La denominación de calles, avenidas y demás espacios montevideanos, depende de los órganos de la Intendencia Municipal, asesorados por una Comisión del Nomenclator integrada por varios miembros honorarios y presidida por una destacada historiadora uruguaya. Ese cuerpo debe considerar las solicitudes que se cursan para que el nombre de alguna persona notoria sea incorporado al tejido de calles de la ciudad, un pedido que a veces remiten familiares o entidades privadas, pero que puede originarse en niveles políticos interesados en bautizar alguna vía pública en recuerdo de militantes o personalidades de cada sector. La Comisión, desde luego, se limita a aconsejar sobre la procedencia o inconveniencia de cada solicitud, colaborando en la elección de lugares para esa asignación.
Muchas calles, sobre todo céntricas, han variado su nombre a través de las décadas de acuerdo a la pérdida de vigencia del que tenían o a la necesidad de incorporar allí el de alguna notabilidad cuya memoria conviene que la ciudad preserve. Es el caso de Daymán, que pasó luego a llamarse Julio Herrera y Obes, el de Municipio (que cambió por Pablo De María), el de Camino Aldea (por Avenida Italia), Propios (por Batlle y Ordóñez) o Patria (por Eduardo Acevedo Díaz). En los últimos tiempos hubo otros cambios, a medida que desaparecían figuras famosas del ámbito político y surgía la voluntad de homenajearlas, y así Río Branco es Wilson Ferreira Aldunate, Ibicuy es Gutiérrez Ruiz, Cuareim es Zelmar Michelini, Yi es Carlos Quijano, Yaguarón es Aquiles Lanza y Médanos es Barrios Amorín, con la peculiaridad de que han variado solamente hasta su cruce con 18 de Julio, luego del cual mantienen la antigua denominación.
Han surgido resistencias y cuestionamientos a los cambios, que a la franja adulta de la población le cuesta adoptar, lo cual genera desconocimientos y confusiones. Pero si bien se alude a menudo a esas discrepancias, se habla menos de muchos nombres eminentes, sobre todo del medio artístico y cultural, a los que Montevideo ha esquivado o relegado y sobre los cuales habría que plantearse ciertas prioridades.
La Comisión del Nomenclator lo sabe, pero vale la pena considerar que no hay calles para recordar a Juan Carlos Onetti, a Eduardo Fabini, a Héctor Tosar o a Julio Vilamajó, y que otros talentos igualmente admirables sirven por ejemplo para nombrar una sola cuadra en un rincón escondido de Pocitos, como ocurre con Florencio Sánchez.
Algo similar sucede con José Cúneo (dos cuadras en La Comercial), Alfredo De Simone (dos cuadras en el Barrio Cóppola) o Joaquín Torres García (una vía interna del Parque Rivera), sin olvidar la deslucida ubicación de Juana de Ibarbourou, Víctor Damiani, Felisberto Hernández o Luis Andreoni. Esa lista podría motivar otros cambios.