Neonazis analizan "La caída"

| Hay una ligera aprobación de quienes ven en Hitler a su conductor ideológico

¿HUMANO? La formidable interpretación de Bruno Ganz le da a la figura de Hitler una perspectiva muy ajena a las simplificaciones. 200x121
¿HUMANO? La formidable interpretación de Bruno Ganz le da a la figura de Hitler una perspectiva muy ajena a las simplificaciones.

GUILLERMO ZAPIOLA

La caída no es una película neonazi. Adolfo Hitler, en la esmeradísima composición de Bruno Ganz, puede aparecer "humanizado" (es cortés con sus secretarias, acaricia a su perro), pero por cierto no se lo idealiza ni se esconde su abundante costado oscuro, y no se oculta que la guerra de la que fue uno de los principales responsables constituyó una colosal tragedia humana.

Hay gente que se ha enojado con el film (actualmente en cartelera), deseando acaso que la interpretación de Ganz proporcionara una imagen de monstruo "full time", lo que habría sido no solamente caricatural sino, probablemente, históricamente inexacto. Hitler fue, entre otras cosas, un seductor de multitudes, y ello resultaría inexplicable si el hombre no hubiera poseído, por lo menos, una cuota de encanto. No fue un monstruo: fue un ser humano, y eso lo hace particularmente inquietante.

REVISIONISTAS. Es todo un dato empero que la película ha recibido cierta aprobación reticente de donde menos hubiera podido esperarse (o tal vez no): las páginas web neonazis. Una crónica anónima en una de las más activas, la española www// nuevoorden se felicita de que Hitler no sea presentado en la película "mordiendo alfombras o echando espuma por la boca como lo cuentan en muchos libros difamatorios", pero de todos modos lamenta que se lo retrate por momentos "como un demente que ha perdido el sentido de la realidad, o un histérico exaltado".

El cronista aclara igualmente que La caída no aporta "una visión positiva de Hitler", y que ciertamente no se trata de una película "pro Nacional Socialismo". El mismo observador se enoja incluso porque a su juicio el actor que interpreta a Goebbels "ha sido escogido a propósito para dar una visión negativa de él, pues tiene unos grandes ojos saltones y un rostro demacrado, cuando el Dr. Goebbels no tenía en absoluto ese aspecto". Con mejores razones cuestiona sin embargo el "casting" de Albert Speer, un oportunista que tuvo la suerte de reescribir su propia historia y a quien el film mitifica una vez más como el "nazi inocente": allí la película incurre por cierto en el retrato convencional que el propio Speer vendió a los aliados, y hasta lo beneficia con su encarnación a cargo de Heino Ferch, fornido actor de aspecto impecable y aire de buena persona.

La crónica reconoce que hay en la película escenas que "según quien las vea tienen una lectura distinta". Uno de los ejemplos propuestos es la del grupo de jóvenes de la Juventudes Hitlerianas "que están a cargo de una batería, y que hacen oídos sordos a las palabras del padre de uno de ellos que les pide que abandonen la posición, manteniéndose fieles a su compromiso con el Führer y la defensa de Alemania". El comentarista razona que "para nosotros los nacionalsocialistas es un ejemplo de fidelidad, pero para el público normal de cerebro lavado no será sino una muestra de fanatismo: lo mismo se puede aplicar para el caso de Hanna Reitsch, cuando dice que ha llegado con su avión a Berlín para morir al lado del Führer".

Al cronista le molestan las cifras de judíos muertos durante la guerra que se proporcionan al final de la película, así como las palabras de la auténtica Traudl Junge, la secretaria de Hitler, quien lamenta tardíamente su desconocimiento de las atrocidades nazis en el tiempo en que ocurrieron. También le incomoda que Hitler aparezca diciendo cosas como "he hecho todo lo posible para erradicar a los judíos del suelo alemán". La verdad es que en su testamento, de cuyo dictado la película muestra solamente una parte, el Führer dijo cosas peores.

SUBLIMINALES. En la misma página web hay empero una nota firmada por alguien que se hace llamar la Antorcha a quien el film le parece más positivo. El flamígero corresponsal llega a afirmar que "el director, posiblemente para ocultar sus simpatías, justicias y afectos, no se centra en hablar del nacionalsocialismo ni de ningún prócer nazi en particular, y crea la sensación de que carece de opinión al respecto o, como mucho, finge carecer". Según la Antorcha, el film "está también enviando un mensaje subliminal de cómo actuar eficazmente ante el público", en especial a ciertos camaradas "excesivamente vehementes y por esa causa ineficaces".

Un tercer "camarada" a quien también le gustó la película arguye por su parte que la sensación que queda es que "tras aquella epopeya que culminó en un cataclismo, los que pueden sentirse admiradores y herederos ideales o existenciales de aquellas páginas de la historia, sólo pueden hacer una tarea (una gran tarea): ayudar a que la verdad histórica se sepa, darla a conocer y respetarla. Y dentro de ese respeto, asumir que aquello fue lo suficientemente grande como para que ahora pueda ser utilizado por personas que ni están en la situación ni pueden demostrar ser merecedores de continuar una gesta que acabó, para siempre, en 1945. Aquello ocurrió, los que nos ha tocado vivir esta época debemos escribir otra historia e intentar que también pueda ser motivo de buenas películas dentro de 60 o 100 años". Estamos advertidos.

Valioso testimonio de BBC

Como complemento de La caída, y especialmente como antídoto con respecto a algunas sandeces neonazis de las que se da cuenta en una nota más larga por aquí cerca, vale la pena echar un vistazo al documental de la BBC Auschwitz, que se emite por el canal para abonados Discovery a la más incómoda de las horas posibles (las doce de la noche) y del cual va hoy el último de sus seis capítulos.

Se trata de un trabajo de largo aliento escrito y dirigido por el periodista, historiador y documentalista Lawrence Rees, autor de dos trabajos similares sobre la Segunda Guerra Mundial, uno de ellos dedicado a la lucha en el frente ruso, el otro sobre los crímenes contra la humanidad perpetrados por los japoneses (diez millones de civiles muertos, generalmente no mencionados en las ceremonias evocativas de Hiroshima). Para su trabajo televisivo, Rees ha contado con el asesoramiento de varios especialistas en la materia, desde el historiador Ian Kershaw (autor de la biografía "definitiva" sobre Hitler) hasta el arquitecto Robert Jan Van Pelt, que ha dedicado mucho tiempo a estudiar las construcciones de los campos de la muerte y fue un testigo clave en el juicio por difamación e injurias que el historiador neonazi David Irving perdió frente a la escritora judía Deborah Lipstadt. Junto con las apabullantes setecientos cincuenta páginas en las que el profesor Richard Evans develó el uso "flechado" de documentación parcial en los libros de Irving (en especial La guerra de Hitler, que su autor modifica y empeora en cada edición) el testimonio de Van Pelt fue uno de los elementos que hundió para siempre la reputación de un escritor erudito, trabajador y de espléndida prosa pero lastimosamente corrompido por sus prejuicios ideológicos.

En su documental (que también se ha convertido en un libro: Auschwitz, los judíos y la solución final, que puede conseguirse en castellano en librerías montevideanas), Rees entrevista a víctimas, verdugos y otra gentes vinculada a los hechos, entrecruzando material de archivo con escenas reconstruidas e interpretadas por actores. El conjunto es una espléndida lección de historia y un ejemplo de narrativa coherente para la cual los neonazis (ex-"negadores del Holocausto", últimamente "revisionistas históricos") resultan patéticamente incapaces de proporcionar una alternativa convincente.

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