Estudió Ingeniería Electrónica, pero hace más de 35 años recorre el mundo como parte de Café Tacvba, uno de los proyectos más relevantes en la historia del rock latinoamericano y al que, durante sus 20 minutos de charla con El País, solo se referirá como “el grupo”. Eso ya dice algo de Meme del Real, tecladista, compositor y un cantante que ya había demostrado su potencial en “Eres”, pero que ahora despliega interesantes matices en su primer disco solista, La montaña encendida.
Atravesado por los cinco años que pasó en Valle del Bravo, una zona boscosa junto a un lago rodeado de montañas que lo refugió desde la pandemia hasta ahora, el disco combina lo electrónico y la raíz en un puñado de canciones suaves, finas, que tuvieron cerca a Gustavo Santaolalla. Es un portal a un mundo nuevo que añora traer a Uruguay: “Sería un regalazo”, dice. Sobre eso, esta charla.
—En la canción “Líquenes” aparece la interrogante de “hacia dónde el deseo me llevará”. ¿Cuánto de esa pregunta guió este proceso de tu primer disco solista?
—(Se ríe) Es la primera observación que me hacen respecto a eso y tampoco lo había recordado. Pero sí. Cuando estaba haciendo eso era un hacia dónde me va a llevar, en todo sentido. En la composición, en la exploración de esta canción en particular, y si se está sumando a todo este contexto de canciones, ¿qué va a pasar? La pregunta es: ¿qué es lo que me está pasando? ¿Qué estoy experimentando? ¿Por qué estoy haciendo esto? Y el proceso sigue ahí, vivo.
—De alguna forma, el disco suena a algo que no está muy limitado. Transmite una sensación de que, si aparecía una idea, se le daba rienda para ver hasta dónde llegaba.
—Absolutamente. Para ver hasta dónde llegaba y adónde había que detenerlo, también. Porque a nivel musical hay un momento en el que hay que parar, y tiene que haber una especie de balance entre la temperatura, la sal y la textura, hasta que esté en un punto en que pueda digerirse. Y por ahí puede seguir evolucionando. Lo más lindo de esto son las relaciones con un público que todavía no sé exactamente cuál es. Puedo imaginar que tiene que ver con el que estuvo atento a las cosas que hizo el grupo, pero por ahí no es eso nada más. Entonces, de alguna manera todavía tiene un factor de desconocimiento que me recuerda que estamos vivos, y eso es muy bonito.
—Tenés 56 años y más de 30 de recorrido musical, pero transitar este lanzamiento solista te pone en un lugar de empezar de nuevo. ¿Todo es una hoja en blanco?
—Sí, porque si bien conozco qué es hacer un disco o una canción, y qué es producir o encontrar a alguien que lo distribuya y demás, hay muchos ángulos que para mí están siendo novedosos. Que yo sabía que me iba a encontrar con eso y probablemente por esa razón, cuando en un momento vislumbré una oportunidad, no la tomé. Tuve algunas invitaciones, pero por el volumen de trabajo del grupo, el período en que trabajé muy consistentemente como productor, y luego mi familia que fue creciendo, decía que no tenía tiempo y me cobijaba un poco en eso. Y ahora fue imposible evitar la invitación que estas canciones me hicieron.
—Has dicho que las canciones te fueron diciendo qué hacer. ¿Cómo explicás esa relación íntima que se genera entre el creador y la obra?
—Cuando me acerco a explorar archivos de ideas para ver qué puedo empezar a descubrir, a partir de ahí salen otras nuevas ideas, que es lo que pasó en este disco. Entonces la obra me empieza a hablar desde ese lugar: aquí hay algo que no habías podido decir. Y tiene que ver con un hecho pospandémico y la ubicación donde estaba, que me ayudó a contrastar con lo que había tenido o con cómo había vivido. De pronto empieza a aparecer este mensaje que ya no puedo omitir.
—Se conoce tu voz fundamentalmente por “Eres”, de Café Tacvba. Sin embargo, este álbum ofrece muchos matices y búsqueda desde la interpretación. No suena al disco de alguien que en verdad no se dedica a cantar. ¿Eras consciente de este yo cantante?
—Desde que se publicó “Eres” y empecé a tocarla en vivo, comencé a tomar clases y a prepararme para poder hacerlo mejor. La oportunidad que me ha dado esa canción es la de pasar de atrás —donde estoy con mis teclados y mi tecnología— al frente del escenario. Y ahí realmente tengo la posibilidad de experimentar con la audiencia lo que le pasa a los cantantes, a los frontmen. Y pensaba que tenía que refinar la preparación que eso exige. Pero de pronto me di cuenta que había ampliado el espectro de posibilidades y que estas canciones lo estaban manifestando. Hay algo de todo este viaje de investigación que me estuvo preparando para, en el momento dado, poder compartirlo.
—¿Identificás el momento en que te diste cuenta que eras músico?
—(Piensa) Mi papá fue músico y toda la vida lo vi trabajar de esto. La música nos traía el sustento, pero no quiere decir que siempre fui alguien que supo que la música le iba a dar algo. Todo lo contrario. Estudié Ingeniería Electrónica, pero tuve la suerte de que mis compañeros me invitaran a este proyecto y que yo, habiendo estudiado algo de piano, tenía alguna herramienta. Pero ahora que preguntas, recuerdo ciertos instantes, cuando era niño o adolescente, en los que hacía canciones. Nunca las grababa ni las registraba, solamente estaban en mi memoria temporal, y después se iban y ya. Ahora que lo pienso, creo que ahí había algo que me estaba mandando un mensaje.
—El disco es hijo de Valle del Bravo y está muy atravesado por la naturaleza, incluso en los nombres. ¿Qué hizo ese lugar contigo?
—Me dio una perspectiva que no tenía. Una posibilidad de experimentar, de ver algo que estaba ahí y que yo no había atendido. La ciudad es una compañera, y cuando me di cuenta de que parte de lo que me estaba pasando era su ausencia, empecé a soltar, a dejar ir y desapegarme de lo que estaba esperando. Es como en una vacación. Llegas a un lugar paradisíaco y dices: qué belleza, qué hermoso, sí, pero tengo mi vida, mi rutina, mi ciudad, y lo aprecias como espectador. Pero ya involucrarte en el ecosistema donde rigen otros estados de temperatura, de humedad, de velocidad, y poder empezar a depositarle tu confianza a esos ritmos, toma tiempo. Cuando entré en sintonía con eso, empezó a brotar de manera más natural esto otro que yo creo que ya estaba esperando salir.
—Ahora que volviste a la ciudad, ¿algo de eso se quedó contigo?
—Eso deseo. Es una práctica. Todo lo que uno hace tiene que ver con los hábitos, entonces practicar y que esa especie de conciencia diferente se transforme en hábito, y traerla al nuevo lugar y adaptarla sin resistencia, es como reconstruirse desde otro lugar.
El aporte de Gustavo Santaolalla en este disco
Gustavo Santaolalla, faro de la música latinoamericana y un aliado de Café Tacvba, estuvo presente en este proceso de Meme del Real, aportando una visión artística que para el artista fue clave. “Me ayudó a entender que había unas canciones y que no solamente estaba cantándolas, sino interpretándolas de diferentes formas”, cuenta Meme. “Yo tenía la idea de que, como no soy cantante, tenía que buscar a alguien para que me acompañara. Y él me dijo que no, que así se perdía una cualidad propia del proyecto.
Y ahí toca soltar, porque hay alguien en quien puedo depositar esta perspectiva. Es un ejercicio de soltar y aprender, seguir aprendiendo y despegarse de muchas cosas”.
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