Billy Idol, el rockero británico que conquistó buena parte del mundo en la década de 1980 (NdR: incluso anduvo por Uruguay, como se consigna al final en esta nota) ha vivido en el mismo complejo cerrado en Hollywood Hills desde 1987, hacia el final de su apogeo como estrella que encabezaba los rankings en la generación debut de MTV. Es su guarida, completa con edificios de fachada de piedra, vistas amplias del valle y una cascada de agua.
El cantante británico rubio platinado y de mueca eterna, con éxitos de acordes poderosos como “Rebel Yell”, “White Wedding” y “Dancing With Myself” -y actitud fanfarrona- lo convirtieron en el enfant terrible del rock de los 80. Idol, ahora de 70 años, ha revelado cuán malo en una autobiografía y un próximo documental, titulado Billy Idol Should Be Dead (en español “Billy Idol debería estar muerto”).
La película, dirigida por Jonas Åkerlund, abre con él componiendo una canción introspectiva en guitarra. “En el 84, tuve una sobredosis en el piso de mi cocina / desperté y consumí un poco más.” Sexo, desenfreno, adicción, agresión.
Pero al acercarse al medio siglo en la industria musical, Idol, que comenzó en la turbulenta escena punk londinense de los 70, tiene una mirada lúcida sobre su lugar cultural.
Casi 40 años después de su debut en el Madison Square Garden, Idol regresó a ese escenario para promocionar su reflexivo álbum de 2025 Dream Into It con su gira más grande hasta ahora -uno de los períodos más largos entre actuaciones como cabeza de cartel en la historia del estadio.
Nada de esto estaba predestinado, por supuesto, y una carrera duradera parecía muy poco probable en las décadas en que Idol esnifaba heroína y conducía motocicletas demasiado rápido. “Tengo muchísima suerte”, dijo. De algún modo, su apetito por el riesgo se fusionó con su tenacidad en la medida justa. “Realmente quería esta vida artística”.
El carisma de Idol puede haber sido lo que atrajo al fan casual; su aura de protagonista apuesto era innegable desde sus primeros días (especialmente después de que un percance de peluquería resultara en su característico look). Esa apariencia, ese estilo, estaba profundamente pensada y se perfeccionó entre los gigantes del punk, el rock, la new wave y el pop.
Tomó el título de la canción “Rebel Yell” de una marca de bourbon que una vez vio a The Rolling Stones beber en el departamento neoyorquino de Ronnie Wood. Conocía a todo el mundo y construyó sobre influencias que incluían al dúo agresivo y minimalista Suicide, el arte constructivista ruso y Elvis Presley.
Desde el vamos, dijo Steve Stevens, su guitarrista de larga data, “tenía una visión definida de lo que quería hacer”. No adoptó una postura de estrella de rock. Eso “ya estaba allí.”
Una soleada tarde de invierno, Idol, con una camiseta de Sun Records y su acostumbrada cantidad de pesadas joyas de plata, estaba hundido en un sillón en su sala de estar, llena de recuerdos y fotos de sus tres hijos y nietos. Armamento de la era de la Guerra Civil estadounidense colgaba cerca del techo. Idol es un apasionado de la historia de toda la vida, especialmente de lo bélico.
Probablemente “ha visto más westerns que nadie que conozca”, dijo Stevens, y señaló que Ozzy Osbourne, a quien él e Idol ayudaron a incorporar al Salón de la Fama del Rock & Roll, compartía esos intereses. La escuela, por lo demás, no era el fuerte de Idol -“tengo un problema de ADD”, dijo, refiriéndose al trastorno por déficit de atención con hiperactividad- pero la música lo cautivó por completo.
En nuestra conversación, se iluminó hablando de sus inspiraciones y de la manera en que incorporó todos esos sonidos -los crooners de los 50 y 60, el reggae, la electrónica de Kraftwerk, los ritmos bailables de Giorgio Moroder y Donna Summer- a sus raíces punk.
Hijo de un empresario británico y una enfermera irlandesa, Idol nació como William Broad en Inglaterra pero siempre se sintió un poco estadounidense; sus primeros recuerdos son de cuando el trabajo de su padre los llevó a Long Island, Nueva York, y escuchaba los discos de big band y jazz de su madre y musicales de Broadway.
Cuando la familia regresó a Londres Idol empezó a tocar la batería y la guitarra, seducido por la incipiente escena punk. De adolescente, se movía en manada con amigos como Siouxsie Sioux, pasando el rato en un club lésbico. Para cuando Idol regresó a EE.UU. para intentar triunfar como solista, en 1981, “no podías salir a bolichear y no escuchar una canción de él”, dijo Stevens.
Idol vivió cada momento de la escena musical de los 80: subía al escenario como invitado de Blondie en el Mudd Club, iba a ver a Grandmaster Flash, llevaba a Madonna en su auto e iba a ver a Prince. Muy pronto, la llegada de MTV lo hizo famoso globalmente.
Pero el consumo de drogas que había incorporado a su vida comenzó a desintegrar su éxito. Una ruptura con Perri Lister, bailarina y coreógrafa británica, lo hundió más en la desesperación. Mudarse a Los Ángeles y la paternidad lo ayudaron a moderarse. El documental y su último álbum lo ayudaron a hacer balance y poner orden en su acelerada y tumultuosa vida.
Melena Ryzik / The New York Times