Un artista múltiple, político y popular

| Fue un creador muy personal, capaz de poner en diálogo a los Beatles con Bertolt Brecht

CARLOS REYES

Ayer a media tarde fue sepultado en el Cementerio del Buceo el actor, músico y director teatral Horacio Buscaglia, quien falleció a causa de un cáncer de colon que lo había sumido en una larga enfermedad, que él supo enfrentar con entereza e incluso con humor. "Uno no sólo es un hueso duro de roer sino que además hace tiempo que tomé la decisión de que me voy a ir cuando yo lo decida y no cuando a cualquier vieja huesuda, venga en la forma en que venga, se le ocurra darme el guadañazo", había sentenciado con su infaltable ironía.

A los 62 años de edad, se cerraba así una carrera artística de fuerte incidencia en la cultura uruguaya, a la que marcó con su estilo desenfadado, que volcó indistintamente en los escenarios de teatro, música y carnaval. Sus creaciones junto a Eduardo Mateo, escribiendo para niños y adultos, marcaron hitos en la música nacional, como Príncipe azul, un verdadero himno infantil.

Nacido en Montevideo en 1943, hizo sus primeras armas artísticas como baterista. Fue así que llegó al teatro, cuando hacia 1969 el músico y actor Enrique Almada lo acercó a Club de Teatro, donde lució su habilidad con el redoblante. Por esa vía fue descubriendo los distintos rubros escénicos, hasta debutar como actor en 1974 con Woyzeck, junto a Héctor Manuel Vidal. Un año después hizo sus famosas Canciones para no dormir la siesta, donde aunando su gusto por la música y el teatro transitaba por temas y formas del carnaval y el canto popular.

Un sentido intuitivo de la creación escénica lo llevó a trabajar influido por artistas de diversas áreas y épocas, siendo sus mayores referentes Brecht, Los Beatles y el cine europeo de los años ’60. Sobre esa base edificó espectáculos muy personales, generalmente adaptaciones propias, donde ponía en diálogo al autor de Alicia en el país de las maravillas con el cuarteto de Liverpool (Eleanor Rigby, en el Teatro Circular), o llevaba a las tablas versiones insólitas de Ray Bradbury, Shakespeare o Sóflocles. Sobre este último autor montó una original Antígona, poblando el escenario mayor de El Galpón de televisores que ocuparon el lugar del coro en la tragedia griega.

Más allá de su vínculo con el teatro —intermitente, aunque continuo—, sus diversos aportes a la cultura uruguaya se dieron en los más variados ámbitos, que van desde sus trabajos actorales para la publicidad televisiva hasta su veta de creativo publicitario, por la que fue contratado por la Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia, cargo que desempeñaba desde el año pasado. También su labor como columnista en la prensa escrita dejó huella, así como sus trabajos de conducción en programas televisivos.

Entre sus últimos logros artísticos cabe destacar su participación junto a la Comedia Nacional en Las mil y una noches y su versión en El Galpón de Historia de Cronopios y de Famas, sobre el magistral texto de Cortázar. Su última presentación artística, sin embargo, fue en un proyecto mucho menos sonado, cuando el 29 de noviembre último participó con el equipo de radioteatro del Sodre de una fonoplatea montada con mucha sencillez en el atrio de la Intendencia. Allí, interpretando el papel de El Tigre, de la obra homónima de Javier de Viana, vivió sus últimos momentos de felicidad compartida con el público.

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