Otro estimulante premio

| El logro de la película de Guillermo Casanova llega en un momento muy crítico para el cine uruguayo

HENRY SEGURA

Era casi inimaginable que El viaje hacia el mar ganara un premio tan importante como el Colón de Oro en Huelva, tal como ocurrió el sábado pasado. No por la modestia de su producción, porque de este tipo de propuestas los españoles que participan del festival ubicado en las proximidades del Puerto de Palos están habituados. Esa ya veterana reunión anual del cine de habla española y portuguesa incluso ya galardonó a otra película uruguaya: En la puta vida de Beatriz Flores Silva.

Pero en el caso del film de Guillermo Casanova se unía otro factor: ese paisaje humano que él rescata con tanto cariño es tan chiquitito y frágil que parece intransferiblemente uruguayo. Razonando por la negativa, parecía que su entendimiento con el público quedaba limitado a aquellos que tuvieran familiaridad con ese imaginario rural pre-televisión, recuperado a través de una anécdota mínima inspirada por un cuento igualmente chiquito de Juan José Morosoli.

Lo que ocurrió en Huelva tiró al piso todas esas especulaciones y demostró una vez más que el mundo es un lugar lleno de aldeas. El viaje hacia el mar no sólo consiguió el principal premio del certamen sino que levantó otros dos: el Colón de Plata a mejor actor para Hugo Arana, y el premio del Colegio de Arquitectos de Huelva.

Puede pensarse que el reconocimiento y los 60.000 euros que le permitirán a Casanova ir proyectando un segundo largometraje, se debieron en parte al hecho de que en el jurado estuviera la también uruguaya Beatriz Flores Silva. Aparte de ser una forma oscura de minimizar lo ocurrido, ese razonamiento es una falta de respeto a la calidad intelectual de los otros integrantes del jurado que presidió el muy respetable y creador múltiple Sergio Renán. Con él estaban los actores españoles Xabier Elorriaga y Concha Cuetos, el cineasta y escritor Manuel Garrido Palacios, el director Ramón Masasts y el escritor Javier Tolentino.

Más relevante es que lo sucedido con El viaje hacia el mar obliga a replantear dos factores igualmente negativos para el futuro del cine uruguayo. Uno son las persistentes sentencias agoreras de que en este país no pasa nada, de que las creaciones estimulantes son parte de un pasado de gloria (¿?) que la crisis económica del presente terminó por sepultar. Esas apreciaciones impresionistas no resisten la más mínima confrontación con la realidad mucha más compleja de un país que sigue dando respuestas artísticas pese al poco retorno estimulante que tienen sus hacedores. En el cine, un sector con escasas referencias históricas, lo que hoy ocurre era sencillamente inimaginable hace seis años. Claro que nada o poco de esto parece existir en la arrogancia de quienes emplean sus mundos personales como la medida de todas las cosas.

El otro elemento negativo que enfrenta el cine uruguayo es el total desamparo en el que puede caer desde hoy, ante el impago de los 100.000 dólares que Uruguay debe pagar al Fondo Ibermedia, lo cual impedirá que en lo inmediato unos 250.000 dólares puedan ser utilizados por los cineastas compatriotas gracias al sistema de coproducciones que opera entre España y América Latina. La omisión parece revelar (una vez más) que la cultura es algo no solamente postergable sino también prescindible, cuando en verdad se trata de uno de los sectores más relevantes para el desarrollo social y económico. Por lo mismo, es de desear que el trofeo que Casanova ahora trae no se convierta en una pieza de museo.

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