Riesgos de elegir

En la Academia de Hollywood hay 5.765 socios, cuyo promedio de edad es de 62 años. Todos ellos tienen derecho a votar para el Oscar, y eso explica muchas cosas ocurridas en las 84 ediciones que el premio lleva hasta la fecha. El Oscar no es una recompensa a la calidad, como es en cambio el fallo de los festivales a cargo de un jurado de especialistas, sino un reconocimiento a los logros de la industria, la misma que inventó el trofeo.

Pueden discutirse sin embargo sus olvidos y omisiones, que no revisten gravedad si se considera lo dicho anteriormente, aunque parecen indeseables cuando se sabe que mucha gente confunde a los ganadores del Oscar con los mejores de su especie. A veces -por azar- lo son, pero otras veces están lejos de serlo, de manera que esa confusión casi nunca se aclara. El domingo pasado pudo celebrarse que la Academia votara a El artista como la mejor película del año y hasta pudo aceptarse que su realizador Michel Hazanavicius fuera declarado mejor director, aunque dejaba perplejo que por ejemplo George Clooney no figurara entre los cinco candidatos en esa categoría por Secretos de Estado. Porque no solo ese alegato político era valioso en más de un sentido, sino que la dirección de Clooney tenía abundantes riquezas de observación y de sobreentendido.

Pero Secretos de Estado no apareció tampoco entre las diez candidatas a mejor película, aunque en ese rubro (y en el de directores) compitió en cambio un ejercicio menor y convencional como Los descendientes, quizá por su generosa emotividad. De hecho, Secretos de Estado solo figuró entre postulantes a mejor guión adaptado (donde perdió ante Los descendientes) demostrando que los 5.765 electores no están interesados en explorar entretelones de la política norteamericana. Tampoco lo estaban sus abuelos 70 años antes, cuando El ciudadano de Orson Welles solo obtuvo un Oscar por su guión, aunque el paso del tiempo demostraría luego que era una obra maestra.

Curiosamente -o no tanto- Secretos de Estado fue ahora salteada en múltiples renglones, incluida la ausencia de dos estupendos actores (Ryan Gosling, Philip S. Hoffman) en las respectivas categorías, aunque también fue omitida toda mención a la filigrana de su montaje, un rubro donde en cambio figuró Los descendientes. Ahí pueden adivinarse los gustos y las fobias de los votantes, vecinos de la tercera edad y poco amigos de las propuestas políticamente incorrectas. Todo eso pasa empero a segundo plano cuando se entiende que el Oscar es el festejo de una marca y no la consagración del buen cine.

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