En 2018, el bailarín argentino Iñaki Urlezaga se bajó de los escenarios tras una carrera de tres décadas en algunos de los teatros más importantes del mundo. No pensaba volver. Pero El último aplauso, el espectáculo que concibió y dirigió que llegará el 29 de agosto al Auditorio Adela Reta, terminó cambiando esos planes.
La obra, con música de Sergei Rachmaninov describe la despedida de una bailarina mientras aborda con sensibilidad y poesía la conexión íntima y cercana con su mentor, coreógrafo y director. Ese rol recae en Urlezaga.
El bailarín y coreógrafo llegó a Uruguay para una gira de prensa que define como “una montaña rusa” que disfruta.
“En este caso estoy estrenando un espectáculo nuevo, así que todo es un supuesto, porque el público no lo conoce. Siempre tenés la ansiedad y adrenalina, porque el escenario es andar por la cornisa. No sé si es para todo el mundo, pero a mí me gusta eso”, dice el bailarín luego de un día repleto de entrevistas y visitas a canales de televisión.
Sobre el volver a subirse a los escenarios, la autoexigencia y su vida marcada por la danza, el bailarín charló con El País.
—Desde siempre la danza estuvo contigo. Empezaste a estudiar con tres años, ¿nunca hubo “plan B” para tu futuro?
—Para mí, no. En mi familia había “Plan B”, “C” y “D”. Querían que hiciera todas las carreras de las facultades. Pero no pasé por ninguna, porque estaba seguro de esto. Tal vez es fuerte decirlo, pero no tengo conciencia antes de la danza. No tengo recuerdos antes del baile. Es raro, es una vida muy distinta. Lo mío era bailar, y mirá que soy curioso. Me gusta mucho la literatura, viajar, la espiritualidad, muchas disciplinas humanísticas; hay muchas cosas que me gustan por fuera de la danza. La arquitectura me encanta, y me nutro de muchas cosas porque vivo en constante aprendizaje. Pero sin algo de la danza, nunca me vi. Creo que me lo debo para otra vida. Espero que toda esta locura se agote, se sublime en esta. Igual, es muy linda la profesión, es hermosa.
—Y tiene un diferencial con otras carreras: tenés la respuesta del público en el momento.
—Sí, porque tenés miles de personas delante de ti. Es imposible que eso no genere una reacción. El año pasado alguien me dijo que cuando se abrió el telón pensó que no le iba a gustar, y que terminó siendo un espectáculo muy distinto a lo que imaginaba. Eso se lo tomé a Antonio Gasalla: el espectáculo y el teatro es un acto de fe, porque vos compras una entrada sin saber qué vas a ver. Pero hay una cercanía, una fidelidad y un amor con el artista que te lleva a confiar.
—En El último aplauso estás en un doble rol, porque además de dirigirlo, es tu regreso al escenario. ¿Cómo se sintió la vuelta después de ocho años?
—¿Sabes lo que más me gusta? Que no me lo planteaba, ni busqué la oportunidad. No estaba en mí volver. Cuando se armó este espectáculo, sobre un coreógrafo que arma un espectáculo para una bailarina que se despide, pensé: si le tengo que enseñar a un actor, o a un bailarín, la gestualidad que un coreógrafo tiene y toda esa estructura artística, lo puedo hacer yo. No es algo que me es ajeno. O sea que sucedió por añadidura. Porque ya estaba buscando quién podía componer este personaje.
—¿Así que no estaba rondando la idea de hacerlo?
—En mi cabeza, no. Porque ya me jubilé, ya me bajé de los escenarios. Que siga otro con la posta.
—¿Y cómo fue tu proceso para bajar de los escenarios? Imagino que fue muy pensado y meditado.
—Sí, fueron varios años de irlo meditando. Pero en general es algo que pasa con el bailarín. Te decís, creo que este es el último Giselle, el último Quijote. Te vas empezando a despedir de los roles. Además de la intuición, te vas armando una estructura mental, de decir esto se está terminando, y a poquito empiezo a soltar. Porque si no es el abismo es muy fuerte.
—Y siempre es preferible irse cuando todavía estás bien.
—Sí, cuando estás en la gloria, antes que te echen. ¿Sabes lo que pasa? Todo el respeto y el amor que construís, con un mínimo detalle, un espectáculo donde no estés a ese nivel, defraudás 30 años de vínculo. Ya no digo trayectoria, porque uno construye un vínculo con el otro. En mi caso, en base al amor y al respeto. Y si del otro lado se ve que ya no le ofreces eso, se rompe algo. Y pasa como el cristal, que lo pegás pero se ve el resquebrajamiento. Eso sucede.
—Este espectáculo es un poco un homenaje a esos años de vínculo con el público.
—Sí, esta obra es un poco un homenaje a la carrera, a lo que la persona vive, a lo que transmuta con su esencia, el dolor de lo que es despedirse de algo porque ve que no puede más. Y lo hace con total valentía, cariño y amor, pero, no implica que no duela.
—¿Este regreso, entonces, es una celebración, una necesidad, una conversación pendiente con el escenario?
—No, porque no estaba esperando volver. Es una alegría volver así, inesperadamente. Cuando vi pasar la oportunidad, me dije: ¿por qué no? Si lo puedo hacer bien. Me subí a la oportunidad que me dio este hermoso espectáculo que habla de las personas, de la humanidad de los artistas, del amor y los conflictos que generan construir una carrera para después, como a cualquier otro, despedirla. También la soledad que implica que se apague la luz y reconocerte como persona y no como artista. Es una obra muy emotiva sobre la profesión.
—El espectáculo habla de esa revelación casi invisible entre el artista y su mentor. ¿Tuviste un vínculo así de fuerte en tu carrera?
—Mi tía me formó, y muy bien. Después el repertorio inglés que yo bailé, lo tengo sellado a fuego. Lo más hermoso que mamé como artista es la integración de lo interdisciplinario que es mi trabajo. Es muy colectivo y no sé si eso se premia o si se entiende lo complicado que es que todas las disciplinas estén al mismo nivel de excelencia.
—Fuiste un artista que combinó la excelencia del ballet clásico con lo popular.
—Es que la danza tendría que llegar a todos, porque es cultura. Si no nos convertiríamos en bestias.
—Pero el ballet ha estado asociado a ciertas elites.
—Si la educación es pública, ¿por qué no la cultura? No tiene razón de ser. Todo el mundo está capacitado para entrar a un teatro, no solo para las pocas familias que dominan el mundo. Porque las artes no están hechas para ser evidenciadas entre cuatro intelectuales. Yo no lo vivo así.
—¿Qué tan exigente sos contigo mismo?
—Soy muy exigente, y lo digo con una sonrisa. Feliz de ser exigente, porque eso hace la excelencia. No creo en la excelencia sin exigencia. No creo que sea posible, y mi experiencia no me lo ha demostrado.