Recuerdos críticos y tiempos remotos

Jorge Abbondanza

El notable colega argentino Ernesto Schoo, que ha ejercido durante décadas la crítica teatral y actualmente publica una columna semanal en el diario La Nación, escribió hace unos días sobre las condiciones que habilitan a alguien para convertirse en crítico, y entre otras cosas dijo: "Yo sostengo que un requisito indispensable para ejercer la crítica, más que todas las postulaciones teóricas, es haber sido un espectador asiduo". La afirmación no sólo resulta atinada sino también incuestionable, y quien se dedique a este oficio sabe hasta qué punto es decisiva esa frecuentación constante y tenaz, por lo menos en las etapas de formación de una carrera periodística dedicada al teatro, al cine, a la música, a las artes plásticas o a la danza.

Cuando este cronista recuerda los primeros tiempos de su ejercicio de la crítica, se siente agradecido con el entusiasmo juvenil, el interés inagotable y la curiosidad que lo empujaron a ver cine (y luego teatro) con la intensidad que mantuvo durante largos años. En aquella época, que fue la década del 50, las salas montevideanas estrenaban los lunes y las funciones comenzaban a mediodía, lo cual permitía a este crítico ver una película a primera hora, antes de entrar a su trabajo en un estudio jurídico. Al salir de allí veía otras tres películas en las últimas funciones, régimen que repetía puntualmente los martes, dejando para el miércoles algún otro estreno que hubiera desbordado ese calendario. No se le escapaba casi nada, lo cual a la distancia parece una epopeya, teniendo en cuenta el ritmo diluvial con que se programaba cine en aquel Montevideo de salas llenas y más de 500 estrenos por año.

Pocas ciudades en el mundo podían competir en ese momento con la cartelera montevideana, a salvo de la censura que aquejaba a otras capitales hemisféricas y también a salvo del doblaje, mientras la considerable cultura cinematográfica del público animaba a los distribuidores a traer un material de aceptación difícil (como el cine polaco, húngaro, japonés o indio) que se exhibía junto al torrente de estrenos norteamericanos, franceses, italianos, británicos, alemanes o suecos, sin olvidar los títulos de habla hispana (argentinos, españoles, mexicanos). En ese sentido (y también en otros) Montevideo era una fiesta abastecida por cien salas, desde las de estreno hasta las de cruce y las de barrio. En 1953, y en esta ciudad que tenía la mitad de los habitantes actuales, se vendieron más de 19 millones de entradas al cine, unas 52.000 por día, de manera que el cronista no estaba solo en la platea.

Ahora está convencido de que únicamente con esa devoción pueden llegar a manejarse los puntos de referencia necesarios en esta tarea, mientras la experiencia permitía ir afinando el ojo para que al publicar una nota su opinión le resultara útil al lector. Qué tiempos aquellos.

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