Mirada artística a la crisis económica

Alicia Haber

En un letrero pequeño se lee Emergencia Nacional. Los otros los grandes están en blanco. Las propagandas desaparecieron No hay nada para ofrecer. Nada para vender.

El mercado colapsó. Las empresas dejaron de ofrecer sus propagandas. Los carteles de avisos están en blanco. Montevideo está abandonado, sin gente, sin avisos, las obras están a medio construir detenidas como el Hotel Carrasco. Del aeropuerto solo se registra la sección Departures, Salidas. Los bares se ven sin gente, las sillas aparecen apiladas.

Esta es una manera de mostrar la crisis del 2002. Carlos Costa la connota en 65 fotografías en blanco y negro cuyo tema es el paisaje urbano montevideano signado por carteles vacíos. En forma oblicua queda registrada la peor crisis financiera de los últimos 70 años. La cartelería publicitaria, en cierta medida símbolo de dinamismo económico deviene en su blancura, metáfora de una economía detenida. Costa evita el realismo social, el mensaje obvio y directo, y registra el eclipse y las carencias en un signo especial: el cartel propagandístico vacuo.

Como muchos fotógrafos, Costa cuenta historias sin palabras. Esta es una historia dramática. Hay empero mensajes optimistas. Costa incluye en la muestra, el escudo nacional y la banda presidencial para subrayar que lo importante de esa crisis fue que se mantuvo la institucionalidad. Realiza esta muestra en el Museo Histórico porque cree en la continuidad, en el repunte, en la capacidad de recuperación del país.

Los seres humanos están ausentes como en el resto de sus fotografías. Empero, quedan sus huellas, sus marcas, sus sombras; han estado allí. Como siempre Costa busca algo menos contingente. Por eso sus tomas necesitan de un tiempo muy prolongado.

Armonía y balance, composición estudiada, oposición al caos sin desconocerlo se encuentran en sus tomas.

Costa le otorga una cualidad al espacio, le pone la marca, Le da especificidad a lo múltiple y cambiante. Explora la realidad otra, a su manera. Las fotos reflejan al autor, no son tomas documentales.

Costa modifica la realidad percibida, todos los íconos son convencionales. Sus mecanismos constructivos se apartan de la foto concebida como espejo. Hay significados afectivos, connotaciones, elecciones y exclusiones de otros elementos; selección de luz, de contrastes y de temas. Un momento idéntico recibe diferentes emociones de acuerdo al punto de vista.

Nadie puede buscar hoy en la fotografía la verdad, se sabe que hay un sujeto que proyecta su visión, como lo hace Costa en este caso. La fotografía hace que la realidad se vea aun más compleja, porque permite darse cuenta de cuántas posibilidades tiene de ser comprendida, registrada, mirada.

Costa opta nuevamente por el formato panorama. Busca un fuerte sentido de inmersión en la escena. La etimología es significativa: pan: todo; orama: vista. En su caso, el placer deriva de juntar muchas cosas en la misma toma, jugando con lugar, tiempo y sentido del espacio. Captar todo, registrar la inmensidad, tratar de atrapar una realidad compleja en su amplitud es lo que atrae a Costa y a sus colegas. Quien usa este formato tiene la intención o el deseo de ver todo concentrado en un solo espacio.

El fotógrafo de panorama, como es el caso de Costa, tiene que entrenarse de manera diferente a aquel que usa un formato convencional; debe emplear el tiempo de una manera especial, está obligado a detenerse y hacer muchas pausas y escanear con sus ojos esa realidad antes de tomar la foto, para luego recién adecuarla al ángulo de visión y el formato, buscando unificar los elementos.

Hay otros elementos en juego. Costa admira a Wim Wenders, a su cinematografía y a sus fotos. Para el realizador germano, la fotografía es una manera de explorar. Para Costa también es importante esta intención de ilimitado y de vasto, que es propia de este formato.

Esta nueva exposición de Carlos Costa se suma a la realizada en el 2003, titulada Amarillo. En aquella oportunidad presentó fotografías tomadas mayoritariamente en un viaje a Nueva York y en el Nordeste de Brasil, aunque también integró algunas tomadas en Montevideo y en Rocha. Casi todas registraban realidades dispares en las que el color amarillo era siempre protagonista. En aquella oportunidad, como en esta, el artista también había preferido el formato panorámico.

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Carlos Costa | Fotografías 2002 | Museo Histórico Nacional

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