Miguel Carbajal
No sólo no se fueron todos: quedaron todos y vinieron algunos. La puja por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires parece ideada por el Príncipe de Lampedusa. Desacreditados ante la opinión pública, marginados de la calle y de los acontecimientos públicos, acorralados en los bares o en los restoranes, los integrantes de la clase política que condujo a la Argentina a la peor crisis de su historia vuelven por más. Nadie los quiere pero al final algunos los votan y ese panorama parcial los valida. Actuaron igual que los empresarios, que los sindicalistas, que los dueños de la patria financiera pero están expuestos al juicio del voto y deben acomodarse a su juego. El próximo partido, se anuncia, será en cancha embarrada.
La vida ha sido generosa con Aníbal Ibarra. Hijo de un exiliado político paraguayo que se refugió en Buenos Aires en 1947 al fracasar un alzamiento contra el dictador Higinio Morinigo, Ibarra pasó en sus épocas estudiantiles por las clásicas organizaciones de izquierda, cautivó a Chacho Alvarez cuando se organizó el Frepaso y resultó elegido vicejefe de gobierno con un radical como jefe. Cuando de la Rúa conquistó la Presidencia, Ibarra quedó solo, le ganó una pulseada a Domingo Cavallo en las elecciones del 2000 y desde entonces anda en la vuelta: inoperante, solitario, pintún, bueno para nada dicen sus rivales. Su obra como gobernante es inexistente: dos docenas de escuelas inauguradas, cinco kilómetros de "metro", el haber sobrevivido a la crisis sin que la Municipalidad cayera en default y muchas cicatrices. El lo reconoce. En otro momento, sin partido detrás, ya sería un cadáver político. Sus enemigos y un imprevisto aliado lo han vigorizado.
La candidatura de Mauricio Macri sólo es viable en la Argentina: es como si acá un Peirano resolviese pisar la arena pública. Su familia pasó de media docena de empresas a más de cuarenta durante la Dictadura, aprovechó como pocas la bendición del menemismo y tiene problemas con la Justicia. El padre, Franco Macri sigue procesado en varias causas aunque no privado de su libertad y el público lo recuerda ante todo por su mancebía con Flavia Palmiero. Su hijo, Mauricio, estuvo también bajo proceso en una causa de la que la polémica Corte Suprema lo sobreseyó. Alega que hace por lo menos 7 años que se desligó de los negocios paternos pero Patricia Bullrich, también candidata, sostiene que hizo gestiones en el 2001 por la empresa familiar cuando ella era Ministra de Trabajo. Su carta vendedora es ser Presidente de Boca aunque se lleva mal con los jugadores y con el virrey Bianchi. Lo apoya una entelequia. Y arrastra el lastre de su menemismo. Pero en la Argentina nada es definitivo ni importa del todo. Empresario supuestamente exitoso (el pasado turbio no cuenta), casado con una belleza local, bon vivant, lo respalda la conducción porteña del peronismo y cierta parte de los radicales. Tiene en contra al Presidente Kirchner que intenta blanquear con su prestigio poselectoral la magra actuación de Ibarra, de pronto su amigo. En el fondo otra vez se enfrentarán Kirchner y Duhalde ahora abiertamente uno desde el poder, el otro desde el aparato.
La tercera en discordia es Patricia Bullrich Luro Pueyrredón una mujer de antecedentes ajetreados y tronco familiar rancio. Para encontrar un equivalente a nivel oriental alguien debería llamarse María 18 de Julio de 19 de Abril de Boulevard Artigas. La señora ha sido de todo en su vida: ex montonera, cuñada de Galimberti, exiliada en París, conectada a su regreso con sectores extremos del Partido Justicialista, en poco tiempo cambió de rumbo y se conectó a los sectores más moderados. Resultó diputada nacional por el PJ pero nunca simpatizó con Menem, es justicia destacarlo; se relacionó después con Cavallo, actual mala palabra, fue ministra de la Rúa y actualmente está con López Murphy. Ni siquiera Rodríguez Camusso dio tantas volteretas en su vida. En Argentina le llaman tener cintura. O saltear vallas. Jamás oportunismo. El país del se vayan todos perdona a casi todos. Y profesionalmente Patricia no tiene una carrera virtual como Ibarra, o del todo inventada como Macri. Si cambió de sendas por un problema de maduración el único problema es que madura demasiado rápido y demasiadas veces, pero parece eficiente. Lo que es decir mucho cuando se habla de sus dos contrincantes.
Ibarra sería una hoja en la tormenta si Kirchner no hubiera aceptado sus coqueteos y lo hubiese visualizado como un factor de oposición a Macri. Alguien desligado de un Justicialismo al que Kirchner intenta armar sobre nuevas bases. El viejo está en manos de Duhalde. El setentismo y el peronismo ortodoxo se pelearán por Buenos Aires. Ambos dependen del actual Presidente y su antiguo padrino, ahora en tiendas opuestas. ¿Un voluntarista fogueado en la Patagonia está capacitado para oponerse al rey de las anguilas? Se supone que le sobra costa pero le faltan anzuelos. Y en el medio sobrenadan Ibarra y Macri, dos pescados resucitados.