"Aerícolas" (Arte Textil Contemporáneo del Uruguay) se titula la muestra colectiva que puede verse hasta el domingo 15 de julio en el Museo Nacional de Artes Visuales (Tomás Giribaldi esq. Julio Herrera y Reissig).
Las 75 obras cuelgan del techo a la altura de los ojos y el gran móvil que componen es un estímulo visual animado por su gran colorido, por la variedad de formas y materiales, por la movilidad que les provoca cualquier brisa. Como nidos flotantes -o como un jardín suspendido en el aire- las piezas de pequeño formato pertenecen a quince expositores, pero se integran entre ellas como si fueran el repertorio de la imaginación de un único artista.
En esa unidad, en la disciplina colectiva con que los miembros responden a una iniciativa y en la suma de interés derivada de la exhibición conjunta de sus trabajos, radica la cohesión (y el mérito histórico) del Centro de Tapicistas del Uruguay, entidad que agrupa desde hace décadas a los artesanos textiles, que nació con los primeros auges de la tapicería contemporánea en Montevideo y que implantó el espíritu de asociación y las actividades compartidas como triunfo de un equipo celoso de su unidad, en un medio que se caracteriza por lo contrario -el individualismo, la labor solitaria, el aislamiento personal- que es el de los oficiantes de las artes plásticas.
La muestra, que sigue habilitada hasta el domingo 15 de julio en la planta baja del Museo de Artes Visuales, se preparó para intervenir hace un año en la VI Bienal de Arte Textil realizada en la ciudad de México, donde pudo verse durante mayo y junio de 2011. Igual que otras exposiciones textiles de los últimos tiempos a cargo de artistas uruguayos, permite comprobar los márgenes de libertad y los criterios elásticos con que se manejan los tejedores que ya no tejen pero que trabajan sus elementos (hilos, fibras, sintéticos, telas) con visible autonomía y con dosis de inventiva favorecidas por ese desprendimiento de las técnicas tradicionales.
Con ese cambio se perdió la magnitud (y la extraordinaria dedicación) de la tapicería, aunque se ganó un área experimental para abordar el género sin comprometerse con trabajos de largo aliento, reservados a quienes ya dominaban cierta maestría en el oficio. Emigrando así del telar hacia el espacio, y de los rigores del entramado hacia las solturas de la innovación, los artistas textiles responden en este caso a la navegación de sus obras en el aire, que era el motivo de la convocatoria, en torno a la cual figuran Olga Bettas, Elena Caja, Bernardo Cardarelli, Muriel Cardoso, Silvia de la Barrera, José Gómez Rifas, Alejandra González, Felipe Maqueira, Claudia Olaso, María Teresa Pagola, Ana Poggi, Ana María Rodríguez, Jacqueline Vares, Julia Vicente de Estol y Margaret Whyte.
Es ingeniosa la manera en que Whyte dispone un material traslúcido para contener un cuerpo dentro de otro con la levedad de una menuda escala y una sensación orgánica delicadamente trabajada, o la forma en que Estol ahueca la pared fibrosa de sus piezas, enriqueciendo la textura con esa modulación tan sensitiva. Tienen un encanto lúdico las figuritas humanas que Gómez Rifas provee de alas, ilustrando literalmente el carácter volador de la muestra. Son interesantes los lazos que se abren como floraciones en el grupo de Maqueira, las pequeñas mallas que Poggi trenza con filamentos de apariencia vítrea, o los animales que Vares colorea, rellena y hace ondular con buen humor. También son atrayentes los menudos sacos que Bettas cuelga como escarabajos aéreos y los anillos que tienen el desorden de collares desarmados por Barrera.
En la suma de esos y otros aportes hay más laboriosidad que impulso creativo, pero eso es propio de la índole de unos trabajos en cuya raíz hay una vocación artesanal, donde el componente manual siempre es visible y la etapa de elaboración del material conserva su protagonismo. El conjunto mantiene una armonía y un equilibrio coordinados con esmero por el curador Alfredo Torres, guardián de los aerícolas.