JORGE ABBONDANZA
En diciembre de 1937 la ciudad de Nankin, que era entonces la capital de China, fue tomada por tropas japonesas. El episodio culminaba la ocupación de ese país por la potencia vecina. Pero en Nankin los invasores resolvieron hacer una demostración de fuerza capaz de doblegar la resistencia china y cometieron una masacre donde murieron 200.000 personas. Fue una de las peores atrocidades bélicas del siglo, digna de figurar junto a carnicerías previas patrocinadas por Stalin y a las matanzas de civiles que poco después se emprenderían en la Segunda Guerra Mundial.
La masacre de Nankin, que hasta ahora era recordada por quienes se interesan en la historia contemporánea, tendrá una mayor divulgación porque el 11 de diciembre se estrenó en China (y el 21 en Estados Unidos) una superproducción titulada Las flores de la guerra, que con un presupuesto de 90 millones de dólares es la película más cara de todo el cine chino y recrea aquellos horrores de la conquista de una ciudad. La película fue dirigida por el notable Zhang Yimou, el más celebrado realizador de su país, que a los 60 años decidió adaptar una novela de su compatriota Yan Geling (Las 13 mártires de Nankin) que cuenta esa tragedia desde la perspectiva de una niña de 13 años.
Tal como lo muestra Yimou en la pantalla, el tema tiene su centro en la catedral católica de Nankin, donde se refugian varias muchachas de un colegio religioso y algunas prostitutas. Serán auxiliadas por un norteamericano bohemio y borrachín, interpretado por Christian Bale, que aparece como uno de los pocos occidentales (mayormente misioneros y empresarios) que enfrentaron en la ciudad la llegada de los japoneses. El relato, tal como está planteado, implicaba algunos riesgos ante las autoridades chinas, que siempre aluden al episodio de Nankin con extrema cautela, para no indisponerse con Japón. De cualquier manera, Yimou se atrevió a hacerlo, manteniendo su vieja tendencia a tratar historias del pasado (Ju Dou, Esposas y concubinas), una de las cuales había sido prohibida por la censura china en 1989. En esa trayectoria, el director se ha destacado por la gran calidad visual de sus trabajos.
En el caso de Las flores de la guerra, incurrió en otras audacias "políticamente incorrectas", entre ellas la de presentar a un oficial nacionalista (es decir, anticomunista) como "un patriota abnegado" y a un oficial japonés como un hombre de ideas humanitarias que impide a sus tropas saquear el templo donde se cobijan las mujeres. Como dijo Yimou en declaraciones recientes, lidiar con la censura oficial es "un juego del gato y el ratón", que obliga a desplegar astucias para eludir los rigurosos controles. La película salió del paso y competirá por el Oscar a mejor film en idioma extranjero.