Fue uno de los grandes éxitos de la televisión de los 70 y Netflix lo actualizó puliendo sus temas polémicos

"La casa de la pradera" es una revisión de "La familia Ingalls" sobre una familia de pioneros estadounidenses; la novela original ha sido criticada por su mirada racista

La casa de la pradera
La casa de la pradera de Netflix

Al igual que la familia Ingalls, siempre de un lado para otro, La casa de la pradera ha recorrido un largo camino en los últimos años. El nombre de la autora de los libros, Laura Ingalls Wilder, fue retirado en 2018 de un premio de literatura infantil debido a sus representaciones de los personajes indígenas como «salvajes», y sus novelas semiautobiográficas sobre la vida en la frontera estuvieron entre las obras reexaminadas por sus estereotipos raciales tras el asesinato de George Floyd en 2020. Desde la derecha política, apenas Netflix anunció una nueva adaptación, la podcaster estadounidense Megyn Kelly advirtió a la plataforma que no la “wokeificara”.

La serie de NBC emitida entre 1974 y 1983 —en Uruguay fue La familia Ingalls— ya había actualizado la historia de Wilder con tramas sobre racismo, misoginia, antisemitismo, violencia sexual y otros conflictos sociales. En cualquier caso, la nueva La casa de la pradera, ya disponible en Netflix, llega cargada de equipaje cultural. Entre él figuran la moda de las fantasías regresivas de las esposas tradicionales, la mitificación del Oeste impulsada por Taylor Sheridan y los debates alrededor de los 250 años de Estados Unidos sobre qué significó realmente conquistar el país y si amerita reconocerlo.

Creada por Rebecca Sonnenshine, la serie es más o menos la que cabría esperar, aunque probablemente no la que hubieran querido los guerreros culturales como Kelly. Es una historia enérgica y entrañable de aventuras y penurias que amplía la mirada para incluir a quienes vivían en la pradera mucho antes de que los Ingalls y otros colonos llegaran a establecerse allí.

Con un tono apenas más cercano al sello Hallmark y ligeramente menos idealizado que la versión de NBC, esta nueva La casa de la pradera termina siendo otra propiedad intelectual reciclada cuya principal singularidad proviene del terreno cultural en el que desembarca.

Detrás de esa nueva adaptación también hay una vieja disputa. En 2020, Joy Gorman Wettels, entonces ejecutiva de Anonymous Content, fue una de los 12 productores que compitieron por los derechos cuando Friendly Family Productions -que controla celosamente la propiedad intelectual- hizo saber en Hollywood que buscaba una nueva versión. La familia Friendly conserva esos derechos desde 1972, cuando el productor Ed Friendly los adquirió y desarrolló la serie de NBC.

Ingalls: ha sido una de las familias más populares de la tele. Foto: Difusión

Para sus herederos, el proyecto representaba la oportunidad de corregir lo que consideraban una injusticia de décadas: NBC apartó a Friendly de la serie original tras sus enfrentamientos con Michael Landon, la estrella. Friendly quería una adaptación fiel que pusiera en primer plano la pobreza rural y las constantes migraciones de la familia Ingalls en busca de una vida mejor. Landon prefería el sentimentalismo —música grandilocuente y primeros planos lacrimógenos— y las lecciones morales, con Pa implorando la ayuda de Dios en medio de un campo y obteniendo siempre respuesta. Incluso se negó a dejarse la barba que Friendly consideraba esencial para el personaje.

Fiel a la novela publicada en 1935 —la tercera de la serie de nueve libros de Wilder—, Charles (Luke Bracey) y Caroline Ingalls (Crosby Fitzgerald), junto con sus hijas Laura (Alice Halsey) y Mary (Skywalker Hughes), abandonan Wisconsin rumbo al entonces llamado Territorio Indio. En el camino enfrentan ríos embravecidos, incendios forestales, estafadores y lobos mientras buscan prosperidad y más espacio para vivir, ya que, según Pa, Wisconsin se había vuelto demasiado urbanizada.

Laura vuelve a ocupar el centro de la historia. Halsey le imprime una energía indómita desde su primera aparición, cuando apunta con una honda a un conejo. Charles conserva el buen humor y el violín, aunque reemplaza la imagen soleada y afeitada de Landon por un aspecto más austero y una barba prolijamente recortada. Mary sigue siendo el contrapunto obediente de su hermana, mientras Caroline adquiere una personalidad mucho más decidida y expresiva.

La dinámica familiar continúa siendo el principal atractivo de la historia: unos padres y sus hijas enfrentados a mudanzas, tiempos difíciles, dilemas morales y a las múltiples maneras en que la naturaleza puede acabar con ellos: ahogarse, los lobos, las enfermedades, los incendios forestales o el “mal aire” en el fondo de un pozo.

Los cambios aparecen alrededor de los Ingalls. El primero es el doctor George Tann (Jocko Sims), un médico afroamericano que en la novela de Wilder apenas despertaba la fascinación de Laura. (“Era tan, tan negro”», escribe Wilder. “Le habría dado miedo si no le hubiera caído tan bien»). También aparece Emily Henderson (Barrett Doss), una mujer negra que administra el almacén general de la cercana Independence, Kansas.

La incorporación más importante, sin embargo, es una familia osage vecina que funciona como contrapunto de los Ingalls. William Mitchell (Meegwun Fairbrother), que entabla amistad con Charles, acepta resignadamente la llegada de los colonos blancos, aunque espera poder construir su propio hogar entre ellos; su esposa, White Sun (Alyssa Wapanatâhk), desconfía mucho más de esa convivencia. Su hija, Good Eagle (Wren Zhawenim Gotts), se hace amiga de Laura desde el primer encuentro. Las dos familias terminan entrelazando sus destinos mientras la expansión hacia el Oeste enfrenta a sus pueblos.

Las diferencias con las versiones anteriores se hacen especialmente evidentes en una escena tomada de la novela. Dos osage llegan sin anunciarse a la cabaña de los Ingalls mientras Charles está ausente y se llevan comida y tabaco. El episodio piloto de NBC, de 1974, convertía el momento en una escena de amenaza y tensión, aunque mostraba cierta empatía hacia el despojo sufrido por los pueblos indígenas.

Aquí ocurre lo contrario. Laura -que en la novela quiere soltar a su perro para atacarlos- los saluda cordialmente y les ofrece pan. Caroline, todavía marcada por la violencia que presenció entre indígenas y colonos en Minnesota, simplemente les dice: “Llévense lo que quieran y váyanse”.

Discutir si esta adaptación es “fiel” al original termina siendo una pregunta estéril. ¿Fiel a qué? Los libros de Wilder eran ficción, aunque inspirada en su infancia. Y la serie de NBC ni siquiera adaptó La casa de la pradera más allá del episodio piloto de larga duración; luego continuó la historia con A orillas del Plum Creek.

La relación con la nostalgia es todavía más compleja cuando una producción de la década de 2020 revisita una adaptación de los años setenta basada en una novela infantil escrita en los años treinta y ambientada en el siglo XIX. Son recuerdos de recuerdos de recuerdos. Pero la historia, una vez convertida en ficción, siempre termina hablando del presente. En base a The New York Times

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