Hay una escena en la película de ciencia ficción El quinto elemento (estrenada el mismo año en el cual Soda Stereo se despidió del público, 1997) en la cual asistimos a un concierto, con una cantante extraterrestre de “ópera electrónica”. Así imaginaba, hace casi 30 años, el director Luc Besson un posible futuro de la experiencia musical: una artista de otro planeta, cantando un menjunje de estilos en el cual pasado y presente daban un propuesto y posible futuro.
Pues bien, el futuro que se cristalizó visto desde 1997 es —al menos en este caso— algo muy distinto: en vez de otra combinación o yuxtaposición de estilos o géneros, hay un recorrido por el pasado a través de la tecnología del presente.
Medio como un recorrido museístico en el que los límites entre realidad e ilusión se difuminan una vez más, y donde las categorías “auténtico” y “impostado” se problematizan tanto que se tornan inútiles.
El espectáculo Ecos recurre a la voz y la guitarra del ahora zombie virtual Gustavo Cerati —traído desde la muerte y revivido como un holograma para esta gira para una —de nuevo— experiencia musical que tiene todos los visos de un concierto, pero que es otra cosa.
El Antel Arena estaba lleno, lo cual puede decirnos varias cosas. Para empezar, nos habla del poder que todavía tienen las canciones de Soda Stereo. Cerati, al haber sido ese tipo de músico que buscaba ser contemporáneo e incorporar a sus canciones lo que percibía como actual y novedoso, consiguió el nada menor logro de que varias de sus composiciones sonaran a un posible futuro. O al menos, estiró considerablemente lo que estas tenían de actualidad y presente en su momento para llegar con su lustre hasta hoy.
Pero la multitud habla también —tal vez, sobre todo— del predicamento de la nostalgia, una emoción que se ha tornado tan poderosa, tan ubicua, que ahora también aparenta haber alcanzado y atrapado a algunos que ni siquiera habían nacido hace 29 años, cuando Cerati (quien falleció en 2014 luego de cuatro años de coma tras un accidente cerebrovascular), enunció el “Gracias totales” con el cual Soda Stereo dio por finalizada su trayectoria en estudios de grabación y escenarios.
El repertorio de Ecos abarcó 17 canciones que el holograma, Charly Alberti y Zeta Bosio tocaron en la fría noche del 2 de mayo. Un Grandes Éxitos con algún que otro tema de esos que no despiertan unanimidades inmediatas mezclado en el pelotón. Entre el público que ocupaba el campo de pie, se veía grupitos de jóvenes que saltaban y coreaban canciones que no vivieron en su momento pero que les llegó gracias a ese gargantuesco archivo que gobierna cada vez más áreas de nuestras vidas, Internet. Antes, había que sintonizar programas de radio de oldies o recurrir la discoteca de papá y mamá para una escucha del pasado.
Hoy basta hacer scroll en una red social para ver un video en el cual alguien como Chayanne —por poner uno entre muchos ejemplos— “responde” a la pregunta “Papá, ¿cómo eras en los 90?” mediante un collage de fotos de época, algunas con filtros casi sepia, para reforzar el buscado efecto de vistazo al pasado. Un pasado idealizado, obviamente. Tal como el que se escenificó en el Antel Arena: mientras Bosio y Alberti acusaban en sus rostros el paso de los años, “Cerati” lucía tan elegante y espléndido como cuando vivía.
Las canciones, gracias a un dispositivo hi tech que Soda Stereo nunca tuvo mientras existió, sonaron mejor que nunca. O tal vez sea más preciso afirmar que sonaron como nunca habían hecho antes. Desprovistas de prácticamente todo eso que las hizo humanas —respiraciones audibles, comentarios improvisados entre una y otra, letras cambiadas por alguna ocurrencia— las canciones quedan acá como ese recorrido inmersivo por un repertorio tan prístino como solo la digitalización puede lograr.
Bosio y Alberti hacen lo que se espera de tal tarea: están al servicio total y completo de lo que ese formato les exige. Pero aunque hoy sean meros ejecutores de lo que la tecnología les impone, todavía es posible oír ecos de lo que fueron, y lo que aportaron para que esas canciones sigan ejerciendo fascinación, Alberti como uno de los bateristas más personales del rock argentino y Bosio como un sólido soporte para la guitarra y la voz de Cerati pudiera volar sin perder de vista el norte.
Por último, esa multitud que colmó el Antel Arena también puede hablar de lo novedoso, de la moda. Aunque el primer holograma en un espectáculo musical se estrenó en 2012 en el festival de Coachella (el artista elegido para replicar fue el rapero Tupac Shakur, asesinado en 1996), por estos lados nunca habíamos visto uno en vivo (en 2022, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda que acompañó al Indio Solari como solista, amagó con presentar un holograma del cantante redondo, pero al final optó por tenerlo presente en un registro fílmico.
Durante el espectáculo, alguien pregunta si no sería que había un doble de Cerati en el escenario, alguien que “hacía de” mientras que las imágenes de inteligencia artificial proyectadas en las pantallas gigantes construían lo medular de esa ilusión. La pregunta, emparentada hasta con las teorías de la muerte de Paul McCartney y su doble, pone en discusión hasta dónde es posible llegar con los sucedáneos y simulacros. Tal vez, a que muchos de los que asistieron a Ecos llegaran a sentir una auténtica conexión con esas canciones.