GUILLERMO ZAPIOLA
Había pocos problemas en la educación, y ahora los profesores de literatura van a tener uno más. Van a preguntarles si lo que cuenta sobre Shakespeare el film "Anónimo" de Roland Emmerich tiene algo que ver con la realidad.
Salvo mejor evidencia en contrario (que nadie ha mostrado), la respuesta debe ser un rotundo "no". Ello no impide por cierto que el film, que se estrena el viernes 30, resulte vistoso, bien contado y sumamente entretenido. Si se lo toma como "fantasía histórica" (género al que pertenecen, por ejemplo, novelas como Ivanhoe de Walter Scott o Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas) resulta por cierto muy llevadero. Si lo que se busca en cambio es la "realidad" acerca de Shakespeare, contiene casi tanta como la que hay en El código Da Vinci sobre los amores de Jesús con María Magdalena.
Recordemos que la especialidad del alemán Emmerich es la ciencia ficción. Es el hombre que nos proporcionó los viajes dimensionales de Stargate, la invasión extraterrestre de Día de la independencia, los futuros apocalípticos de El día después de mañana y 2012, y la pintoresca visión del neolítico de 10.000 A.C., donde cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia (dicho sea de paso, en momentos en que todo el mundo está hablando de calentamiento global, la catástrofe de El día después de mañana llegaba porque el mundo se enfriaba. Muy profético).
Varias de las preferencias del director asoman en Anónimo. La película arranca como "cine catástrofe" (el dramaturgo Ben Jonson salva a duras penas los manuscritos atribuidos a Shakespeare del incendio del Teatro Globe) y apela luego, reiteradamente, a efectos por computadora para proporcionar una vistosa y casi siempre persuasiva recreación del Londres isabelino.
La historia que se instala en ese escenario va a contar con la aprobación de una minoría de eruditos británicos y la desconfianza de un número mucho mayor de especialistas. Ciertamente es entretenida: incluye intriga política, romance, sexo, crimen, suplantación de personalidades y melodramáticas
revelaciones finales acerca de inesperados parentescos. La película cuenta también con el respaldo de un elenco interesante: Rhys Ifans como Edward de Vere, conde de Oxford (el presunto "verdadero autor" de las obras de Shakespeare), Vanessa Redgrave como la reina Isabel (su hija Joely Richardson encarna al personaje en su juventud), Sebastián Armesto como Ben Jonson, David Thewlis como el ministro William Cecil, y hasta el gran Derek Jacobi como una suerte de "presentador" en tiempo contemporáneo.
Si se le cree a la película, el autor de las 37 piezas teatrales, 154 sonetos y varios poemas épicos que han pasado a la historia con la firma de William Shakespeare no fueron escritos por el actor William Shakespeare, nacido en Stratford-upon Avon en 1564, muerto en ese mismo pueblo en 1616, sino por el conde de Oxford, que debió ocultar su identidad por razones políticas y familiares. La teoría no es un invento de Roland Emmerich y su ingenioso libretista John Orloff: fue formulada por primera vez por el erudito J. Thomas Looney en 1920, y ha sido discutida desde entonces.
De hecho, de Vere no fue el primer candidato para ser Shakespeare en lugar de Shakespeare. Teorías precedentes han atribuido las obras del creador de Hamlet y Rey Lear a Francis Bacon, a Ben Jonson y algunos otros. Casi todas esas alternativas han caído en el descrédito con el correr del tiempo, pero la "versión De Vere" ha probado ser más duradera. Incluso se ha creado una agrupación de eruditos, la Shakespeare-Oxford Society, para defender la tesis.
El argumento favorito de esos revisionistas es que el Shakespeare de Stratford no pudo poseer la cultura y el conocimiento del mundo que revela en sus obras, y que en cambio de Vere era un hombre refinado, viajero frecuente a Italia y otros países europeos en los cuales el dramaturgo de la "historia oficial" nunca estuvo. También han examinado cuidadosamente la biografía del conde e intentado encontrar en ella semejanzas con las anécdotas de Shakespeare.
Contra esos "Oxfordianos", los "Stratfordianos" (los que creen que Shakespeare fue Shakespeare) han esgrimido una considerable artillería. Objetan la cuota de elitismo de la idea de que un hombre "proveniente de la chusma" no podría alcanzar las cimas del genio. Tampoco Christopher Marlowe nació en el seno de una familia ilustre (era hijo de un zapatero), y la lista de grandes literatos de origen humilde abarca desde Dickens a Truman Capote. Tampoco son de recibo, señalan, los paralelismos biográficos: De Vere pudo tener (como Lear) tres hijas, pero ese y muchos otros datos de las obras de Shakespeare provienen de historias previas a ambos escritores. Un último argumento: Shakespeare escribía con frecuencia en función de los actores de que disponía en el momento. Eso lo hace un hombre de teatro, no un noble en su castillo.
El profesor Alan H. Nelson, de la Universidad de Berkeley, autor de una biografía del conde de Oxford, sostiene sin dudarlo un instante que éste no pudo haber escrito ninguna de las obras o poemas de Shakespeare. "Su propia poesía era tan mediocre, que incluso sus defensores la descartan como sus ´obras de juventud´, a pesar de que uno de sus poemas fue claramente escrito después de haber cumplido los 21 años", señala. Otro dato decisivo es que de Vere murió en 1604, y Shakespeare continuó escribiendo al menos hasta 1611.
"No hay ninguna evidencia que conecte las obras de Shakespeare con De Vere. Ninguna", sostiene otro erudito, Eric Rasmussen. "Y hay abundantes evidencias que conectan a Shakespeare con las obras: su firma en escrituras e hipotecas, su nombre en los documentos de la compañía teatral cuando registraban los textos de las obras, los trabajos de otros escritores de la época que vinculaban a Shakespeare con sus creaciones. La idea de que todo esto es una conspiración elaborada, en la que aparentemente cientos de personas participaron, es absurda".
Por supuesto Michael Egan, miembro de la Shakespeare-Oxford Society, que sostiene la "tesis de Vere", tiene una mirada totalmente distinta acerca de la historicidad de la película. "La he visto dos veces. Es excelente", afirma. Otros reconocen que se divirtieron, pero la toman menos en serio.