Libro para el goce de la mirada

| El artista uruguayo despliega sentido del humor y provoca una serie de reflexiones furtivas

Jorge Abbondanza

No es el primer libro de Fidel Sclavo, pero este notable artista plástico y diseñador vuelve a entregar en las 96 páginas de Historias que quedan en nada una constancia de su inteligencia, su estilo elíptico y su refinamiento expresivo. No pasará desapercibido para ojos sagaces el vínculo que Sclavo ha mantenido con la editorial española Siruela, porque su flamante libro luce el terso minimalismo que acompaña desde hace un buen tiempo a los volúmenes de esa editora. Pero además contiene abundantes ejemplos de lo que a estas alturas debe figurar como el sello inconfundible del artista: dibujos, fotos y propuestas caligráficas donde su conceptualismo muestra una delicadeza de lenguaje respaldada por una envidiable capacidad de seducción ante el lector (o el contemplador).

A lo largo de las páginas, el sentido del humor de Sclavo apoya sus imágenes con textos que las comentan sardónicamente. Ese sentido, empero, también está presente en las propias obras reproducidas, como dos trabajos conceptuales de 1981 titulados Letras, uno de los cuales dice: "La palabra equis no tiene la letra equis" y el otro sostiene "Este tipo de letra suele hacerse con plantilla". En la sutileza de esas bromas está impresa la huella de Sclavo, que en sus trabajos (como en su vida) despliega sonrisas impalpables que provocan una hilera de reflexiones igualmente furtivas. Por algo al pie de una de sus fotos (la de Obra discreta de 1985) el texto dice justamente: "Su intención es casi la de pasar inadvertida".

La selección que contiene el libro abarca veinte años de actividad, proceso en el cual se inscribe la complicidad de sus Diez retratos con los ojos cerrados (1985), el autorretrato burlón de Autocrítica o el vaso casi dormido de Historias de agua (1989), captado en "la cocina, a medianoche". Una intensidad subyacente se cuela por el desnudo armazón de una pantalla de cine en Ficción y realidad (1989) y un trasfondo insinuado sobre el desarraigo acompaña el mapa europeo que se titula Hacia Asia (1991), una frase que sólo oralmente adquiere su cómica tartamudez. El límpido recurso gráfico de la tela de jean sirve de soporte al Jardín zen (2001), un radiante juego cromático (blancos, naranjas) recorre las ocho imágenes de Música callada (2000) y un dato visual casi invisible le permite abordar la pintura de Criada con cántaro de leche de Vermeer, vinculando esa obra maestra del siglo XVII con Mickey Mouse.

Hay que mirar con atención el texto de la parábola La pampa de granito de Rodó y las tachaduras que Sclavo le introduce luego para hilvanar algunas palabras a través de salteos y modificaciones del significado. Hay que recorrer la plasticidad siempre intencionada de sus fotografías de flores y paisajes urbanos, para impregnarse de los despojamientos y hermosuras que nutren toda la obra de este plástico que también sabe operar como un sabio editor.

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