vertiginosas de serlo, con el riesgo mayor de la soledad de los individuos, una vez cuestionados, debilitados, demitificados, la familia, la pareja, la fidelidad y el mismo amor.
Mario Ferreira y sus brillantes colaboradores (Torres, Aguirregaray, Blanchet, Leirós, sin olvidar a Musto) inventan en el primer acto una suerte de parodia de la Inglaterra colonizadora y de cierto teatro o literatura (desde Madame Butterfly a Bernard Shaw, Somerset Maugham, el propio Conrad) de ambientación exótica, que a veces parecía admitir el colonialismo como un acto de la Naturaleza. En este caso, Churchill elige el Africa negra, y no la India, como dijimos en una nota anterior, en que los ingleses trasplantados, y probablemente trastornados por el cambio de clima y de paisaje, intentan como pueden dar cauce a sus pulsiones sexuales conservando las convenciones dentro de un decorado descaradamente falso. Que Aguirregaray y Torres visten con telones pintados y asimismo raídos, candilejas antidiluvianas, alrededor de una especie de "garden party" en medio de las lianas, con caballeros gobernadores o exploradores, señoras emperifolladas, un niño andrógino, una muñeca de trapo (la bebé) y un servidor negro que representa por sí solo todo un universo de explotación y capitalismo salvaje desde Manchester y Liverpool hasta el Océano Indico. El tono de ese primer acto es farsesco, y Churchill aprovecha para incriminar la Historia "heroica" de la era victoriana incluso con despliegue de banderas y ceremonias y brindis por la querida y lejana Majestad. Tanto como un reparto casi siempre bien elegido exprime su catarata de frases cáusticas y los divertidos y furtivos apartes eróticos, con especial destaque del elenco femenino: Gelós, Musto, Mendive y la Betty trémula y llena de tacto que hace Gabriel Hermano.
Y MAS. Pero queda el segundo acto: una caja de sorpresas. Ya no hay casi decorado. Nada más que dos bancos idénticos, una iluminación dramática delante de un cielo que es casi otro espectador inmóvil, y asombrado, de esas almas solitarias que pasean sus flamantes libertades —y soledades—por un parque cualquiera de Londres. Desde el impacto de la primera imagen hasta la desolación final todo ese acto es ciertamente una hazaña del director. Las humoradas de Chuchill ralean, el público empieza a comprender que ciento veinticinco años después la gente es más libre y más sincera, algunos pensarán que más impúdica, que enfundada en los corsets y las botas victorianas, pero no es más feliz. Sólo la niña alborotadora del vital Alejandro Martínez arranca unas legítimas risas; incluso la orgía trasmite más desesperación que placer.
El elenco está trabajado en lo hondo de su sensibilidad y responde admirablemente, con sus puntos más altos en Gabriel Hermano, que desde su revelación en Perdidos en Yonkers nos debía esta madurez conmovedora, y en Graciela Gelós como "Betty 2", en uno de los trabajos más afinados de su carrera, con un monólogo final extraordinario. Con el que Ferreira, modificando el orden de las escenas, cierra la obra, en otro arranque de feliz inspiración. Bravo.