Un cine al compás de los recuerdos

| Hollywood se apresta a llevar a la pantalla cuatro espectáculos teatrales de música y baile

 portada espectaculos 20030730 200x140
AP

JORGE ABBONDANZA

Hace cuatro meses, la ceremonia del Oscar permitió glorificar los aciertos de Chicago, una comedia musical dirigida por Rob Marshall y producida por Martin Richard, que obtuvo seis premios de la Academia y resultó elegida como mejor película del año. Antes y después de esa fiesta, Chicago recibió además el enorme apoyo del público, incluídos los fanáticos uruguayos que la vieron dos y tres veces: a la fecha lleva recaudados más de 300 millones de dólares, cifra considerable aún en la escala de éxitos norteamericanos. Con los dos ojos puestos en aquellos premios y esos saldos de boletería, los sellos productores de Hollywood comenzaron a proyectar nuevos espectáculos musicales, demostrando que es el momento de aprovechar el auge y subirse al carro.

Se sabe por ejemplo que Steven Spielberg ya puso los ojos sobre Sweeney Todd, un musical que se había estrenado en Broadway en 1979. Su empresa Dreamworks producirá ese despliegue que exige reconstruir el Londres del pasado, donde un peluquero enloquecido comete una hilera de asesinatos y recibe la ayuda de una repostera igualmente alucinada que hornea los restos de esas víctimas. Las canciones de Steven Sondheim abastecerán una película de alto costo que podría dirigir Sam Mendes, el consagrado y juvenil realizador de Belleza americana. En el caso se repetiría lo que sucedió con Chicago, cuyo aterrizaje en el cine tuvo lugar 25 años después de su éxito inicial en teatro. Más vale tarde que nunca, dirán los sabuesos de Hollywood, que también proyectan adaptar otra opereta de éxito, Pippin, sobre los Carolingios en la Francia medieval, que hace décadas había tenido una apoteosis en salas neoyorquinas con puesta de Bob Fosse.

EL FUTURO. Hay más planes en la materia. Uno de ellos será la remake de una vieja parodia del género: Damn Yankees, donde se bromea sobre el pacto fáustico trasladándolo al ambiente deportivo, para que un aficionado ya viejo comercie con el diablo y se transforme en un joven campeón capaz de ganar partidos para su cuadro. De hecho, ese título estrenado en Broadway en 1955, con coreografías de Fosse, ya había pasado al cine en 1958 (El hombre que vendió su alma, dir. George Abbott y Stanley Donen) con gran parte del elenco teatral, pero ahora volverá (financiada por Miramax, el mismo sello de Chicago) con mayores desplantes visuales y sonoros, como corresponde a esta época de Godzillas y Titanics. Otro proyecto: volver a filmar Ellos y ellas, que en 1955 había dirigido Joseph L. Mankiewicz y marcó el publicitado ingreso de Marlon Brando al género musical.

Todo ello indica que el canto y el baile están dispuestos a recuperar el terreno que habían perdido en el cine norteamericano, una industria que en el pasado supo ser musical como ninguna otra desde que se implantó el sonoro. La película de 1927 que ha quedado como la fundadora simbólica del cine sonoro, El cantor de jazz, era en rigor un film mudo en cuya banda de sonido sólo surgían las canciones de Al Jolson. A partir de 1929, con el Oscar a La melodía de Broadway (dir. Harry Beaumont, con Bessie Love, canciones de Arthur Freed) como mejor película del año, la presencia del género musical se afianzaría hasta dominar todo un sector de la producción hollywoodense y del apego de los públicos, con desembolsos y resplandores cada vez mayores a medida que incorporaba grandes cuadrillas de bailarines, enormes coros, escenografías complicadas, color y —más tarde— pantalla ancha o sonido estereofónico.

EL PASADO. Viejos aficionados al género sabrán hilvanar algunos recuerdos fundamentales del cine musical.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar